Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
A pesar de la hora, reinaba cierta actividad. Hombres de aspecto inquietante y sospechoso gruñían en polaco, con las manos en los bolsillos y los gorros hundidos hasta los ojos; sin duda, polacos ilegales que buscaban un trabajo pagado en negro. Una religiosa, con un velo cremoso que flotaba en la oscuridad, colocaba cuidadosamente unos anuncios en el interior de una vitrina.
Empujé la puerta de madera.
Crucé el espacio hasta la siguiente puerta y la abrí.
La iglesia era circular. Y negra. La nave y el coro formaban un gran óvalo desde donde unas lámparas antiguas colgaban hasta muy abajo, coronadas por un hierro forjado del que pendían unas bombillas de vidrio tintado que difundían una luz anémica, de color ámbar. Los bancos estaban colocados en hileras oblicuas hasta llegar al altar mayor, que se limitaba a un espacio ligeramente elevado dominado por una cruz maciza, algunos cirios y un gran cuadro indescifrable. A la derecha, al fondo del ábside, la lamparilla roja del Santo Sacramento titubeaba. Todo parecía vago, impreciso, suspendido en las sombras por donde circulaba olor a incienso y a flores podridas.
Rocé el agua de la pila, me santigüé y di algunos pasos. A la luz de las lámparas, miré los cuadros colgados en los muros. Los santos, los ángeles, los mártires no tenían rostro, pero los marcos de oro viejo, iluminados por los cirios, parecían consumirse a fuego lento. En lo alto de la cúpula, los vitrales brillaban débilmente. La lluvia golpeaba los cristales y el plomo, destilando una sensación aplastante de humedad.
Nadie a la vista.
Ni un solo feligrés en los bancos, ni un solo peregrino al pie del altar. Pero sobre todo, ni rastro de Manon. Consulté mi reloj: las diez. ¿Qué aspecto tendría? Recordaba los retratos de su infancia. Muy rubia, con las pestañas y las cejas invisibles. ¿Seguiría teniendo ese aspecto de niña albina? No había ninguna imagen en mi mente. Pero una sorda expectación palpitaba en el fondo de mis venas.
A mi izquierda, un crujido de maderas.
Alguien se había movido en la primera fila. Distinguí unos cabellos canos, unos hombros prominentes y un alzacuello. Un sacerdote. Me acerqué, pero me detuve de inmediato, impresionado por la perfección de la imagen.
El hombre estaba arrodillado, con los hombros paralelos a los ángulos de los bancos; nuca plateada, inclinado como si fuera a ser armado caballero. Tuve la certeza de que no contemplaba solo a un religioso orando sino a un guerrero. Uno de esos sacerdotes y soldados polacos, herederos lejanos de las órdenes militares de las cruzadas. Un duro, un puro, procedente de tiempos inmemoriales.
Se puso de pie y, tras hacer la señal de la cruz, tomó el ala central. Bajo la luz parsimoniosa, descubrí su rostro y me eché hacia atrás, sorprendido. Yo conocía a ese hombre.
Era el sacerdote de civil que había visto en la misa de Luc.
El hombre al que Doudou había entregado la caja de madera negra.
El hombre que se había santiguado al revés.
Hice ademán de dar un paso para esconderme, pero él ya me había localizado. Sin vacilar, avanzó hacia mí. El rostro de sólidas mandíbulas encajaba con sus hombros de atleta, encorsetados en la chaqueta negra.
– Ha venido.
La voz era clara, clerical. Sin rastro de acento.
– ¿Me ha citado usted? -pregunté estúpidamente.
– ¿Y quién, si no?
Reaccioné con una lentitud espantosa.
– ¿Quién es usted?
– Andrzej Zamorski, nuncio apostólico del Vaticano. Asignado a diversos países, entre otros, Francia y Polonia. Un destino curioso el mío: embajador extranjero en mi propio país.
Escuchando mejor, afloraba un suave acento. Tan suave que no sabía decir si esa inflexión provenía de su lengua materna o de todas las que había hablado posteriormente. Señalé la nave a nuestro alrededor.
– ¿Por qué este encuentro? ¿Por qué aquí?
