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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Creía que lo había hecho desde el principio. Yukio Matsumoto era un sospechoso; su propio hermano lo había identificado mediante E-FIT (las siglas de identificación facial electrónica, en inglés), en el periódico. No se le escapaba que el hombre había entrado en un estado de pánico y que intentó huir de la Policía. Además de eso, como se supo después, estaba en posesión del arma homicida, y cuando sus ropas y sus zapatos fuesen analizados junto con el arma, encontrarían manchas de sangre en ellos -sin importar lo pequeñas que fuesen y que hubiese tratado de limpiarlas-, y esas manchas de sangre pertenecerían a Jemima Hastings.

El único problema era que aquella información no se podía filtrar a la prensa. No podía salir a la luz hasta el juicio. Y era otro problema, porque en cuanto se supiese que un ciudadano extranjero en Londres había sido atropellado por un vehículo mientras huía de los polis -lo cual no tardaría mucho en suceder-, la prensa se congregaría, como la jauría de lobos que era, en la escena de una historia que olía a incompetencia policial. Aullarían para que les entregasen al responsable, y el trabajo de la Met era posicionarse para controlar las cosas cuando los lobos se preparasen para matar, lo cual, naturalmente, era una de las dos razones por las que Hillier había querido verla: para determinar cuál iba a ser la posición de la Met. La otra razón, y ella lo sabía, era evaluar hasta qué punto la había jodido. Si decidía echarle la culpa, ella estaba acabada, y la oportunidad de conseguir un ascenso, perdida.

Aquella mañana, los periódicos habían mostrado una actitud de cautela, informando de los hechos sin más. Los tabloides, por otra parte, estaban haciendo lo acostumbrado. Isabelle había visto la BBC1 mientras hacía los preparativos para el día, y las cabezas pensantes de la mañana habían hecho su típico despiece con lo que decían los periódicos y los tabloides, sosteniéndolos en alto para deleite de sus espectadores y comentando los artículos. Así, mientras avanzaba hacia el Yard se enteró de que ya corrían ríos de tinta para el «Desastre de la persecución policial». Esto le dio tiempo a prepararse. Lo que quiera que fuese que le diría a Hillier tendría que ser bueno, y ella lo sabía perfectamente. En cuanto la prensa encontrara la conexión entre la víctima y su famoso hermano, más pronto que tarde, teniendo en cuenta las amenazas de Zaynab Bourne del día anterior, la historia tendría patas todavía más sólidas. Entonces, indudablemente, el tema duraría días. Podría haber sido peor, aunque no sabía cómo, exactamente.

Se tomó un café irlandés antes de ir al trabajo. Se dijo a sí misma que la cafeína compensaría los efectos del whisky, y, además, después de estar en pie la mayor parte de la noche, se lo había ganado. Se lo bebió rápidamente. También se metió en el bolso cuatro botellines de vodka. Se dijo a sí misma que probablemente no las necesitaría y que, en cualquier caso, no eran suficientes para conseguir nada más que ayudarla a pensar con claridad si se sentía confundida durante el día. En el trabajo se detuvo en la sala de incidencias. Le dijo a Philip Hale que relevase al oficial que estaba en el hospital de Saint Thomas y que se quedase allí. Su sorprendida expresión venía a decir que siendo un detective no se le debía pedir que hiciese algo que un guardia uniformado podía hacer fácilmente, como si fuese un gasto inútil de capital humano. Ella esperó a que hiciese un comentario, pero respiró y no dijo nada excepto «Jefa», a modo de respuesta educada. No importó, porque John Stewart habló por éclass="underline" «Con el debido respeto, jefa…», lo cual, sabía Isabelle, no sentía en absoluto. Ella espetó: «¿Qué pasa?», y él apuntó que usar un detective para hacer de cerbero en el hospital, cuando podía estar haciendo lo que antes se le había pedido que hiciese -la investigación sobre los historiales que, por cierto, se estaban acumulando-, no era una manera de usar la experiencia de Philip muy sabiamente. Ella le dijo que no necesitaba su consejo.

– Vete con los forenses y pégate a ellos. ¿Por qué está tardando tanto ese análisis de los pelos encontrados en el cuerpo? ¿Y dónde está el inspector Lynley?

Le habían llamado para que fuera a la oficina de Hillier, según la informó Stewart, y parecía como si nada le pudiese haber complacido más que ser la persona que compartía esas noticias con ella.

Habría evitado su cita con Hillier, pero como Lynley había estado allí -sin duda dando su propio parte sobre las idas y venidas del día anterior-, no tuvo más remedio que presentarse por sí misma en el despacho del comisario asistente. Se negó a «fortalecerse» antes de acudir. La impertinente pregunta de Lynley sobre su afición a beber aún la atormentaba.

Se encontró con él en el pasillo cercano al despacho de Hillier.

– Parece que no haya dormido -le dijo.

Ella le contó que había vuelto al hospital y se había quedado allí toda la noche.

– ¿Cómo van las cosas? -preguntó, con un gesto hacia el despacho del CA.

– Como se esperaba. Podía haber ido mejor ayer con Matsumoto. Quiere saber por qué no ha sido así.

– ¿Lo ve desde su punto de vista, Thomas?

– ¿Qué?

– Hacer esa clase de afirmaciones. Darle el parte sobre mi actuación. Husmear de manera oficial. Bueno, lo que sea.

Lynley la miró de un modo que ella encontró desconcertante. No era sexual. Podría haber lidiado con eso. Era, sin embargo, intolerablemente agradable. Dijo tranquilamente:

– Estoy de tu lado, Isabelle.

– ¿Lo estás?

– Lo estoy. Le ha lanzado de cabeza a la investigación porque está siendo presionado desde arriba para ocupar el puesto de Malcolm Webberly, y quiere saber cómo haces el trabajo. Pero lo que pasa con él es sólo parcialmente cosa tuya. El resto es política. La política implica al comisario, a Interior y a la prensa. Siente tanta presión como tú.

– No me equivoqué. Lo de ayer estuvo bien resuelto.

– Yo no le he dicho nada en otra dirección. Al tipo le entró el pánico. Nadie sabe por qué.

– ¿Eso es lo que le dijiste?

– Eso fue lo que le dije.

– Si Philip Hale no…

– No arrojes a Philip a unos tiburones hambrientos. Esa clase de cosas volverán para atormentarte. Lo mejor es no culpar a nadie. Ésa es la actitud que te servirá a largo plazo.

Pensó en eso y dijo:

– ¿Está solo?

– Cuando entré, lo estaba. Pero le ha llamado Stephenson Deacon para que vaya a su despacho. Hay que redactar un informe, y el Directorio de Asuntos Públicos lo quiere cuanto antes. Eso quiere decir: hoy.

Isabelle reconoció el deseo fugaz de beberse al menos un botellín de vodka. No se podía decir cuánto duraría la reunión. Pero después se aseguró de que estaba preparada para el desafío. Esto no iba sobre ella, como había dicho Lynley. Simplemente estaba allí para responder preguntas.

– Gracias, Thomas.

Cuando se acercaba al despacho de Hillier se dio cuenta de que Lynley la había tratado de tú y la había llamado por su nombre, Isabelle. Se volvió a decirle algo, pero ya se había ido.

Judi Macintosh hizo una llamada breve al sancta sanctórum del subinspector jefe. Dijo: «La superintendente Ardery…», pero no obtuvo más. Escuchó un momento y dijo: «Claro, señor». Le dijo a Isabelle que tenía que esperar. Sólo serían unos minutos. ¿Quería la superintendente una taza de café? Isabelle la rechazó. Sabía que lo que tenía que hacer era permanecer sentada, y fue lo que hizo, pero no le resultó fácil. Mientras esperaba, su móvil sonó. Su ex marido. No iba a hablar con él en ese momento.

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