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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Había sido feliz en Tylersville, donde sólo una crisis le había molestado hasta ahora. Algunos años atrás una mujer con un resentimiento imaginario contra el banco había alquilado una caja fuerte. Colocó en la caja un objeto envuelto en periódicos, luego partió para Europa sin dejar dirección. Durante días, un olor pútrido se infiltró en el banco. En el primer momento se sospechó de las cañerías, que fueron examinadas inútilmente, mientras el hedor aumentaba. Los clientes se quejaban y el personal sentía náuseas. Finalmente se llegó a sospechar de las cajas de depósitos, donde el atroz olor parecía más fuerte. Entonces surgió la pregunta cruciaclass="underline" ¿qué caja?

Fue Fergus W. Gatwick quien, cumpliendo con su deber, olfateó todas las cajas, deteniéndose en una donde el mal olor era abrumador. Tras esto se necesitaron cuatro días de procedimientos legales antes de obtener un permiso del tribunal que permitiera al banco abrir la caja. En su interior, se encontraron los restos de lo que alguna vez fuera un enorme, fresco róbalo. A veces, en el recuerdo, Gatwick todavía podía oler aquellos atroces momentos.

Comprendía que la exigencia de ahora era mucho más grave que un pescado en una caja. Miró su reloj. Una hora y diez minutos desde que había telefoneado a la Casa Central. Aunque cuatro cajeros habían estado pagando continuamente, el número de gente que llenaba el banco era aún mayor, y seguían llegando más personas, sin que hubiera llegado ayuda.

– ¡Míster Gatwick! -una cajera le hizo señas.

– Sí… – dejó la zona cercada de la dirección donde normalmente trabajaba y se acercó a ellas. Al otro lado del mostrador, frente a ellos, a la cabeza de una fila, estaba un criador de aves, cliente regular del banco a quien Gatwick conocía bien. El gerente dijo con alegría:

– Buenos días, Steve.

En agradecimiento recibió un frío saludo de cabeza, mientras, en silencio, la cajera le mostraba cheques contra dos cuentas. El hombre del criadero de aves las había presentado. Totalizaban 23 000 dólares.

– Son buenos -dijo Gatwick y, tomando los cheques, puso sus iniciales en ambos. En voz baja, aunque se pudo oír desde el otro lado del mostrador, la cajera dijo:

– No tenemos dinero para pagar eso.

Él debía haberlo sabido, lógicamente. El vaciado de la caja, desde que se había abierto el banco, había sido continuo, con varios retiros grandes. Pero la frase fue desdichada. Se oyeron rumores enojados entre los que formaban cola, y el comentario de la cajera fue repetido y corrió.

– ¿Has oído? ¡Dicen que no tienen más dinero!

– ¡Por Cristo! -el hombre del criadero de aves se inclinó enfurecido hacia adelante, con el puño cerrado-. ¡Págueme estos cheques, Gatwick, si no quiere que haga trizas este banco!

– No es necesario eso, Steve. Tampoco quiero gritos ni amenazas -Fergus W. Gatwick levantó la voz, procurando ser oído sobre la escena, súbitamente fea-. Señoras y señores, experimentamos una breve escasez de caja debido a las demandas excepcionales, pero les aseguro que mucho más dinero está en camino y llegará aquí pronto.

Las últimas palabras fueron ahogadas por furiosos gritos de protesta.

– ¿Cómo puede quedarse sin dinero un banco?… ¡Tráigalo ahora!… Esto es una mierda… ¿dónde está el dinero?… ¡Nos quedaremos aquí hasta que el banco pague lo que debe!

Gatwick levantó los brazos.

– Otra vez les aseguro…

– No me interesan sus seguridades tramposas -la que hablaba era una mujer vestida con elegancia a quien Gatwick reconoció como una nueva residente. La mujer insistió-: Quiero mi dinero, ahora.

– Muy bien -hizo eco un hombre que estaba detrás-. Esto vale para todos.

