Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Cuando lo repita -afirmó French- procuraré hacer creer que lo creo… -se sacó el cigarro de la boca, lo dejó a un lado, y acercó un pequeño anotador-. Bueno, quiero detalles. Todo saldrá a la luz de todos modos, pero quedaremos mucho peor si no afrontamos la cuestión; se volverá dolorosa, como sacarse una muela.
– Antes de seguir -dijo Heyward- quiero recordar que no somos el único banco al que la Supranational debe dinero. Están el First National City, el Bank of America y el Chase Manhattan.
– Pero todos ellos encabezan consorcios -señaló Alex-, de manera que cualquier pérdida es compartida por otros bancos. Dentro de lo que sabemos, nuestro banco es el más expuesto individualmente -no tenía sentido recordar que él había prevenido a todos los interesados, incluida a la Dirección, que tal concentración de riesgo era peligrosa para el FMA, y probablemente ilegal. Pero sus pensamientos seguían todavía siendo amargos.
Lanzaron una declaración reconociendo el profundo acuerdo financiero del First Mercantile American con la Supranational, y reconocieron también tener alguna ansiedad. La declaración expresaba la esperanza de que el moribundo conglomerado pudiera recobrarse, quizá bajo una nueva dirección, para la que presionaría el FMA, y con pérdidas minimizadas. Era una esperanza fantasma, y todos lo sabían.
Se concedió a Dick French cierto margen para ampliar la declaración si era necesario, y quedaron de acuerdo en que él sería el único portavoz del banco.
French previno:
– Los periodistas procurarán entrevistar personalmente a cada uno de ustedes. Si quieren que nuestra historia tenga consistencia mándenme a mí todos los periodistas, y prevengan al personal para que haga lo mismo.
Aquel mismo día, Alex Vandervoort revisó los planes de emergencia que había establecido dentro del banco, para ponerlos en acción bajo determinadas circunstancias.
– Hay algo de cuervos hambrientos -afirmó Edwina D'Orsey- en la atención que se presta a un banco que está en dificultades.
Había estado examinando los periódicos extendidos en la zona de conferencias del despacho de Alex Vandervoort en la Torre de la Casa Central del FMA.
Era un jueves, un día después de la declaración de prensa de Dick French.
El «Times Register» local había puesto un gran titular en un solo artículo:
BANCO LOCAL AFRONTA ENORMES PERDIDAS.
TRAS LA BANCARROTA DE LA SUNATCO.
Con más cautela, el «New York Times» informaba a sus lectores:
El FMA en marcha pese a
agudos problemas de préstamo
La historia había sido propalada igualmente por la red de noticias televisivas, la noche antes y esa mañana.
En todos los informes había una apresurada aseveración de la Federal Reserve de que el First Mercantile American era solvente y que los depositantes no tenían motivo para alarmarse. De todos modos el FMA estaba ahora en la «lista problemática» de la Federal Reserve, y esa mañana un grupo de examinadores de la Reserve había llegado silenciosamente… claramente era la primera de varias incursiones similares por agencias reguladoras.
Tom Straughan, el economista del banco, contestó la observación de Edwina:
– No hay nada de cuervos hambrientos en lo que llama la atención cuando uno está en dificultades. Creo que, más que nada, es miedo. Miedo entre los que tienen cuentas en el banco y temen que la institución no pueda hacer más negocios y perder su dinero. También está el miedo más amplio de que, si un banco fracasa, otros podrían contagiarse de la misma enfermedad y todo el sistema caería hecho trizas.
– Lo que yo temo -dijo Edwina- es el efecto de esta publicidad.
– Yo también estoy inquieto -asintió Alex Vandervoort-. Por eso seguimos examinando de cerca el efecto que puede producirse.
Alex había convocado a mediodía una reunión de estrategia.
