Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
INQUIETUD EN LA SUPRANATIONAL
¿HASTA QUE PUNTO ES SOLVENTE EL
GIGANTE MUNDIAL?
15
Nadie supo nunca qué acontecimiento específico, si es que hubo alguno, había provocado el derrumbamiento final de la Supranational. Tal vez fuera un incidente. O bien podía ser el peso acumulado de muchos, que habían provocado movimientos graduales en el equilibrio, como una presión creciente en un andamiaje, hasta que, súbitamente, cae el techo.
Como sucede en todo desastre financiero en el que está involucrada una compañía pública, los signos aislados de debilidad eran evidentes desde hacía semanas y meses. Pero sólo los observadores más intuitivos, como Lewis D'Orsey, los habían percibido en conjunto y habían comunicado sus temores a algunos pocos favorecidos.
La gente de dentro, lógicamente, incluido el Gran George Quartermain, quien, como se supo más adelante, había vendido la mayoría de sus acciones valiéndose de un intermediario al precio más elevado de la SuNatCo, sabía más que nadie y se había escabullido pronto. Otros, prevenidos por confidentes, o amigos que devolvían un favor por otro, habían obtenido una información similar y, en silencio, habían hecho lo mismo.
Luego seguían en la lista aquellos como Alex Vandervoort, actuando para el First Mercantile American, que habían obtenido información exclusiva, y rápidamente se habían librado de todas las acciones de la SuNatCo que poseían, esperando que, en la confusión siguiente, sus motivos no fueran investigados. Otras instituciones, bancos, casas de inversiones, fondos mutuales, al ver que se deslizaba el precio de las acciones y sabiendo cómo trabajaba el sistema interno, percibieron pronto la situación y siguieron la corriente.
Había leyes federales en contra de negociar internamente las acciones… en el papel. En la práctica las leyes se infringían diariamente y en gran parte no podían ejecutarse. Ocasionalmente, en algún caso flagrante, o en algún blanqueo, podía hacerse alguna acusación y conseguir alguna penalidad mezquina. Pero esto también era raro.
Los inversores individuales, el grande, esperanzado, confiado, ingenuo, castigado, expoliado público, fueron, como siempre, los últimos en enterarse de que algo andaba mal.
La primera información sobre las dificultades de la SuNatCo, apareció en una noticia de la AP, publicada por los periódicos vespertinos, la historia que Roscoe Heyward había leído al salir del Columbia Hilton. A la mañana siguiente la prensa había obtenido nuevos detalles y artículos ampliados aparecieron en los diarios de la mañana, incluso en «The Wall Street Journal». De todos modos, los detalles eran escasos y mucha gente no podía creer que algo de un tamaño tan tranquilizador como la Supranational Corporation pudiera estar en serias dificultades.
La confianza fue asediada, muy pronto.
A las 10 horas, aquella mañana, en la Bolsa de Nueva York, las acciones de la Supranational no se abrieron al tráfico con el resto del mercado. El motivo dado fue «un desequilibrio de orden». Lo que significaba que el especialista para negociar las acciones de la SuNatCo estaba tan empantanado con las órdenes de «venta», que era imposible mantener el orden de las acciones en el mercado.
La negociación de la SuNatCo se reabrió a las 11, cuando una gran orden de «compra» de 52 000 acciones cruzó el registro. Pero para entonces el mercado, que había estado a 48 ½ un mes antes, había bajado a 19. Cuando sonó la campana de cierre de la tarde, estaba a 10.
La Bolsa de Nueva York probablemente hubiera detenido el tráfico al día siguiente, pero, por la noche, la decisión le fue quitada de entre las manos. Los departamentos de Seguridad y la Comisión de Intercambio anunciaron que estaban investigando los negocios de la Supranational y que, hasta que terminara la investigación, quedaba detenido todo comercio con las acciones de la SuNatCo.
