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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Las lágrimas comenzaron a correr en ese momento por las mejillas de la mujer, que se las enjugó con la mano.

– ¿Vendrá conmigo? -dijo-. Iré a la Policía, pero no puedo enfrentarme a ello sola. Es un acto de traición muy grande…, y podría no significar nada y, si no significa nada, ¿acaso no comprende lo que estoy haciendo?

– No es verdad que no signifique nada -dijo Meredith-. Las dos lo sabemos.

Gina bajó la mirada.

– Sí, de acuerdo. Pero ¿qué pasa si voy a la estación y pierdo el coraje cuando tenga que entrar y hablar y…? ¿Qué haré cuando vengan a por Gordon? Porque vendrán, ¿no? Verán que mintió y vendrán, y él lo sabrá. Oh Dios. Oh Dios. ¿Cómo pude hacerme esto a mí misma?

La puerta de Gerber & Hudson se abrió y apareció la cabeza de Randall Hudson. No parecía satisfecho y lo demostró cuando dijo:

– ¿Vas a volver a trabajar hoy, Meredith?

Ella sintió calor en sus mejillas. Nunca antes la habían regañado en el trabajo. Dijo con voz baja a Gina Dickens:

– De acuerdo, iré con usted. Preséntese aquí a las cinco y media. -Y después a Hudson-: Lo siento, lo siento señor Hudson. Sólo ha sido una pequeña emergencia. Ya está todo solucionado.

No era demasiado cierto, eso de que estuviera todo solucionado. Pero lo estaría al cabo de muy pocas horas.

* * *

Barbara Havers había hecho antes la llamada telefónica a Lynley, sin la presencia de Winston Nkata. No es que quisiese que Winston no supiese que estaba llamando a su antiguo compañero. Era una cuestión de tiempo. Quiso ponerse en contacto con el inspector antes de su llegada a Yard aquel día. Para ello necesitaba llamar de buena mañana, y lo hizo desde su habitación en el hotel Sway.

Se había dirigido a Lynley en pleno desayuno. Le había puesto al tanto de las idas y venidas a Londres, y pareció cuidadoso en el tema de la actuación de Isabelle Ardery como superintendente, lo cual hizo que Barbara se preguntase qué es lo que no le quería contar. Reconoció en su reticencia esa peculiar lealtad de Lynley, de la que durante tanto tiempo ella se había beneficiado y sintió una punzada.

– Si ella piensa que tiene a su hombre, ¿por qué crees que no nos ha llamado a Londres?

– Las cosas se han movido rápido. Espero que hoy sepas algo de ella.

– ¿Qué crees que está pasando?

Al fondo oyó el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. Podía imaginar a Lynley en el comedor de su casa señorial, con el The Times y el The Guardian cerca y una cafetera de plata a su alcance. Era el tipo de individuo que servía el café sin derramar una gota y, cuando lo agitaba en su taza, se las arreglaba para hacerlo sin emitir ni un sonido. ¿Cómo hacía eso la gente?

– No se está precipitando a una conclusión loca. Matsumoto tenía en su habitación lo que parecía el arma. Se la han llevado al forense. También tenía una de las postales metida en un libro. Su hermano se niega a pensar que él sea el responsable, pero no creo que nadie comparta su opinión.

Barbara se dio cuenta de que había evitado su pregunta.

– ¿Y usted, señor? -insistió.

Le oyó suspirar.

– Barbara, simplemente no lo sé. Simon ha obtenido la foto de esa piedra que había en el bolsillo de la víctima. Es curioso. Me pregunto qué quiere decir.

– ¿Que alguien la ha matado para conseguirla?

– De nuevo, no lo sé. Pero ahora mismo hay más preguntas que respuestas. Eso me hace sentir intranquilo.

Barbara esperó más.

– Puedo entender el deseo de cerrar el caso rápidamente. Pero si va a ser mal resuelto o se va a hacer una chapuza porque alguien está buscando una sentencia rápida, no va a ser bueno -dijo él.

– Para ella, quiere decir. Para Ardery. -Y después, por lo que eso significaba para ella y para su propio futuro en el Yard, tuvo que añadir-: ¿Le importa eso, señor?

– Parece una chica decente.

Barbara se preguntó qué querría decir eso, pero no contestó nada. Se dijo que no era asunto suyo, aunque no estuviese muy convencida de ello.