Entre los convocados estaban los jefes de departamento responsables de la administración de las sucursales, ya que todos comprendían que, cualquier falta de confianza en el FMA iba a sentirse primero en las sucursales. Poco antes Tom Straughan había comunicado que los retiros bancarios en las sucursales, ayer por la tarde y esta mañana, eran más elevados que de costumbre, y los depósitos menores, aunque todavía era demasiado temprano para considerarlo como una tendencia definitiva. De manera tranquilizadora no había señales de pánico entre los clientes del banco, aunque los gerentes de las sucursales del FMA tenían instrucciones de informar inmediatamente si las percibían. Un banco sobrevive con su reputación y la confianza de los otros… plantas frágiles que la adversidad y una mala publicidad pueden marchitar.
El propósito de la reunión de hoy era asegurar que las acciones que debían tomarse en caso de una crisis seria fueran entendidas, y que las comunicaciones funcionaran. Aparentemente así era.
– Eso es todo por ahora -dijo Alex al grupo-. Volveremos a reunimos mañana a la misma hora.
Nunca lo hicieron.
A las 10,30 de la mañana siguiente, viernes, el gerente de la sucursal de Tylersville del First Mercantile American, a unas veinte millas en el interior, telefoneó a la Casa Central y su llamada fue pasada inmediatamente a Alex Vandervoort.
Cuando el gerente se identificó, Alex preguntó cortante:
– ¿Qué problema hay?
– Una «estampida», míster Vandervoort. El lugar está repleto de público… más de cien personas de la clientela habitual, en fila, con libros de pases y libretas de cheques, y están llegando más. Lo están retirando todo, limpiando las cuentas, piden hasta el último dólar -la voz del gerente era la de un hombre alarmado que quiere parecer tranquilo.
Alex se quedó helado. Una «estampida» así en un banco es una pesadilla que aterra a todo banquero; también era, en los últimos días, lo que Alex y los otros en la dirección habían temido más. La «estampida» indicaba pánico entre el público, psicología de masas, una pérdida total de fe. Todavía peor, una vez que la noticia de la «estampida» en una sucursal se difundiera, podía propagarse a otras en el sistema del FMA, como el fuego de un rayo, imposible de ser apagado y que se convierte en una catástrofe. Ninguna institución bancaria, ni siquiera la más grande y sana, tiene jamás bastante líquido para pagar inmediatamente a todos los depositantes, si todos exigen dinero al contado. Por lo tanto, si el miedo persistía, las reservas de caja iban a agotarse y el FMA se vería obligado a cerrar sus puertas, quizá para siempre.
Le había pasado antes a otros bancos. Dada una combinación de mala dirección, tiempos adversos y mala suerte, podía pasar en cualquier parte.
Lo esencial, según sabía Alex, era asegurar a aquellos que querían sacar su dinero de que iban a recibirlo. Lo segundo era localizar el estallido.
Sus instrucciones al gerente de Tylersville fueron precisas.
– Fergus, usted y todo su personal deben actuar como si no pasara nada raro. Paguen sin preguntar, sea lo que sea lo que la gente pida y tenga en sus cuentas. Y no ande por ahí con aire preocupado. Muéstrese alegre.
– No será fácil, míster Vandervoort. Lo intentaré.
– Haga más que intentarlo. En este momento todo el banco descansa sobre sus hombros.
– Bien.
– Le mandaremos ayuda en cuanto podamos. ¿Cuál es su situación de caja?
– Tenemos en el tesoro unos ciento cincuenta mil dólares -dijo el gerente-. Al paso que vamos, podemos durar una hora, no mucho más.
– Le mandaré dinero -aseguró Alex-. Entretanto saque el dinero del tesoro y colóquelo sobre las mesas y los escritorios, para que todos lo vean. Después camine entre los clientes. Hable con ellos. Asegúreles que el banco está en excelente forma, pese a lo que han leído, y dígales que todos recibirán su dinero.
Alex cortó. Por otro teléfono llamó inmediatamente a Straughan.