Siguieron quince días ansiosos para los acreedores y los restantes accionistas de la SuNatCo, cuyas inversiones y préstamos combinados llegaban a cinco mil millones de dólares. Entre los que esperaban, estremecidos, nerviosos y comiéndose las uñas, estaban los funcionarios y directores del banco First Mercantile American.
La Supranational no se sostuvo, como esperaban Alex Vandervoort y Jerome Patterton, «en el aire durante varios meses». Por lo tanto existía la posibilidad de que las transacciones tardías de acciones de la SuNatCo, incluida la gran cantidad del departamento de depósitos del FMA, pudieran ser revocadas. Esto podía suceder de dos maneras: por orden de los servicios de Seguridad, tras alguna queja, o porque los compradores de las acciones iniciaran una acción judicial, alegando que el FMA conocía la verdadera condición de la Supranational, y no la había revelado cuando se vendieron las acciones. Si esto sucedía, la cosa iba a representar todavía una pérdida mayor para los depositarios de la que ya afrontaban, y el banco podía ser juzgado por abuso de confianza. Había otra posibilidad que debía afrontarse… y que era aún más probable. El préstamo de cincuenta millones de dólares del First Mercantile American a la SuNatCo iba a convertirse en una «tachadura», una pérdida total. Si así era, por primera vez en su historia, el banco sufriría una pérdida sustancial aquel año. Y esto elevaba la probabilidad de que el próximo dividendo de acciones del FMA debiera ser omitido. Esto también sucedería por primera vez.
Un estado de depresión y duda invadía a los altos mandos del banco.
Vandervoort había previsto que, cuando estallara la historia de la Supranational, la prensa iba a empezar a investigar y a dar a conocer que el First Mercantile American estaba envuelto en el asunto. En esto tampoco se había equivocado.
Nuevos periodistas, que en años recientes se habían sentido animados por el ejemplo de los héroes de Watergate del «Washington Post», Bernstein y Woodward, atacaron con dureza. Y sus esfuerzos tuvieron éxito. En pocos días la gente de prensa había creado fuentes de información dentro y fuera de la Supranational, y empezaron a surgir exposiciones de las actividades laterales de Quartermain, al igual que el sombrío conglomerado de las «cuentas chinas». Apareció la cifra horrendamente alta de las deudas de la SuNatCo. Y también algunas otras revelaciones financieras, como el préstamo de cincuenta millones del FMA.
Cuando el servicio informativo general hizo la primera referencia a los vínculos del FMA con la Supranational, el jefe de relaciones públicas del banco, Dick French, solicitó y obtuvo la convocatoria de una conferencia de alto nivel. Estaban presentes Jerome Patterton, Alex Vandervoort, Roscoe Heyward, y la pesada silueta del mismo French, con el habitual cigarro encendido en el extremo de la boca.
Formaban un grupo serio, Patterton furioso y sombrío, como estaba desde hacía días; Heyward aparentemente fatigado, distraído, y demostrando tensión nerviosa; Alex con creciente ira interna por verse envuelto en el desastre que había predicho, y que hubiera podido no ocurrir.
– Dentro de una hora, quizá menos -empezó el vicepresidente de relaciones públicas- van a perseguirme para que dé detalles sobre nuestras relaciones con la SuNatCo. Quiero saber cuál es nuestra actitud oficial y qué respuestas debo dar.
– ¿Estamos obligados a dar alguna información?
– No -dijo French-. Pero tampoco se obliga a nadie a hacerse el harakiri.
– ¿Por qué no reconocer que la Supranational nos debe dinero -sugirió Roscoe Heyward- y dejar ahí la cosa?
– Porque no estamos tratando con idiotas, por eso. Algunos de los que harán preguntas serán periodistas expertos en finanzas, que conocen las leyes bancarias. Y la segunda pregunta será: ¿cómo es posible que el banco haya comprometido tanto dinero de los depositantes a un solo deudor?
Heyward interrumpió:
– No es un solo deudor. El préstamo fue dividido entre cinco subsidiarias de la Supranational.