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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Tom -dijo Alex-, la bomba ha estallado en Tylersville. La sucursal de allí necesita ayuda y dinero… rápido. Ponga en acción el Plan de Emergencia Número Uno.

16

La municipalidad de Tylersville, como muchos seres humanos, estaba ocupada en «descubrirse a sí misma». Era un neosuburbio, una mezcla de ruidoso mercado y granjas, parcialmente rodeada por una ciudad que oprimía, pero le quedaba bastante de sus orígenes como para resistir, por un tiempo, la conformidad urbana.

La población era una mezcla híbrida de viejo y nuevo, familias conservadoras, profundamente arraigadas, de granjeros y comerciantes locales, y nuevos residentes, muchos asqueados con la decadencia de valores morales de la ciudad que habían dejado, y que buscaban absorber, para ellos y para sus crecientes familias, algo de la paz de las costumbres rústicas antes de que desaparecieran. El resultado era una increíble alianza de ruralistas reales y de otros que deseaban serlo, desconfiados de los grandes negocios y del estilo de las maniobras ciudadanas, incluidas las de los bancos.

Únicos también, en el caso de «estampida» en el banco de Tylersville, eran los chismes de un cartero. El martes, mientras entregaba cartas y paquetes, también había esparcido el rumor:

– ¿Han oído que el First Mercantile American está en quiebra? Dicen que quien tenga allí dinero y mañana no lo haya sacado, lo perderá todo.

Sólo unos pocos de los que habían oído al cartero le creyeron. Pero la historia corrió, después recibió el refuerzo de las noticias, incluidas las de la televisión nocturna. Por la noche, entre los granjeros, los comerciantes y los nuevos inmigrantes, había crecido tanto la ansiedad que, el viernes por la mañana, el consenso fue: ¿para qué arriesgarse? Saquemos ahora el dinero.

Una ciudad pequeña tiene su propio telégrafo selvático. Las noticias de la decisión de la gente circularon rápidamente y, mediada la mañana, había más y más gente que se dirigía a la sucursal del FMA para poner a salvo sus ahorros.

Así, con hilos delgados, se tejen las grandes tapicerías.

En la Torre de la Casa Central, algunos, que apenas habían oído hablar de Tylersville, lo oían nombrar ahora. Iban a oír más a medida que la cadena de acontecimientos en el Plan de Emergencia de Vandervoort se desenvolviera con rapidez.

Siguiendo instrucciones de Tom Straughan la computadora del banco fue consultada primero. Un programador tecleó la pregunta en un tablero: «¿Cuántos son los ahorros totales y la demanda de depósitos en la sucursal de Tylersville?» Instantáneamente la computadora, como estaba en contacto continuo y directo, dio cifras del cierre de los negocios el día anterior.

CUENTAS DE AHORRO $ 26.170.627,54

DEPÓSITOS EN CUENTA CORRIENTE $ 15.042.767,18

TOTAL $ 41.213.394,72

La computadora recibió entonces instrucciones: deduzca de ese total las cuentas sin movimiento y los depósitos municipales. (Era una segura suposición que ninguna de estas dos cosas podían ser turbadas, ni siquiera en una «estampida».)

La computadora respondió:

SIN MOVIMIENTO Y MUNICIPALES $ 21.340.964,61

BALANCE $ 19.782.430,11

Más o menos unos veinte millones de dólares que los depositantes en Tylersville podían pedir y que quizá pedirían.

Un subordinado de Straughan ya había alertado al Tesoro de la Casa Central, una fortaleza subterránea debajo de la Torre del FMA. Ahora se avisó al supervisor del Tesoro:

– Veinte millones de dólares para la sucursal de Tylersville… ¡corriendo!

La cantidad era más de la que podía necesitarse, pero un objetivo, decidido durante el planeamiento avanzado del grupo de Alex Vandervoort, era hacer una demostración de fuerza, como quien agita una bandera. O, como Alex había expresado:

– Para apagar un incendio hay que tener más agua de la que se necesita.

