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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Los ojos de Gina -grandes, azules, más bellos que el cielo del norte- le miraban mientras su cabeza se inclinaba hacia un lado.

– ¿De qué me estás hablando? ¿Qué billetes? ¿Qué recibo? ¿Qué dice Rob Hastings que hice?

Gordon no pretendía acusar a Gina de nada, por supuesto. Pero le pareció que, a menos que alguien hubiera revuelto clandestinamente en su basura, sólo Gina podía haber conseguido coger esos papeles.

– Rob me ha contado que la Policía en Lyndhurst tiene pruebas de que estuve en Londres ese día. El día que ella murió.

– Pero tú no estabas allí. -La voz de Gina sonó perfectamente razonable-. Estabas en Holanda. Fuiste a ver unos carrizos porque esos de Turquía son una basura. No te quedaste los billetes de Holanda, así que lo que tuviste que decir es que trabajaste todo el día. Y Cliff se lo contó a la Policía (ese hombre y esa mujer de Scotland Yard), que estuviste trabajando. Lo hiciste porque sabías que ellos pensarían que mentías, si no les enseñabas esos billetes. Y eso es lo que sucedió.

– No. Lo que pasó es que fui a Londres. Lo que pasó es que quedé con Jemima en el lugar donde murió. El día que murió.

– ¡No digas eso!

– Es la verdad. Pero cuando la dejé, estaba viva. Estaba sentada en un banco de piedra en el borde de un claro donde hay una antigua capilla, y estaba viva. No conseguí de ella lo que quería, pero no le hice daño. Volví a casa al día siguiente para que pensaras que había ido a Holanda, y tiré esos billetes en el cubo de la basura. Donde los encontraste.

– No -contestó-. Para nada. Y si los hubiera encontrado y me hubieran hecho sentir confusa, lo habría hablado contigo. Te habría preguntado por qué me mentiste. Ya lo sabes, Gordon.

– Entonces, cómo ha podido la Policía…

– ¿Rob Hastings te ha dicho que ellos tiene los billetes? -No esperó a la respuesta-. Entonces Rob Hastings está mintiendo. Quiere culparte. Quiere… No lo sé… hacer alguna locura para que la Policía piense… Cielos, Gordon, él pudo haber revuelto en la basura, encontrar esos billetes y llevárselos a la Policía. O quizás aún los tenga en su poder, y espere el momento para utilizarlos en tu contra. O si no los tiene él, otra persona a la que tampoco le gustes. Pero ¿por qué iba a hacer yo nada con los billetes antes de hablar contigo sobre ellos? ¿Crees que tengo la menor razón para hacer algo que pueda causarte problemas? Mírame, ¿la tengo?

– Si pensaras que le hubiera hecho daño a Jemima…

– ¿Por qué iba a pensar eso? Ya habíais terminado vuestra relación, tú y Jemima. Me lo dijiste y te creí.

– Era verdad.

– ¿Entonces?

No dijo nada.

Ella se le acercó. Pudo adivinar que vacilaba, como si él fuera un animal ansioso necesitado de calma. Y ella estaba igual de ansiosa, podía notarlo. Lo que no podía sentir era la raíz de su ansiedad: ¿su paranoia? ¿Sus acusaciones? ¿Su culpa? ¿Y por qué esa desesperación? Él sabía con certeza qué es lo que tenía que perder. Pero ¿qué tenía ella que perder?

Gina pareció haber escuchado esa pregunta cuando le dijo:

– Hay muy pocas personas que tienen algo bueno entre sí. ¿No te das cuenta?

No respondió, pero se sintió obligado a mirarla, justo a los ojos, y ese acto impulsivo le hizo desviar la mirada hacia otro lugar, hacia la ventana. Miró a través del cristal. Pudo ver la cerca, y dentro, los ponis.

– Dijiste que les tenías miedo. Pero entraste. Estuviste dentro con ellos. Así que no les tenías miedo, ¿verdad? Porque si lo hubieras tenido, no hubieras entrado porque sí.

– ¿Los caballos? Gordon, traté de explicarte…

– Habrías esperado a que los hubiera llevado al bosque. Sabías que lo haría, finalmente. Que lo debería haber hecho. Entonces hubiera sido seguro del todo entrar, pero entonces no hubieras tenido una razón, ¿verdad?

– Gordon. Gordon. -Ella estaba ahora a su lado-. Escucha lo que dices. No tiene sentido.

