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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Sin sudores -dijo Wainwright-. Yo mismo les llevaré, con mucho gusto.

El viejo no se movió. Miraba una y otra cara.

– ¿Usted hará esto por nosotros? ¿Cuando acabamos de retirar el dinero de su banco? ¿Cuando casi le hemos dicho que ya no confiamos en ustedes?

– Digamos que forma parte de nuestras obligaciones. Además, -dijo Alex- si ustedes han estado con nosotros durante treinta años, es mejor separarse como amigos.

El viejo seguía quieto, indeciso.

– Tal vez no sea necesario. Deje que le haga otra pregunta, de hombre a hombre -los ojos claros, agudos, honestos, miraron fijamente a Alex.

– Adelante.

– Usted ya me ha dicho una vez la verdad, joven. Ahora dígamela de nuevo, y recuerde lo que le he dicho acerca de mi vejez y de lo que representan mis ahorros. ¿Está a salvo nuestro dinero en su banco? ¿Absolutamente seguro?

Por unos segundos, que pudieron contarse, Alex pensó la pregunta y todas sus implicaciones. Sabía que no sólo la pareja de viejos le observaba atentamente, sino también otros. Las omnipresentes cámaras de TV seguían filmando. Lanzó una mirada a Margot: ella estaba también tensa, con una expresión curiosa en la cara. Él pensó en la gente que le rodeaba y en otros en otras partes, afectados por aquel momento; pensó en los que confiaban en él, Jerome Patterton, Tom Straughan, el Directorio, Edwina; más aún: pensó en lo que podía pasar si el FMA fracasaba, en el amplio y dañino efecto, no sólo en Tylersville, sino mucho más lejos. Pese a todo surgía la duda. La rechazó, después contestó, brevemente, con confianza:

– Le doy mi palabra: este banco es absolutamente seguro.

– Ah, caramba, Freda -dijo el viejo a su mujer-, me parece que hemos estado ladrando a un árbol por nada. Volvamos a depositar aquí este maldito dinero.

En todos los estudios post mortem y las discusiones de las semanas siguientes, hubo un hecho indiscutible: la «estampida» del banco de Tylersville terminó efectivamente cuando el viejo y su mujer volvieron a la sucursal del FMA y depositaron de nuevo el dinero que llevaban en la bolsa de la compra. La gente que estaba esperando para retirar su dinero, y que había presenciado el intercambio de palabras entre el viejo y el ejecutivo del banco, evitó mirarse a los ojos, o cuando lo hicieron, hubo tímidas sonrisas y se dieron la espalda. La voz corrió rápidamente entre los que quedaban dentro y fuera; casi inmediatamente las filas de los que esperaban empezaron a dispersarse, tan rápida y misteriosamente como se habían formado. Como alguien dijo más tarde: era el instinto del rebaño a la inversa. Cuando se atendió a la escasa gente que quedaba en el banco, la sucursal cerró con sólo diez minutos de retraso de la hora habitual un viernes por la noche. Algunos pocos empleados del FMA en Tylersville y en la Casa Central, habían estado preocupados por lo que iba a pasar el lunes. ¿Iba a volver la gente? ¿Continuaría la «estampida»? De hecho, nada de eso ocurrió.

Y el lunes tampoco se produjo «estampida» en ninguna parte. El motivo -según estuvieron de acuerdo la mayoría de los analistas- había sido una explícita, honrada y conmovedora escena en la que aparecía una pareja de viejos y un franco y apuesto vicepresidente del banco, en el noticiario de fin de semana de la TV. La película y el registro de sonido, cuando estuvieron preparados, obtuvieron tanto éxito, que los canales trasmitieron la escena varias veces. Era un ejemplo del íntimo y efectivo cinema verité, técnica que puede realizar tan bien la TV, pero que raras veces emplea. Muchos espectadores se conmovieron hasta las lágrimas.

Durante el fin de semana Alex Vandervoort vio el filme pero se reservó los comentarios. Uno de los motivos era que él solo sabía cuáles habían sido sus pensamientos en el momento decisivo y vital en el que le habían hecho la pregunta: ¿Está absolutamente seguro nuestro dinero? Otro motivo era que Alex sabía los precipicios y problemas que aún debía afrontar el FMA.

