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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Tal como lo expresó más tarde Nolan Wainwright, toda la operación había sido «el sueño de un asaltante de banco, la pesadilla de un encargado de la Seguridad». Por suerte, si los ladrones se enteraron de lo que estaba pasando, se enteraron demasiado tarde.

Edwina, tranquilamente competente y usando cortesía hacia Fergus W. Gatwick, lo supervisaba todo.

Fue ella quien dio instrucciones a Cliff Castleman para que empezara a buscar negocios de préstamos.

Poco antes de mediodía, con el banco todavía repleto y una línea que se prolongaba afuera, Castleman sacó una silla y se puso de pie sobre ella.

– Señoras y señores -anunció-: permítanme presentarme. Soy funcionario de préstamos en la ciudad, lo que no significa mucho, aparte de que tengo autoridad para aprobar préstamos por sumas mayores de las que generalmente se negocian en este banco. De manera que, si alguno de ustedes ha pensado pedir un préstamo, y quieren una respuesta rápida, éste es el momento. Soy comprensivo y sé escuchar y procuro ayudar a la gente que tiene problemas. Míster Gatwick que está ocupado en este momento haciendo otras cosas, me ha permitido que use su escritorio, y allí estaré. Espero que vengan ustedes a hablar conmigo.

Un hombre con la pierna enyesada, exclamó:

– Iré en seguida, en cuanto me den mi dinero. Me parece que, si este banco quiebra, pediré un préstamo. Después no tendré que pagarlo.

– Nada va a quebrar aquí -dijo Cliff Castleman. Y preguntó-: ¿Qué le pasó en la pierna?

– Me caí en la oscuridad.

– Al oírle me doy cuenta de que sigue en la oscuridad. Este banco está más en forma que cualquiera de nosotros. Y le aseguro que, si pide dinero prestado, tendrá que pagarlo o se romperá la otra pierna.

Se oyeron algunas risas cuando Castleman bajó de la silla y, poco después, algunas personas se dirigieron al escritorio del gerente, para discutir préstamos. Pero los retiros de dinero continuaban. El pánico había cedido un poco, pero nada al parecer -ni una muestra de fuerza, seguridades o psicología aplicada- podía contener la «estampida» bancaria en Tylersville.

A principios de la tarde, para los abatidos funcionarios del FMA, sólo quedaba un interrogante: ¿cuánto tiempo tardaría en propagarse la epidemia?

Alex Vandervoort, que había hablado por teléfono varias veces con Edwina, salió personalmente para Tylersville a mitad de la tarde. Estaba todavía más alarmado que por la mañana, cuando había esperado que la «estampida» terminara rápidamente. La continuación significaba que, durante el fin de semana, el pánico iba a propagarse entre los depositantes, y seguramente otras sucursales del FMA serían invadidas el lunes.

En el día de hoy, aunque los retiros en otras sucursales habían sido fuertes, no había ocurrido nada parecido a la situación de Tylersville. Pero era evidente que la misma suerte no podía prolongarse.

Alex se hizo llevar a Tylersville en una limousine con un chófer, y Margot Bracken le acompañó. Margot había terminado esa mañana un asunto en los tribunales más rápidamente de lo que esperaba y fue a buscar a Alex al banco para almorzar. Después, a petición de él, ella se quedó, y compartió algunas de las tensiones que invadían en ese momento el piso treinta y seis de la Torre.

En el coche Alex se echó hacia atrás, saboreando el intervalo de descanso que sabía iba a ser breve.

– Ha sido un año duro para ti -dijo Margot.

– ¿Se me nota?

Ella se inclinó y le pasó con suavidad un dedo por la frente.

– Tienes aquí más arrugas. Tienes más canas en las sienes.

Él hizo una mueca.

– También estoy más viejo.

– No tanto.

– Es el precio que se paga por vivir bajo presiones. Tú también lo pagas, Bracken.

– Sí, es verdad -asintió Margot-. Lo que importa, naturalmente, es qué presiones son importantes y si valen la parte de nosotros que les damos.