Planteó la razón de su llamada: el superintendente Zachary Whiting, las cartas falsificadas del Winchester Technical College II y el conocimiento que tenía Whiting del aprendizaje de Gordon Jossie en Itchen Abbas con Ringo Heath.

– No mencionamos ningún aprendizaje, por no hablar de donde estaba, así que, ¿por qué tendría conocimiento de ello? ¿Acaso controla a cada persona de todo el maldito New Forest? Me parece que algo está pasando en relación con Whiting y Jossie, señor, porque definitivamente Whiting sabe más de lo que está dispuesto a contarnos.

– ¿En qué estás pensando?

– En algo ilegal. En Whiting cobrando sobornos por lo que sea que Jossie haga cuando no está poniendo techos de paja a edificios antiguos. Trabaja en casas particulares. Ve lo que hay dentro, y algunas de esas personas tendrán algo valioso. Esta no es exactamente una parte pobre del país, señor.

– ¿Robos orquestados por Jossie y descubiertos por un Whiting que prefiere embolsarse sobornos en lugar de arrestarlo?

– O puede ser que estén metidos juntos en algo.

– ¿Algo que Jemima Hastings descubrió?

– Esa es definitivamente una posibilidad. Así que me preguntaba…, ¿podría usted hacer algunas comprobaciones? Un poco de fisgoneo. El historial y todo eso. ¿Quién es este tío, Zachary Whiting? ¿Dónde hizo su instrucción? ¿De dónde vino antes de acabar aquí?

– Veré lo que puedo averiguar -respondió Lynley.

Si bien no todos los caminos conducían exactamente a Gordon Jossie, pensó Barbara, por lo menos rodeaban a ese tío. Era el momento de ver qué es lo que tenía el resto del equipo de Londres tras seguirle la pista -por no mencionar las comprobaciones hechas a cualquier otro cuyo nombre hubiese tenido entre manos-, así que después de desayunar, cuando ella y Winston estaban haciendo los preparativos para el día, sacó su móvil para hacer la llamada.

Sonó antes de que pudiese hacer nada. La persona que llamaba era Isabelle Ardery. Sus comentarios fueron breves, del tipo «recójalo todo y vuelva a casa». Tenían una sospecha sólida, tenían lo que indudablemente era el arma del crimen: tenían sus zapatos y su ropa, darían positivo como sangre de Jemima, y tenían una conexión establecida entre ambos.

– Y es un chalado -concluyó Ardery-. Un esquizofrénico que no se medica.

– Entonces no puede ser juzgado -dijo Barbara.

– Juzgarle no es lo difícil, sargento. Mantenerle permanentemente alejado de la calle sí.

– Entendido. Pero hay algo más que sospechoso por aquí, jefa -le contestó Barbara-. Quiero decir…, Jossie, por ejemplo, ¿quiere que nos quedemos y metamos la nariz hasta que…?

– Lo que quiero es que vuelvan a Londres.

– ¿Puedo preguntar en qué punto estamos de la investigación sobre los historiales?

– No hay nada cuestionable en ninguno de ellos -le respondió Ardery-. Especialmente allí. Se acabaron sus vacaciones. Vuelva a Londres. Hoy.

– Vale.

Barbara cortó la llamada y se quedó mirando al teléfono. Reconocía una orden cuando la oía. No estaba convencida, de todos modos, de que la orden tuviese sentido.

– ¿Y bien? -le preguntó Winston.

– Ésa es, sin duda, una gran pregunta.

Capítulo 19

Aunque a Bella McHaggis le gustaba pensar que sus inquilinos reciclaban escrupulosamente, había aprendido con el tiempo que eran de lejos de los que tiran de todo en la basura. Así que cada semana se daba una vuelta por el interior de la casa. Encontró hojas sueltas y tabloides apilados aquí y allá, revistas viejas bajo las camas, latas de Coca-Cola incrustadas en papeleras y todo tipo de artículos sin valor alguno en casi cualquier sitio. Era por esto por lo que había salido de su casa con una cesta para la colada cuyo contenido tenía la intención de depositar entre los muchos recipientes que, mucho tiempo antes, había colocado en su jardín delantero con tal propósito. Sin embargo, caminando con la cesta en los brazos, Bella se detuvo abruptamente. Desde su anterior encuentro, la última persona que esperaba ver justo en su puerta era a Yolanda, la Médium. Estaba agitando en el aire lo que parecía ser un cigarro grande y verde. Una veta de humo salió de él y, mientras lo movía, Yolanda cantó sonoramente en su tono ronco y masculino.

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