Margot también hizo pocos comentarios sobre el incidente del viernes por la noche; y tampoco lo mencionó el domingo, cuando se quedó en el apartamento de Alex. Tenía que hacer una pregunta importante, pero, sabiamente, decidió que éste no era el momento oportuno.

Entre los ejecutivos del First Mercantile American que presenciaron la televisión estaba Roscoe Heyward, aunque no terminó de ver la escena. Heyward había encendido el televisor al llegar a casa el domingo por la noche, tras una asamblea vespertina en la iglesia, pero lo apagó con furia y envidia cuando las cosas estaban por la mitad. Heyward tenía ya bastantes problemas propios para que le recordaran además el éxito de Vandervoort. Y, dejando a un lado la «estampida» del banco, era probable que salieran a la superficie en la semana entrante varios asuntos que ponían a Heyward sumamente nervioso.

Otra cosa surgió de aquel viernes en Tylersville. Concernía a Juanita Núñez.

Juanita había visto esa tarde la llegada de Margot Bracken. Había estado pensando recientemente si convenía buscar a Margot para pedirle consejo. Ahora se decidió. Pero, por motivos propios, Juanita prefería no ser vista por Nolan Wainwright.

La oportunidad que Juanita había estado esperando ocurrió poco después de terminar la invasión al banco, cuando Wainwright estaba ocupado supervisando los arreglos de seguridad del banco para ese fin de semana; la presión bajo la cual había trabajado todo el día el personal estaba algo aliviada. Juanita dejó el mostrador donde había estado ayudando a un cajero de la sucursal y se dirigió a la zona cercada de la gerencia. Margot estaba allí sola, esperando que Vandervoort pudiera partir.

– Miss Bracken -dijo Juanita, hablando muy suavemente- una vez usted me dijo que, cuando tuviera un problema, fuera a hablar con usted.

– Claro Juanita. ¿Qué le pasa ahora?

La carita se contrajo, preocupada.

– Sí, creo que debo hablar con usted.

– ¿Qué clase de problema tiene?

– Si no le molesta, me gustaría que habláramos en otra parte -Juanita había visto a Wainwright cerca del Tesoro, en el otro lado del banco, que parecía a punto de terminar una conversación.

– Entonces venga a mi despacho -dijo Margot- ¿Cuándo quiere venir?

Se pusieron de acuerdo para el lunes por la noche.

17

El rollo de cinta grabadora, sacada del club Double Seven había estado en el estante encima del banco de pruebas durante seis días.

Wizard * Wong había mirado varias veces la cinta, no decidido del todo a borrar lo que había en ella, pero inquieto acerca de la posibilidad de pasar la información. Hoy en día grabar cualquier conversación telefónica era arriesgado. Y todavía más arriesgado era enterar a otra persona de lo que estaba grabado.

Con todo, Marino, como Wizard sabía muy bien, se había alegrado muchísimo de oír parte de lo grabado y pagaría bien por el privilegio. Fuera lo que fuera Tony «Oso» Marino, era generoso para pagar los buenos servicios, y por ello Wizard trabajaba para él periódicamente.

Sabía que Marino era un fullero profesional. Pero él, Wong, no lo era.

Wizard (su verdadero nombre era Wayne, aunque nadie le llamaba así) era un joven e inteligente chino-norteamericano, de segunda generación. También era experto en audio-electrónica, y se especializaba en detectar la vigilancia electrónica. Esto le dio reputación.

Para una larga lista de clientes, Wong proporcionaba la garantía de que en las oficinas y las casas no hubiera un micrófono oculto, de que los teléfonos no estuvieran controlados, de que la intimidad no fuera violada por una electrónica subrepticia. Con sorprendente frecuencia descubría aparatos para escuchar y, cuando esto sucedía, sus clientes quedaban impresionados y agradecidos. Pese a las seguridades oficiales de lo contrario -incluso recientemente algunas afirmaciones presidenciales- los micrófonos y los alambres grabadores en los Estados Unidos continuaban floreciendo y estaban muy extendidos.

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* Wizard: brujo, hechicero.

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