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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– ¡No tienes piedad, no la tienes!

En cierto modo era como cuidar a un chico. Venciendo las protestas, Miles envolvió a Danny en una bata y le guió escaleras abajo, después le escoltó desnudo por sucesivos cuartos con vapor caliente, lo envolvió en una toalla y finalmente lo condujo hacia una mesa de masajes, donde el mismo Miles dio golpes y pellizcos bastante eficientes. A esa hora, el gimnasio y los baños turcos estaban desiertos y pocos miembros del personal del club habían llegado. No había nadie a la vista cuando Miles acompañó al viejo arriba.

Miles colocó sábanas limpias en la cama y Danny, ahora apaciguado y obediente, se echó en ella. Casi inmediatamente quedó dormido, aunque al revés de la noche anterior, parecía tranquilo, casi angélico.

Curiosamente, sin conocerle, Miles simpatizaba con el viejo. Con cuidado, mientras dormía, Miles le puso una toalla bajo la cabeza y le afeitó.

Avanzada la mañana, mientras leía en su cuarto al otro lado del corredor, Miles se quedó dormido.

– ¡Eh, Miles! ¡Nene, mueve el culo! -la voz hiriente era la de Jules La Rocca.

Sorprendido, Miles despertó de golpe y vio la conocida barriga de la figura que estaba de pie ante la puerta. La mano de Miles se tendió, en busca de la llave del cubículo del otro lado del corredor. Tranquilizado comprobó que estaba donde la había dejado.

– Algunos trapos para el viejo -dijo La Rocca. Llevaba un portafolio de fibra-. Ominsky dijo que te lo entregara.

La Rocca, el eterno mensajero.

– Bien -Miles se desperezó y fue hasta un lavabo donde se echó agua en la cara. Luego, seguido por La Rocca, abrió la puerta del otro lado del corredor. Cuando los dos entraron, Danny se tendió cómodamente en la cama. Seguía consumido y pálido, pero parecía mejor que nunca desde su llegada. Se había puesto los dientes y llevaba los lentes.

– ¡Maldito inútil! -dijo La Rocca-. Siempre tienes que crear molestias a todo el mundo.

Danny se sentó más tieso, y miró con disgusto a su acusador.

– Disto mucho de ser inútil. Como tú y otros sabéis. En cuanto a la salsita… todos tenemos nuestras debilidades… -hizo un gesto hacia el portafolio-. Si me has traído la ropa, cumple con lo que te han mandado y cuélgala.

Imperturbable, La Rocca hizo una mueca.

– Parece que devuelves el golpe, viejo pedo. Me parece que Miles se ha portado.

– Jules -dijo Miles- ¿quieres quedarte aquí mientras bajo a buscar una lámpara de sol? Creo que le hará bien a Danny.

– Claro.

– Quiero hablar antes contigo -Miles hizo una seña con la cabeza y La Rocca lo siguió fuera.

En voz baja, Miles preguntó:

– Jules, ¿qué significa todo esto? ¿Quién es este hombre?

– Un viejo borracho. De vez en cuando se escapa y se va de jarana. Entonces hay que encontrarlo y quitarle el alcohol de encima.

– ¿Por qué? ¿De dónde se escapa?

La Rocca se detuvo, con ojos desconfiados, como una vez la semana pasada.

– Estás haciendo otra vez preguntas, pequeño. ¿Qué te dijeron Tony el «Oso» y Ominsky?

– Nada, fuera de que el viejo se llama Danny.

– Si ellos quieren decirte más, que te lo digan. Yo no.

Cuando La Rocca se fue, Miles colocó una lámpara de sol en el cubículo y sentó bajo ella a Danny, durante media hora. El resto del día el viejo reposó, tranquilamente despierto, o dormitó. A principios de la noche Miles trajo desde abajo la comida, y Danny se lo comió casi todo… la primera comida completa desde hacía veinticuatro horas.

A la mañana siguiente -un miércoles- Miles repitió el tratamiento de baños turcos y lámpara de sol y, más tarde, los dos jugaron al ajedrez. El viejo tenía una mente rápida y astuta y la partida fue equilibrada. Ahora Danny parecía amistoso y confiado, y era evidente que disfrutaba de la compañía de Miles y de sus atenciones.

En la segunda tarde, el viejo quiso hablar.

– Ayer -dijo- ese mala hierba de La Rocca dijo que sabías mucho de dinero.

