Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Creo que es posible -dijo Miles. Recordaba cuánto dinero falso había descubierto en el banco, y cuánto más pasó sin llamar la atención.
– ¿Sabes cuál es el dinero más difícil de reproducir?
– No, no lo sé.
– Los cheques de viajero del American Express. ¿Sabes por qué?
Miles movió la cabeza.
– Porque están impresos en azul-cianido, que es casi imposible de reproducir en una placa impresora en offset. Nadie que sepa algo perderá tiempo intentándolo, de manera que un cheque Amex es más seguro que el dinero norteamericano.
– Corren rumores -dijo Miles- de que pronto habrá nuevo dinero norteamericano, con colores para las diferentes denominaciones… como en Canadá.
– No es un rumor -dijo Danny-. Es un hecho. Hay ya un montón de dinero en colores impreso y almacenado en el Tesoro. Será más difícil de copiar que todo lo que se ha hecho… -sonrió con picardía-. Pero los viejos circularán un tiempo. Quizá tanto como el que me queda de vida.
Miles guardaba silencio, digiriendo todo lo que había oído. Al fin dijo:
– Me ha hecho preguntas, Danny, y las he contestado. Ahora tengo una para usted.
– No quiere decir que vaya a contestarla, hijo. Pero puedes intentarlo.
– ¿Quién y qué es usted?
El viejo meditó, acariciándose el mentón con el pulgar, mientras examinaba a Miles. Algunos de sus pensamientos se retrataron en su cara: la tentación de ser sincero luchaba contra la cautela; el orgullo se mezclaba a la discreción. Bruscamente Danny se decidió:
– Tengo 73 años -dijo- y soy un artesano maestro. He sido impresor toda mi vida. Sigo siendo todavía el mejor. Además de ser un oficio, imprimir es un arte -señaló los billetes de veinte dólares todavía desparramados sobre la cama-. Son mi obra. Yo hice la placa fotográfica. Yo los imprimí.
Miles preguntó:
– ¿Y los permisos de conducir y las tarjetas de crédito?
– Comparado con imprimir dinero -dijo Danny- hacer esas cosas es tan fácil como orinar en un barril. Pero sí… yo lo he hecho también.
13
En una fiebre de impaciencia, Miles esperaba ahora la ocasión de comunicar lo que sabía a Nolan Wainwright, vía Juanita. Pero desgraciadamente, resultaba imposible salir del Double Seven, y el riesgo de transmitir unos datos tan vitales por medio del teléfono del club, era demasiado grande.
El jueves por la mañana -el día siguiente a las sinceras revelaciones de Danny- el viejo dio señales de estar del todo curado de su orgía alcohólica. Era evidente que se divertía en compañía de Miles y las partidas de ajedrez continuaban. Lo mismo pasaba con sus conversaciones, aunque Danny estaba más en guardia de lo que había estado el día anterior.
No era claro que Danny pudiera apresurar su marcha, en caso de desearlo. Aunque hubiera podido hacerlo, no parecía dispuesto y parecía en cambio contento -al menos por el momento- con su encierro en el cubículo del tercer piso.
En las últimas charlas, el miércoles y el jueves, Miles había procurado conseguir más datos sobre la actividad de falsificador de Danny, e incluso sugirió la pregunta crucial de algún local en donde trabajara. Pero Danny escamoteó hábilmente nuevas discusiones sobre el tema, y el instinto dijo a Miles que el viejo lamentaba un poco su primera sinceridad. Recordando el consejo de Wainwright: No se apresure, tenga paciencia, Miles decidió no forzar la suerte.
Pese a su exaltación, otro pensamiento le deprimía. Todo lo que había descubierto representaba la detención y el arresto de Danny. Miles seguía simpatizando con el viejo y lamentaba lo que seguramente iba a seguir. Sin embargo, se recordó a sí mismo, era también el camino de su única posibilidad de rehabilitación.
Ominsky, el prestamista tiburón y Tony «Oso» Marino, estaban ambos mezclados con Danny, aunque todavía no estaba claro de qué manera. A Miles no le importaba del ruso Ominsky o de Tony el «Oso», aunque el miedo le helaba al suponer que podían enterarse, como finalmente iba a suceder, del papel de traidor que él desempeñaba.
El jueves, tarde ya, Jules La Rocca volvió a aparecer.
– Traigo un mensaje de Tony. Mañana mandará un cochecito para buscarte.
Danny asintió, y fue Miles quien preguntó:
– ¿Un cochecito para ir a dónde?
Tanto La Rocca como Danny le miraron agudamente, sin contestar, Miles lamentó haber preguntado.
Aquella noche, decidido a correr un riesgo aceptable, Miles telefoneó a Juanita. Esperó a encerrar a Danny en su cubículo, antes de la medianoche; después bajó para usar un teléfono público de la planta baja del club. Puso una moneda y marcó el número de Juanita. A la primera llamada la voz de ella contestó con suavidad:
– Hola…
El teléfono era de los de pared, estaba cerca del bar, sin casilla, y Miles murmuró para no ser oído.
– Ya sabes quién habla. No uses nombres.
– Sí -dijo Juanita.
– Di a nuestro mutuo amigo que he descubierto algo importante. Muy importante. Se refiere a lo que él quería saber. No puedo decir más, pero iré a verte mañana por la noche.
– Bien.
Miles cortó. Simultáneamente una grabadora en el sótano del club, que se había puesto automáticamente en marcha al levantarse el receptor del teléfono, se apagó, también automáticamente.
14
Algunos versículos del Génesis, como la propaganda subliminal, relampagueaban a intervalos en la mente de Roscoe Heyward: De todo árbol del jardín comerás, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no probarás; porque en el momento que comas ciertamente morirás.
En los últimos días Heyward había estado obsesionado con el interrogante: ¿acaso su relación sexual ilícita con Avril, iniciada en aquella noche memorable a la luz de la luna en las Bahamas se había convertido en su propio árbol del mal, del cual iba a cosechar el más amargo de los frutos? ¿Y todo lo adverso que sucedía ahora, la súbita y alarmante debilidad de la Supranational, que podía desbaratar sus ambiciones con respecto al banco, era algo que Dios hacía para castigarle personalmente?
Por el contrario: si cortaba todos los lazos con Avril decisiva e inmediatamente, si la arrojaba de sus pensamientos: ¿Iba Dios a perdonarle? ¿Acaso Él, con todo su saber, devolvería fuerza a la Supranational y reavivaría la fortuna de Su siervo, Roscoe? Recordaba a Nehemías: …Eres un Dios dispuesto a perdonar, gracioso y misericordioso, lento para la ira, y de gran bondad.… Heyward creía que esto era posible.
Lo malo es que no había manera de estar seguro.
También, como fuerte argumento en contra de separarse de Avril, estaba el hecho de que ella llegaría a la ciudad el martes, como habían convenido la semana anterior. En medio del tumulto habitual de problemas, Heyward ansiaba que Avril viniera.
Todo el lunes y la mañana del martes en su despacho, vaciló, sabiendo que podía telefonear a Nueva York y detenerla. Pero el martes, a mitad de la mañana, al enterarse del horario de vuelos desde Nueva York, comprendió que era demasiado tarde y se sintió aliviado al no tener que tomar ninguna decisión.
Avril llamó al caer la tarde, por el teléfono no registrado en guía que comunicaba directamente con el escritorio de Roscoe.
– Eh, Roscoe… estoy en el hotel. Suite 432. El champagne está en el hielo… pero yo estoy caliente esperándote.