– Salvar un banco bien vale un poco de tensión personal -dijo Alex agudamente-. Si no salvamos el nuestro se hará daño a una cantidad de gente que no lo merece.

– Y a algunos que lo merecen…

– En una situación de apuro se trata de salvar a todo el mundo. La recompensa queda para después.

Habían recorrido diez de las veinte millas hasta Tylersville.

– Alex: ¿están realmente tan mal las cosas?

– Si no podemos parar la «estampida» de dinero el lunes -dijo él- tendremos que cerrar. Es posible que se forme un consorcio de otros bancos para echarnos fuera… por cierto precio… tras lo cual recogerán lo que quede y, con el tiempo, creo, todos los depositantes recibirán su dinero. Pero el FMA como entidad, habrá terminado.

– Lo más increíble de todo esto es que pueda ocurrir tan súbitamente. Eso señala -dijo Alex- lo que mucha gente, que debería entenderlo, no entiende. Los bancos y el sistema monetario, que incluye grandes deudas y grandes préstamos, son una maquinaria delicada. Si se juega torpemente con ella, si se deja que algún componente quede seriamente desequilibrado, debido a la avidez, a la política o a la simple estupidez, se pone en peligro todo lo demás. Y, una vez que el sistema está en peligro… o lo esté un solo banco… y corre la voz, como generalmente sucede, la disminución de la confianza pública hace el resto. Es lo que estamos viendo ahora.

– Por lo que dices -contestó Margot- y por cosas que he oído, la avidez es la causa de lo que le está pasando a tu banco.

Alex dijo con amargura:

– Eso y un elevado porcentaje de idiotas de la Dirección -habló con más franqueza que de costumbre y aquello le alivió.

Hubo entre ambos un silencio hasta que Alex exclamó:

– ¡Dios, cómo le echo de menos!

– ¿A quién?

– A Ben Rosselli.

Margot le agarró la mano.

– Esta operación de rescate que estás haciendo es exactamente lo que hubiera hecho Ben, ¿verdad?

– Tal vez -suspiró-. Pero no da resultado. Por eso desearía que Ben estuviera aquí.

El chófer corrió la ventanilla divisoria entre él y los pasajeros. Habló por encima del hombro.

– Llegamos a Tylersville, señor.

– Buena suerte, Alex -dijo Margot.

Desde varias manzanas de distancia pudieron ver una fila de gente ante el banco. Otros nuevos se añadían a la cola. En el momento en que la limousine se detenía frente al banco un camión con paneles chirrió al detenerse del otro lado de la calle y varios hombres y una muchacha saltaron de él. Al lado del camión, en grandes letras, estaban las siglas de un canal de TV.

– ¡Cristo -dijo Alex- no faltaba más que esto!

Dentro del banco, mientras Margot miraba con curiosidad alrededor, Alex habló brevemente con Edwina y Fergus W. Gatwick, y se enteró por los dos de que había poco, o nada, que pudiera hacerse ya. Alex había imaginado que el viaje era inútil, pero había sentido la necesidad de venir. Decidió que no haría daño, que incluso podía ser útil, hablar con algunos de los que esperaban. Empezó a recorrer las distintas filas de gente, presentándose tranquilamente.

Había por lo menos unas doscientas personas, una variada parte de los habitantes de Tylersville -viejos, jóvenes, maduros, hombres en ropa de trabajo, algunos cuidadosamente vestidos como para alguna fiesta. La mayoría se mostró amistosa, unos pocos no, y uno o dos decididamente enemigos. Casi todo el mundo mostraba cierto grado de nerviosismo. Había alivio en la cara de los que recibían su dinero y se iban. Una mujer mayor habló a Alex en el momento de salir. No tenía idea de que él era funcionario del banco.

– ¡Por suerte ha terminado! Es el día más ansioso que he pasado en mi vida. Éstos son todos mis ahorros… todo lo que tengo… -mostró más o menos una docena de billetes de cincuenta dólares. Otros se iban, con sumas mucho mayores, o menores.

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