– Es lo que dice a todo el mundo -Miles explicó su hobby y el interés que había despertado en la cárcel.

Danny hizo más preguntas, y anunció:

– Si no te molesta, me gustaría que me dieras ahora mi dinero.

– Se lo traeré. Pero tengo que encerrarle de nuevo.

– Si estás preocupado por el trago, no pienses más en ello. Por esta vez he terminado. Una situación como la que he pasado me ha curado. Pasarán meses antes de que vuelva a beber.

– Me alegro de saberlo -pero Miles cerró la puerta de todos modos.

Cuando tuvo su dinero, Danny lo desparramó sobre la cama y lo dividió en dos montones. En uno estaban los nuevos billetes de a veinte, y los billetes de diversos valores, que quedaban, en su mayoría ajados, en el otro. Del segundo grupo Danny eligió tres billetes de a diez dólares y se los tendió a Miles.

– Esto es por haber pensado en algunas cositas, hijo, como ocuparte de mis dientes, el afeitado, la lámpara de sol. Te agradezco lo que has hecho.

– Oiga, no tiene por qué darme nada.

– Tómalo de todos modos. Y es buen dinero. Ahora dime algo.

– Si puedo, lo haré.

– ¿Cómo te diste cuenta de que esos billetes de a veinte eran de fabricación casera?

– En el primer momento no me di cuenta. Pero, si se usa una lente algunas de las líneas del retrato de Andrew Jackson parecen borrosas.

Danny asintió sabiamente.

– Es la diferencia entre un grabador de acero, como usa el gobierno y una placa fotográfica en offset. Aunque puede estar muy cerca.

– En este caso ha sido así -dijo Miles-. Otras partes de los billetes son perfectas.

Hubo una débil sonrisa en la cara del viejo.

– ¿Qué te parece el papel?

– Me engañó. Generalmente se descubre con los dedos un billete falso. Pero no éstos.

Danny dijo con suavidad:

– Bonos de cupón de veinticuatro libras. Cien por cien fibra de algodón. La gente cree que no se puede conseguir el papel apropiado. No es verdad. Se puede, si uno busca bien.

– Si tanto le interesa -dijo Miles- tengo en mi cuarto algunos libros sobre dinero. Estoy pensando en uno, publicado por el Servicio Secreto de los Estados Unidos.

– ¿Te refieres a Conozca su dinero? -Como Miles pareció sorprendido, el viejo tuvo una risita.- Es el libro de cabecera de los falsificadores. Dice lo que hay que buscar para descubrir un billete falso. Tiene lista de todos los errores que cometen los falsificadores. ¡Incluso muestran retratos!

– Sí -dijo Miles-, ya lo sé.

Danny siguió charlando.

– ¡Y el Gobierno lo hace circular! Escribes a Washington… y te lo envían. Había un falsificador de alto vuelo, Mike Landress, que escribió un libro. En él decía que Conozca su dinero es un libro del que ningún falsificador puede prescindir.

– Landress fue atrapado -señaló Miles.

– Porque trabajaba con idiotas. No tenían organización.

– Pareces saber mucho de esto.

– Un poco -Danny se detuvo, tomó uno de los billetes buenos, uno de los falsificados, y los comparó. Lo que vio le agradó; hizo una mueca mostrando los dientes-. ¿Sabías, hijo, que el dinero norteamericano es el más fácil del mundo de copiar e imprimir? El hecho es que fue diseñado para que los grabadores del siglo pasado no pudieran reproducirlo con los instrumentos que tenían. Pero, desde entonces, han surgido máquinas y fotos en offset de alta resolución, de manera que ahora, con un buen equipo, paciencia y un poco de gasto, un hombre hábil puede hacer un trabajo que sólo los expertos pueden descubrir.

– He oído algo de eso -dijo Miles-. ¿Hay muchos intereses en juego?

– Deja que te diga -Danny parecía divertirse, evidentemente lanzado a su tema favorito-. Nadie sabe en verdad cuánto dinero falso se imprime cada año y pasa sin ser descubierto, pero es un montón. El gobierno dice que se trata de unos treinta millones de dólares, de los cuales una décima parte está en circulación. Pero ésas son cifras del gobierno, y lo único de que se puede tener seguridad con cualquier gobierno es que las cifras que dan son altas o bajas, dependiendo de lo que el gobierno quiera probar. En este caso dan cifras bajas. Mi pálpito es que debe haber unos setenta millones anuales, tal vez cerca de cien millones.

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