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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Eso era la maldita gota que colmaba el vaso, pensó Bella. Soltó su cesta y gruñó:

– ¡Tú! ¿Qué coño tengo que hacer? Sal de mi propiedad inmediatamente.

Los ojos de Yolanda habían permanecido cerrados, pero se abrieron de repente. Parecía estar en trance. Ése era uno más de sus comportamientos completamente falsos, pensó Bella. Esa mujer era una completa charlatana.

Bella pateó la cesta de la ropa hacia un lado y se fue hacia la física, que aguantaba de pie.

– ¿Me has oído? Abandona la propiedad en este instante o haré que te arresten. Y deja de agitar ese…, esa cosa en mi cara.

Más cerca de ella, Bella vio que «esa cosa» era una colección de hojas pálidas, enrolladas y liadas con una cuerda fina. Su humo, a decir verdad, no olía mal, era más parecido al incienso que al tabaco. Pero ésa no era la cuestión.

– Negro como la noche -soltó Yolanda. Sus ojos parecían extraños, y Bella se preguntó si esa mujer no iría colocada-. Negro como la noche y el sol, el sol. -Yolanda movió su palo humeante (fuese lo que fuese) directamente hacia la cara de Bella-. Cieno de las ventanas, cieno de la puerta. La pureza se necesita o el mal dentro…

– Oh, por el amor de Dios -espetó Bella-. No intentes aparentar que estás aquí para otra cosa que no sea causar problemas.

Yolanda continuó agitando el objeto humeante como una sacerdotisa que interpretase un rito secreto. Bella la cogió del brazo y trató de mantenerla en su lugar. Se sorprendió al comprobar que la médium era bastante fuerte, y por un momento se quedaron plantadas como dos luchadoras envejecidas, cada una de ellas intentando lanzar a la otra a la lona. Finalmente, Bella ganó, lo cual hizo que agradeciese que las clases de yoga y gimnasia le hubiesen servido de algo más que para alargar su vida en este miserable planeta. Agarró el brazo de Yolanda, lo retorció y le tiró el cigarro verde de la mano. Lo estuvo pisando hasta que se apagó mientras Yolanda se quejaba, balbuceaba y murmuraba acerca de Dios, la pureza, el mal, la oscuridad, la noche y el sol.

– Oh, ya está bien de disparates.

Con el brazo de Yolanda aún en sus garras, Bella intentó llevarla hacia la puerta.

Yolanda, de todos modos, tenía otras cosas in mente. Pisó los frenos metafóricos. Con las piernas tan rígidas como las de un niño de dos años en mitad de una rabieta, se plantó firmemente, de modo que no había forma de moverla.

– Este es un lugar de maldad -siseó. A Bella, la expresión de esa mujer le pareció salvaje-. Si no te purificas, entonces deberás marcharte. Lo que le pasó a ella pasará otra vez. Todos vosotros estáis en peligro.

Los ojos de Bella oscilaron.

– ¡Escúchame! -gritó Yolanda-. Él murió dentro, y cuando eso pasa donde reside gente…

– Tonterías. Deja de intentar aparentar que estás aquí para otra cosa que no sea espiar y causar problemas, que es lo que has hecho desde el principio, y no lo niegues. ¿Qué quieres ahora? ¿A quién quieres ahora? ¿Tratas de hablarle a alguien más aparte de los que viven aquí? Bueno, pues no hay nadie más. ¿Estás satisfecha? Vete a la…, vete antes de que llame a la Policía.

Pareció que la idea de la Policía finalmente causó efecto. Yolanda dejó inmediatamente de resistirse y permitió que la condujesen hacia la puerta. Pero aun así parloteaba acerca de la muerte y de la necesidad de un ritual de purificación. Bella fue capaz de determinar a partir de las divagaciones de Yolanda que todo eso se debía al prematuro fallecimiento del señor McHaggis y, en honor a la verdad, el hecho de que Yolanda pareciese saber de la muerte del señor McHaggis dentro de la casa hizo que Bella vacilase. Pero se sacudió la vacilación de encima porque, obviamente, Jemima pudo haberle hablado sobre la muerte de McHaggis, ya que la misma Bella lo había mencionado más de una vez, así que sin más conversación entre ellas, echó a Yolanda de la propiedad y la empujó al pavimento.