El prelado sonrió. Ahora vigilaba cada detalle de su rostro. Rasgos fuertes, acentuados por el color plateado de sus sienes. Pupilas claras, de un azul de hielo. La nariz no hacía juego con el resto: fina, recta, casi femenina, incongruente en ese rostro de instructor de comando.
– De hecho, nunca nos hemos alejado el uno del otro.
– ¿Me seguía?
– No tenía sentido. Recorremos el mismo camino.
– En este momento no tengo paciencia para jugar a las adivinanzas.
El hombre giró sobre sí mismo e hizo una breve genuflexión. Señaló una puerta lateral, con el perfil iluminado.
– Sígame.
82
Revestida de madera clara, la sacristía recordaba una sauna sueca. Olía a pino y a incienso. Aunque la analogía se acababa ahí, ya que hacía un frío de muerte.
– Deme su parka. La pondremos a secar.
Obedecí dócilmente.
– ¿Té? ¿Café?
Zamorski había colocado mi parka sobre un escuálido radiador eléctrico. Ya tenía un termo en la mano y desenroscó la tapa con un gesto rápido.
– Café, gracias.
– Solo tengo Nescafé.
– Perfecto.
Echó una cucharilla en un vaso de plástico y luego le agregó agua hirviendo.
– ¿Azúcar?
Negué con la cabeza y cogí con precaución el vaso que me tendía.
– ¿Puedo fumar?
– Por supuesto.
El polaco colocó un cenicero a mi lado. Esa cortesía, esos modales delicados entre dos desconocidos sobre un fondo de asesinatos y posesiones satánicas, era surrealista.
Encendí el Camel y me arrellané en una silla. Todavía no había digerido mi decepción: no era Manon, ni había ninguna secreta mujer bajo los vitrales. Pero este nuevo contacto sería fértil, lo presentía.
El hombre dio la vuelta a una silla y se sentó a horcajadas cruzando los brazos sobre el respaldo. Sus puños relucían. Su actitud tenía algo de teatral, de estudiada distensión.
– Usted sabe qué es lo que me interesa, ¿no es así?
– No.
– Entonces ha avanzado menos de lo que suponía.
– Ayudarme está en sus manos. ¿Quién es usted? ¿Qué busca?
– ¿Le dicen algo las iniciales KUK?
– No.
– Un centro de intelectuales católicos creado en Cracovia, después de la Segunda Guerra Mundial. Juan Pablo II pertenecía a ese club cuando todavía se llamaba Karol Wojtyla. En la época de Solidarnosc, sus miembros contribuyeron a cambiar la situación. Por lo menos, tanto como Walesa y su pandilla.
– ¿Pertenece usted a ese grupo?
– Dirijo una rama específica, creada en los años sesenta. Una rama… operativa.
– Me ha dicho que es nuncio del Vaticano.
– También ejerzo funciones diplomáticas. Unas funciones que me permiten viajar y enriquecer, digamos, mi red.
Adiviné el resto. Un nuevo frente religioso que se ocupaba de los Sin Luz y sus crímenes. Pero sin duda, de una manera mucho más decidida que la del teórico Van Dieterling. La pasma eclesiástica.
– ¿Lo que le interesa es mi expediente?
– Seguimos su investigación con interés, sí. Para un policía acostumbrado a casos concretos y terrenales, ha demostrado tener un espíritu muy abierto.
– Soy católico.
– Precisamente. Podía usted haber tenido prejuicios propios de su edad. Considerar la psiquiatría el único referente y reducir los casos de posesión a una simple enfermedad mental. Esta actitud, supuestamente moderna, no tiene en cuenta el fondo del problema. El enemigo está ahí. Violento, omnipresente, atemporal. Cuando se trata del diablo, no hay modernidad ni evolución. La Bestia está en el origen y estará aquí hasta el final, créame. Solo tratamos de hacerla retroceder.
Ciertas palabras e imágenes desfilaban por mi mente: las predicciones de san Juan y su Apocalipsis, el infierno hirviente que se abría para el Juicio Final, los exorcistas a la cabecera de niños poseídos, luchando mano a mano contra los demonios en Brasil, en África… A mi pesar, estaba inmerso en el núcleo de una cruzada subterránea. En un tono que pretendía ser desenfadado, repliqué: