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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Es tuyo, Miles -dijo el chófer guardaespaldas-. Vámonos antes de que vomite.

Sofocando su asco, Miles desvistió al viejo; después, cuando todavía seguía tendido sobre la goma, siempre en estado comatoso, lo lavó y lo limpió con una esponja. Terminado esto, levantando y tirando, Miles retiró la sábana de goma y dejó en la cama el cuerpo, ahora limpio y menos maloliente. Durante el proceso el viejo gemía, y una vez se le hinchó el estómago, pero sólo largó un poco de baba, que Miles limpió. Después de taparle Miles con una sábana y una manta, el viejo pareció descansar mejor.

Antes, al quitarle las ropas, Miles las había dejado caer al suelo. Las juntó ahora y empezó a meterlas en dos bolsas de plástico, para mandarlas a la lavandería al día siguiente. Al hacer esto vació todos los bolsillos. En uno encontró una dentadura postiza. En otros, diversos objetos: un peine, unos lentes de cristales gruesos, una pluma de oro y un lápiz, varias llaves en un llavero y, en un bolsillo interior, tres tarjetas de crédito y una billetera repleta de dinero.

Miles tomó la dentadura, la enjuagó y la colocó junto a la cama con un vaso de agua. También dejó allí los lentes. Después examinó las tarjetas de crédito y el dinero.

Las tarjetas estaban a nombre de Fred W. Riodan, R. K. Bennett y Alfred Shaw. Cada tarjeta tenía una firma, pero, pese a las diferencias de nombre, la caligrafía era idéntica en cada caso. Miles volvió nuevamente las tarjetas, examinando las fechas de validez, lo que demostraba que las tres estaban en vigencia. Dentro de lo que podía darse cuenta, eran auténticas.

Prestó atención al montón de dinero. En una libreta, bajo una abertura en material plástico había un permiso de conducir. El plástico era amarillo y resultaba difícil ver; esto hizo que Miles retirara el permiso y, debajo encontró otro, y luego un tercero. Los nombres de los permisos correspondían a los de las tarjetas, pero la cabeza y los hombros en las fotografías de los tres permisos eran idénticos. Miró más atentamente. Pese a leves diferencias cuando se tomaron las fotografías, indudablemente representaban al viejo que estaba en la cama.

Miles retiró el dinero de la billetera y lo contó. Iba a pedir a Nate Nathanson que pusiera las tarjetas de crédito y el dinero en la caja fuerte del club, pero primero quería saber cuánto dinero había. La suma era inesperadamente grande: quinientos doce dólares, la mitad en nuevos billetes de veinte dólares. Los billetes de veinte le llamaron la atención. Examinó con cuidado varios, probando la textura del papel con la yema de los dedos. Después miró al viejo, que parecía profundamente dormido. En silencio, Miles salió del cuarto y atravesó el corredor del tercer piso hasta su cuarto. Volvió unos momentos después con una lente de bolsillo, con la que volvió a examinar los billetes de veinte dólares. Su intuición había sido certera. Eran falsos, aunque de la misma alta calidad de los que él había comprado, hacía una semana, en el Double Seven.

Razonó: el dinero, o por lo menos la mitad, era falso. Y, obviamente, también lo eran los tres permisos para conducir, que quizá provenían de la misma fuente que el permiso falso que le había dado la semana pasada Jules La Rocca. Por lo tanto: ¿no era también probable que las tarjetas fueran falsas? Quizá, después de todo, estaba cerca de la fuente de las falsas tarjetas de crédito, esas que Nolan Wainwright quería descubrir a toda costa. La excitación de Miles aumentó, junto con un nerviosismo que le hizo latir el corazón.

Necesitaba datos de la nueva información. En una servilleta de papel copió detalles de las tarjetas de crédito y los permisos de conducir, volviéndose ocasionalmente para cerciorarse de que la figura en la cama no se movía.

Poco después Miles apagó la luz, cerró la puerta por el lado de afuera y llevó abajo la billetera y las tarjetas de crédito.

Durmió profundamente esa noche, con la puerta entreabierta, consciente de su responsabilidad sobre el habitante del cubículo del otro lado del corredor. Miles pasó también algún tiempo pensando sobre el papel que desempeñaba, y la identidad del viejo, a quien llamaban Danny. ¿Cuál era la relación de Danny con Ominsky y Tony «Oso» Marino? ¿Por qué lo habían traído aquí? El «Oso» Tony había declarado: Es importante para nosotros. ¿Por qué?

Miles se despertó con la luz del día y miró su reloj: las 6,45. Se levantó, se lavó rápidamente, se afeitó y se vistió. No llegaban ruidos del otro lado del corredor. Avanzó, metió con cuidado la llave en la cerradura y miró. Danny había cambiado de posición durante la noche, pero seguía durmiendo y roncaba con suavidad. Miles recogió las bolsas plásticas con la ropa, volvió a cerrar la puerta, y bajó.

Volvió veinte minutos después con una bandeja con el desayuno, un café muy fuerte, tostadas y huevos revueltos.

– ¡Danny! -Miles sacudió al viejo por el hombro.- ¡Danny, levántate!

No hubo respuesta. Miles probó de nuevo. Finalmente los ojos se abrieron cansados, lo examinaron, volvieron a cerrarse con rapidez.

– Fuera -murmuró el viejo-. Váyase. Todavía no estoy listo para el infierno.

– No soy el diablo -dijo Miles-. Soy un amigo. Tony «Oso» Marino y el ruso Ominsky me han encargado que me ocupe de usted.

Unos ojos acuosos volvieron a abrirse.

– Los maricones me han encontrado, ¿eh? Calcularon dónde iba a estar, supongo. Generalmente es así -la cara del viejo se contrajo de dolor-. ¡Jesús, cómo me duele la cabeza!

– Le he traído café. Tal vez le haga bien -Miles pasó un brazo alrededor de los hombros de Danny y le ayudó a enderezarse, luego le acercó el café. El viejo sorbió e hizo muecas.

De pronto pareció alerta.

– Oye, hijo, que me haga bien no importa. Toma algún dinero y… -miró alrededor.

– Su dinero está bien -dijo Miles-. En la caja fuerte del club. Lo llevé anoche.

– ¿Éste es el Double Seven?

– Sí.

– Una vez me trajeron aquí. Bueno, ahora sabes que puedo pagar, hijo, vete al bar y…

Miles dijo con firmeza:

– No habrá bebida. Para ninguno de los dos.

– Haré que me los traigas… -los ojos brillaron astutos-. Digamos cuarenta dólares por una botellita. ¿Te gusta?

– Perdón, Danny. Tengo órdenes -Miles meditó lo que iba a decir, después dio un salto y se zambulló-. Además, si uso esos billetes de veinte dólares que usted tiene, pueden detenerme.

Fue como disparar un tiro. Danny se incorporó de golpe, con la cara llena de alarma y desconfianza.

– ¿Quién ha dicho que…? -se detuvo con un gemido y una mueca, y se llevó la mano a la cabeza dolorida.

– Alguien tenía que contar el dinero. Yo lo conté.

El viejo dijo, débilmente:

– Esos billetes de a veinte son buenos.

– Claro que sí -asintió Miles-. Están entre los mejores que he visto. Casi tan buenos como hechos en la oficina de impresión de los Estados Unidos.

Danny levantó los ojos. El interés luchaba contra la desconfianza.

– ¿Cómo es posible que sepas tanto?

– Antes de ir a la cárcel trabajé en un banco.

Un silencio. Después el viejo preguntó:

– ¿Por qué te metieron en la cárcel?

– Estafa. Estoy en libertad condicional.

Danny pareció visiblemente aliviado.

– No me pareces tan mal. De lo contrario no estarías trabajando para el «Oso» Tony y el ruso.

– Así está mejor -dijo Miles-. Estoy bien. Y lo principal es que usted también lo esté. Vamos al baño turco.

– No es baño turco lo que necesito. Es un traguito. Nada más que uno, hijito -suplicó Danny-. Juro no pedir más. No puedes negarle una cosa así a un viejo.

– Ya sudamos nosotros parte de lo que bebiste. Ahora puedes chuparte los dedos.

El viejo gruñó:

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