En las cuarenta y ocho horas pasadas, anticipando exactamente lo que ahora estaba ocurriendo, el suplemento normal de dinero en el Tesoro de la Casa Central había sido aumentado con retiros especiales del Federal Reserve. El Fed había sido informado y había aprobado los planes de emergencia del FMA.

Una fortuna de Midas en billetes y monedas, ya contada y colocada en bolsas con etiquetas, fue cargada en camiones blindados, mientras un montón de guardias armados vigilaban la rampa de acceso. En total iban a ser seis camiones blindados, algunos convocados por radio para que dejaran otras tareas, y cada uno iba a viajar por separado con escolta policial, precaución debida a la cantidad desusada de dinero al contado. De todos modos, sólo tres camiones llevarían dinero. Los otros estaban vacíos, eran monigotes, una salvaguardia extra contra los asaltos.

Veinte minutos después de la llamada del gerente de la sucursal, el primer camión blindado estaba listo para salir de la Casa Central y, poco después, se abría camino entre el tráfico rumbo a Tylersville.

Ya antes de esto, personal bancario estaba en camino, en coches privados y limousines.

Edwina D'Orsey encabezaba la marcha. Estaba encargada de la operación de ayuda ahora en acción.

Edwina dejó su escritorio de la sucursal principal casi inmediatamente, se detuvo sólo para informar al subgerente principal y para recoger a tres miembros del personal que iban a acompañarla, un funcionario de préstamos, Cliff Castleman, y dos cajeros. Uno de los cajeros era Juanita Núñez.

Al mismo tiempo pequeños contingentes de personal de otras dos sucursales de la ciudad recibían instrucciones de ir directamente a Tylersville, donde se pondrían en contacto con Edwina. Parte de la estrategia general era no hacer despliegue de personal, para el caso de que empezara una «estampida» en alguna otra parte. Para tal caso, estaban listos otros planes de emergencia, aunque había un límite para aplicarlos a la vez. No podían ser más de dos o tres.

El cuarteto encabezado por Edwina avanzó con paso rápido por el túnel que comunicaba la sucursal principal con la Casa Central del FMA. En el vestíbulo del gran edificio tomaron un ascensor hacia el garaje del banco, donde un coche había sido designado y esperaba. Cliff Castleman tomó el volante.

En el momento que subían, Nolan Wainwright pasó apresurado, dirigiéndose hacia donde estaba aparcado su Mustang. El jefe de Seguridad había sido informado de la operación de Tylersville y, como estaban involucrados veinte millones de dólares, decidió vigilar personalmente el sistema de protección. Detrás de él venía un furgón con media docena de guardias armados. La policía local y estatal de Tylersville había sido alertada.

Tanto Alex Vandervoort como Tom Straughan siguieron donde estaban, en la Torre del FMA. La oficina de Straughan, cerca del Centro Monetario del Comercio, se había convertido en el puesto de comando. En el piso treinta y seis, la preocupación de Alex era mantenerse en contacto con el resto del sistema de sucursales, y saber inmediatamente si surgían nuevas dificultades.

Alex había mantenido informado a Patterton y ahora el presidente del banco esperaba tenso junto a Alex, cada uno atragantado con las preguntas que no hacían: ¿podrían contener la «estampida» en Tylersville? ¿Podría el First Mercantile American cerrar los negocios del día sin un pánico en alguna otra parte?

Fergus W. Gatwick, el gerente de la sucursal de Tylersville había esperado que los pocos años que le faltaban para jubilarse pasaran sin prisa y sin acontecimientos. Estaba en la sesentena, era un hombrecito como una manzana, de mejillas rosadas, ojos azules, pelo gris, un afable rotariano. En su juventud había conocido la ambición, pero se había agotado hacía tiempo, y había decidido, sabiamente, que su papel en la vida debía ser secundario; era un seguidor que nunca iba a abrir una senda. La gerencia de una pequeña sucursal bancaria se adecuaba idealmente a su capacidad y sus limitaciones.

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