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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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La impresión que Alex obtuvo de todos los que hablaron con él fue la misma: tal vez el First Mercantile American era un banco sólido; quizás no lo fuera. Pero nadie quería arriesgarse y dejar su dinero en una institución que podía quebrar. La publicidad que vinculaba el FMA con la Supranational había hecho su obra. Todos sabían que probablemente el First Mercantile American iba a perder una gran cantidad de dinero, porque el banco lo había reconocido. Los detalles no interesaban. Tampoco la gente a quien Alex mencionó la garantía del Federal Deposit Insurance confiaba demasiado en este sistema. La cantidad del seguro federal era limitada, señalaron algunos, y se sabía que los fondos del Federal Deposit eran insuficientes en cualquier caso mayor.

Y había también otra cosa, comprendió Alex, quizá todavía más profunda: la gente ya no creía lo que le decían; se habían acostumbrado demasiado a que les mintieran y les engañaran. En el pasado reciente habían sido engañados por el presidente, funcionarios del gobierno, los políticos, los hombres de negocios, la industria. Los empleados habían mentido, y también los sindicatos. La publicidad había mentido. Se había mentido en las transacciones financieras, incluido el status de las acciones y de los bonos, los informes de la bolsa y las declaraciones corporadas de los auditores. Se había mentido a veces por omisión o caminos torcidos -en las comunicaciones de término medio. La lista era interminable. El engaño había seguido al engaño hasta que la mentira -o por lo menos la distorsión y el fracaso de revelar una verdad entera- se había convertido en un sistema de vida.

Entonces: ¿por qué iba nadie a creerle a Alex, cuando aseguraba que el FMA no era un barco que se hunde y que el dinero -si lo dejaban en el banco- estaría seguro? A medida que pasaban las horas y se desvanecía la tarde, era evidente que ninguno le había creído.

Al fin de la tarde Alex se había resignado. Que pasara lo que tenía que pasar; imaginó que, para los individuos y las instituciones, llegaba un punto en el que había que aceptar lo inevitable. Fue más o menos en ese momento -cerca de las 5,30, con la oscuridad de un crepúsculo de octubre que los iba envolviendo- cuando Nolan Wainwright se presentó para informar sobre una nueva ansiedad entre la gente que esperaba.

– Están preocupados -dijo Wainwright- porque la hora de cierre es a las 6, suponen que, en la media hora que queda, no podremos atender a todo el mundo.

Alex vaciló. Hubiera sido muy simple cerrar la sucursal de Tylersville a la hora acostumbrada; también era legal y nadie hubiera podido decir nada. Saboreó un impulso surgido de la rabia y la frustración; una rencorosa urgencia de decir, en efecto, a los que todavía esperaban: Ustedes se han negado a confiar en mí, esperen pues hasta el lunes y váyanse a la mierda. Pero vaciló, dudando entre su propia naturaleza y una frase de Margot sobre Ben Rosselli. Lo que Alex estaba haciendo ahora, había dicho ella, era «exactamente lo que hubiera hecho él». ¿Cuál hubiera sido la decisión de Rosselli respecto al cierre? Alex la sabía.

– Haré un anuncio -dijo a Wainwright. Primero buscó a Edwina y le dio instrucciones.

Acercándose a la puerta del banco, Alex habló desde donde podía ser oído por los que estaban dentro y por los que seguían esperando en la calle. Estaba consciente de las cámaras de TV que le enfocaban. El primer equipo de televisión estaba ahora acompañado por otro, de otro canal y hacía una hora, Alex había hecho una declaración para ambos. Los equipos de TV no se movieron, y uno del grupo confesó que estaban recogiendo material extra para el noticiario de fin de semana, ya que la «estampida de dinero de un banco no se da todos los días».

– Señoras y señores -la voz de Alex fue fuerte y clara, llegaba fácilmente a todas partes-. Me han informado de que algunos de ustedes están preocupados por la hora de cierre. No deben estarlo. En nombre de la dirección de este banco les doy mi palabra de que seguiremos abiertos en Tylersville hasta que hayamos atendido al último de ustedes… -hubo un rumor de satisfacción y algunos aplausos espontáneos.