Otros avanzaron, las voces se elevaron, las caras revelaban enojo y alarma. Alguien tiró un paquete de cigarrillos que golpeó a Gatwick en la cara. Súbitamente él comprendió que el grupo ordinario de ciudadanos, a muchos de los cuales conocía bien, se había convertido en una chusma hostil. Era el dinero, naturalmente; el dinero que hacía extrañas cosas a los seres humanos, volviéndolos ávidos, llenos de pánico, a veces subhumanos. También había temor genuino -la posibilidad, tal como la veían algunos, de perder todo lo que tenían, junto con su seguridad. La violencia, que unos momentos antes hubiera parecido increíble, amenazaba ahora. Por primera vez en muchos años, Gatwick sintió miedo físico.

– ¡Por favor -suplicó-, escuchen, por favor! -Su voz se ahogó en el creciente tumulto.

Repentina, inesperadamente, cesó el clamor. Parecía que había cierta actividad en la calle y, los que estaban dentro, se esforzaron por ver. Después, en un gesto de bravura, las puertas exteriores del banco se abrieron de golpe y una procesión avanzó.

La encabezaba Edwina D'Orsey. La seguían Cliff Castleman y dos jóvenes cajeras, una de ellas la pequeña figura de Juanita Núñez. Detrás había una falange de guardias de seguridad, llevando sobre los hombros pesados sacos de lona, escoltados por sus respectivos guardias, con los revólveres desenfundados. Media docena más de personal, procedente de otras sucursales, formaba fila detrás de los guardias. Siguiendo a todos ellos -como Nuestro Señor de la Protección, atento y preocupado- venía Nolan Wainwright.

Edwina habló claramente sobre la multitud, en el casi silencioso banco.

– Buenos días, míster Gatwick. Lamento que hayamos tardado tanto, pero había mucho tráfico. Me han dicho que necesita usted veinte millones. Una tercera parte acaba de llegar. El resto está en camino.

Mientras Edwina hablaba, Cliff Castleman, Juanita, los guardias y otros atravesaban la zona cercada de la gerencia y pasaban detrás de los mostradores. Uno de los del personal recién llegado era un contador que inmediatamente se hizo cargo del dinero que llegaba. Pronto, una cantidad de suministros de crujientes billetes nuevos fueron contados y distribuidos entre los cajeros.

La multitud del banco rodeó a Edwina. Alguien preguntó:

– ¿Es verdad? ¿Tienen ustedes bastante dinero como para pagarnos a todos?

– Claro que es verdad -Edwina miró las cabezas alrededor y habló para todos-. Soy Edwina D'Orsey, vicepresidente del First Mercantile American. Pese a los rumores que puedan haber oído, nuestro banco es sólido, solvente, y no tiene problemas que no podamos solucionar. Tenemos amplias reservas de caja como para pagar a cualquier depositante… en Tylersville o en cualquier parte.

La multitud del banco rodeó a Edwina. Alguien preguntó:

– Tal vez sea verdad. O tal vez lo dice usted con la esperanza de que la creamos. De todos modos, hoy retiro mi dinero.

– Es cosa suya -dijo Edwina.

Fergus W. Gatwick, que observaba, se sintió aliviado al no ser ya el centro de la atención. También sintió que el estado de ánimo de hacía unos momentos se había distendido, incluso había algunas sonrisas entre los que esperaban, a medida que mayores cantidades de dinero seguían apareciendo. Pero, aunque el estado de ánimo fuera menos cerrado, el propósito seguía en pie. Cuando se reanudó el proceso de pago, con rapidez, se hizo evidente que la «estampida» del banco no se había detenido.

Mientras continuaba la cosa, nuevamente, como legionarios de César, los guardias del banco y las escoltas, que habían vuelto a los camiones blindados, regresaron, con nuevos sacos de lona cargados de dinero.

Nadie que haya estado ese día en Tylersville olvidará jamás la inmensa cantidad de dinero desplegada a la vista del público. Ni siquiera los que trabajaban en el FMA habían visto jamás tanta cantidad reunida en un solo día. Siguiendo las instrucciones de Edwina y bajo el plan de Alex Vandervoort, la mayoría de los veinte millones de dólares traídos para luchar contra la «estampida» del banco, quedaron al descubierto, donde todos podían verlos. En la zona detrás del mostrador de los cajeros, todos los escritorios estaban libres; desde otras partes del banco se trajeron más escritorios y mesas. En todos ellos, grandes cantidades de billetes y monedas fueron amontonados, mientras el personal extra que había llegado, de alguna manera, llevaba la cuenta de los totales.

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