Ahí, Yolanda dijo:

– Escucha mi aviso.

Bella contestó:

– Tú, maldita sea, escucha el mío. La próxima vez que asomes tu cara por aquí se lo explicarás a los polis. ¿Entendido? Y ahora, aire.

Yolanda empezó a hablar. Bella hizo un movimiento amenazante. Aparentemente funcionó, porque se apresuró en dirección al río. Bella esperó hasta que despareció por la esquina de Putney Bridge Road. Entonces volvió a lo que en principio quería hacer. Recogió el cesto de la ropa y se acercó a la apretada fila de contenedores de basura con sus limpias etiquetas puestas.

Fue en el contenedor de Oxfam donde lo encontró. Más tarde pensaría en lo milagroso de haber abierto ese contenedor en particular, porque ese día no tenía nada que depositar ahí. Se limitó a quitar la tapa para tomar nota de cuándo necesitaría vaciarlo. El mismo cubo de los periódicos estaba casi lleno, y el del plástico estaba igual; los contenedores de vidrio estaban bien, separando lo verde de lo marrón y de lo claro evitaba que se llenase muy rápido. Así pues, como estaba mirando los cubos en general, se había ido al de Oxfam por costumbre.

El bolso estaba enterrado entre un revoltijo de ropa. Bella lo había quitado maldiciendo la pereza de la gente, que quedaba patente en el hecho de que no podían molestarse en doblar lo que deseaban llevar a caridad. Tenía que hacerlo ella, prenda por prenda. Entonces vio el bolso y lo reconoció.

Era de Jemima. No había duda, y aunque la hubiera, Bella lo sacó, lo abrió y vio que ahí dentro estaba su monedero, su carné de conducir, su agenda y su teléfono móvil. Había otras cosas… y chelines, pero nada de aquello importaba tanto como el hecho de que Jemima había muerto en Stoke Newington, donde no había duda de que se hubiera llevado su bolso consigo; y ahora estaba aquí en Putney, tan grande como la vida que ya no tenía.

Bella no se planteó siquiera qué hacer con aquel repentino descubrimiento. Se iba a dirigir hacia la puerta principal, con el bolso bien agarrado, cuando la puerta se abrió detrás de ella. Se volvió, esperando ver a la obstinada Yolanda. Pero se topó con Paolo di Fazio. Cuando sus ojos se fijaron en el bolso que llevaba Bella, vio en su expresión que, al igual que ella, él sabía exactamente qué era.

* * *

Al volver al hospital de Saint Thomas y esperar allí la mayor parte de la noche anterior para oír una palabra sobre el estado de Yukio Matsumoto, Isabelle se las había arreglado para aplazar la cita con Hillier. Como él le había dado instrucciones de que se presentase en la oficina cuando volviese de Yard, había decidido simplemente no volver hasta mucho después de que el subinspector jefe hubiese dejado Tower Block, por la noche. Aquello le daría tiempo para intentar entender lo que había pasado y hablar claramente de ello.

El plan había funcionado. También le permitió ser la primera en la cola para conocer el estado del violinista. Era bastante simple: había estado en coma toda la noche. No estaba fuera de peligro, pero el coma fue artificial, inducido para permitir que el cerebro se recuperase. De haber podido decidir sobre aquello, habría hecho traer a Yukio Matsumoto y lo habría interrogado a fondo una vez que hubiese salido de la sala de operaciones. Ahora, lo máximo que podía hacer era poner vigilancia policial en las inmediaciones de cuidados intensivos para asegurarse de que el tipo, de repente, no iba a recobrar la conciencia por sí mismo para darse cuenta de la profundidad del problema en el que se encontraba y huir. Era, lo sabía, una posibilidad que daba risa. No estaba en condiciones de ir a ninguna parte. Pero había que seguir el procedimiento correcto, y ella iba a seguirlo.

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