– Sin embargo hay una cosa que quiero prevenirles a todos -una vez más las voces se aquietaron y la atención volvió a fijarse en Alex. Prosiguió: -Quiero darles el consejo de que, en el fin de semana, no guarden grandes sumas de dinero en sus personas ni en sus casas. No es aconsejable por muchos motivos. Por lo tanto les sugiero que elijan otro banco y depositen allí lo que hayan retirado de éste. Para ayudarles mi colega, mistress D'Orsey, está en estos momentos telefoneando a otros bancos de la zona para pedirles que cierren más tarde de lo acostumbrado para conveniencia de ustedes.

Nuevamente hubo un rumor apreciativo.

Nolan Wainwright se acercó a Alex, murmuró algo brevemente y Alex anunció:

– Acaban de informarme que dos bancos han accedido ya a nuestra petición. Estamos hablando con otros.

Entre la gente que esperaba en la calle surgió una voz de hombre:

– ¿Puede usted recomendar un buen banco?

– Sí -dijo Alex-, yo elegiría al First Mercantile American. Es el banco que mejor conozco, del que estoy más seguro, y su historia es larga y honrosa. Desearía que todos ustedes sintieran lo mismo… -por primera vez hubo un toque de emoción en su voz. Algunas personas rieron a medias o sonrieron, pero la mayoría de las caras que le observaban permanecieron serias.

– Yo también sentía antes así -dijo una voz detrás de Alex. Él se volvió. El que había hablado era un hombre viejo, probablemente más cerca de los ochenta que de los setenta, acartonado, de pelo blanco, agobiado y apoyado en un bastón. Pero los ojos del viejo eran claros y agudos, su voz era firme. A su lado estaba una mujer de más o menos su misma edad. Ambos estaban decentemente vestidos, aunque las ropas eran anticuadas y bastante gastadas. La mujer llevaba una bolsa de la compra, donde, según podía verse, había bastantes paquetes de dinero. Acababan de retirarse del mostrador del banco.

– Mi mujer y yo tenemos desde hace treinta años cuenta en el FMA -dijo el viejo-. Es triste sacarlo todo ahora.

– Entonces, ¿por qué lo hace?

– No pueden pasarse por alto todos esos rumores. Demasiado humo para que no haya fuego en alguna parte.

– Algo de verdad hay, lo hemos reconocido -dijo Alex-. Debido a un préstamo que hicimos a la Supranational Corporation, es posible que nuestro banco sufra una pérdida. Pero el banco puede soportarla, y la soportará.

El viejo movió la cabeza.

– Si yo fuera más joven y pudiera trabajar, quizá me arriesgaría a hacer lo que usted dice. Pero no lo soy. Lo que ahí llevamos -señal la bolsa de la compra- es todo lo que nos queda hasta morir. Y no es tanto. Los dólares no valen ni la mitad de cuando trabajábamos y los ganábamos.

– Naturalmente -dijo Alex- la inflación castiga sobre todo a la buena gente, como ustedes. Pero, desgraciadamente, cambiar de banco no les ayudará en eso.

– Deje que le haga una pregunta, joven. Si usted fuera yo y este dinero fuera suyo: ¿no haría usted lo mismo que yo estoy haciendo?

Alex sintió que otros le rodeaban y escuchaban. Vio a Margot a uno o dos pasos: Detrás de ella estaban encendidas las luces de la televisión. Alguien se acercaba, ton su micrófono.

– Sí -reconoció-, supongo que lo haría.

El viejo pareció sorprendido.

– Usted es honrado, de todos modos. Hace un momento he oído el consejo que nos ha dado de ir a otro banco, y lo he apreciado. Creo que iremos a uno a depositar el dinero.

– Espere -dijo Alex- ¿tiene usted coche?

– No. Vivimos a un paso de aquí. Caminaremos.

– No con ese dinero. Pueden robarles. Haré que le lleven en coche hasta otro banco -Alex hizo una seña a Nolan Wainwright y explicó el problema-. Éste es nuestro jefe de Seguridad -dijo a los viejos.

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