Como un animal, él podía olerla, de lo cerca que estaba. El olor era débil, pero era una combinación del perfume que llevaba, un ligero deje de sudor y algo más. Pensó que podía ser miedo. Del mismo modo, pensó que podía ser por el descubrimiento. El descubrimiento de ella o el suyo, no lo sabía, pero estaba allí y era real. Feroz.

El vello de sus brazos se erizó, como si notara el peligro cerca, y en realidad lo estaba. Él siempre había estado en peligro y eso era tan raro que en ese momento sólo quería reír como un loco mientras se daba cuenta del simple hecho de que todo iba al revés en su vida: podía esconderse pero no podía huir.

– ¿De qué me estás acusando? ¿Por qué me estás acusando de algo? Actúas como… -Dudó, no porque buscara la palabra adecuada, sino más como si supiera muy bien a qué se refería él y la última cosa que quería era decirlo.

– ¿Quieres que me arresten, ¿no? -Permanecía quieto, mirando a los ponis. Le pareció que en ellos estaban las respuestas-. Quieres que tenga problemas.

– ¿Por qué querría eso? Mírame. Por favor, gírate. Mírame, Gordon.

Sintió su mano en el hombro. Se estremeció. Ella la retiró. Dijo su nombre.

– Ella estaba viva cuando la dejé. Estaba sentada en ese banco de piedra en el cementerio. Estaba viva. Lo juro.

– Por supuesto que estaba viva -murmuró Gina-. No tenías ninguna razón para hacer daño a Jemima.

Los ponis afuera trotaban por toda la cerca, como si supieran que llegaba el momento de ser liberados.

– Pero nadie se lo creerá -dijo, más a sí mismo que a ella. -Él, sobre todo él, no lo creerá, ahora que tiene esos billetes y el recibo.

«Volverá», pensó, desolado. Una vez y otra. Todo el rato hasta que se acabara el tiempo.

– Entonces sólo tienes que decir la verdad. -Le tocó de nuevo, la nuca esta vez, rozando sus dedos ligeramente por el cabello-. ¿Por qué no dijiste desde el principio la verdad?

Ésa era la cuestión, ¿no? pensó con un poco de amargura. Decir la verdad y al Infierno las consecuencias, incluso cuando las consecuencias podían significar estar muerto. O peor que la muerte, porque al menos la muerte pondría un final a lo que él tenía que soportar en vida.

– ¿Por qué no me lo contaste? -le dijo, muy cerca de él-. Sabes que puedes hablar conmigo, Gordon. Nada de lo que me cuentes podrá cambiar lo que siento por ti.

Notó entonces su mejilla en su espalda y sus brazos sobre él, sus reconocibles manos. Primero estaban en su cadera. Luego sus brazos le rodearon y sus suaves manos fueron a su pecho.

– Gordon, Gordon -le dijo, y entonces sus manos descendieron, primero a su estómago y luego, suavemente, entre sus muslos, acariciándole, alcanzándole-. Yo jamás -murmuró-, yo jamás, en la vida, cariño…

Él sintió el calor, la presión y cómo la sangre aumentaba. Era un sitio estupendo para ir, tan bueno que siempre que estaba allí, nada se inmiscuía en sus pensamientos. «Así pues, que pase, que pase, deja que pase», pensó. Acaso no se merecía…

Se la sacó de encima con un grito y se giró para mirarle a la cara.

Ella parpadeó.

– ¿Gordon?

– ¡No!

– ¿Por qué? Gordon, muy poca gente…

– Déjame en paz. Ya me doy cuenta. Eres tú la que…

– ¿Gordon? ¡Gordon!

– No te quiero aquí. Quiero que te vayas. Lárgate, maldita. Vete al Infierno.

* * *

Meredith iba de camino a buscarla cuando el teléfono sonó. Era Gina. Estaba sollozando, incapaz de tomar el suficiente aire como para que se la entendiera. Todo lo que Meredith pudo adivinar es que algo había pasado entre Gina y Gordon Jossie tras la visita de ambas a la comisaría de Lyndhurst. Por un momento, Meredith pensó que el comisario jefe Whiting se había presentado en las propiedades de Gordon con las pruebas que le habían dado, pero no parecía que ése fuera el caso, y si lo era, Gina no lo dijo. Lo que sí contó es que Gordon había descubierto de algún modo que los billetes de tren y el recibo del hotel estaban en manos de la Policía y que estaba terriblemente enfadado por ello. Gina había huido de la propiedad de Gordon y ahora estaba escondida en su cuarto de encima del salón de té Mad Hatter.

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