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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Dime, ¿tenéis quizás algo más joven que ofrecer? -preguntó al final Lucas. La pregunta le resultó a sí mismo detestable, pero si esa noche no quería convertirse en el hazmerreír de todos, lo lograría, como mucho, con una muchacha delgada y aniñada.

– ¿Todavía más joven que yo? -preguntó Daphne pasmada. Tenía razón, era jovencísima. Lucas calculó que como mucho debería tener diecinueve años. Sin embargo, antes de que él pudiera responder, ella lo miró evaluándolo.

– ¡Ahora sé de qué te conozco! ¡Tú eres el tipo que huyó de los balleneros! Mientras que ese gordo marica, Cooper, pedía un baño para vosotros. ¡Casi me parto de la risa con ese tipo que apenas había visto el jabón en toda su vida! En fin, un amor no correspondido…; pero, ¿te gustan los niños?

Lucas se ruborizó de tal manera que se ahorró la respuesta a la observación que la joven había formulado a medias como una pregunta y a medias como una confirmación.

Daphne rio, algo taimada, aunque comprensiva.

– Y además tus distinguidos amigos no lo saben, ¿verdad? Y ahora no querrías llamar la atención. Mira, amigo mío, tengo algo para ti. No, no se trata de un niño, no comerciamos con ellos. Pero algo especial y sólo para mirar, las chicas no se venden. ¿Te interesa?

– ¿El… el qué? -titubeó Lucas. Daphne le ofrecía lo que parecía una salida de escape. ¿Algo especial, que le daría prestigio pero que no exigiría hacer el acto? Lucas presintió que en eso invertiría el resto de su salario.

– Es una especie de…, bueno, de danza erótica. Son dos niñas muy jóvenes, de sólo quince años. Mellizas. ¡Te prometo que nunca has visto algo igual!

Lucas se resignó a su suerte.

– ¿Cuánto? -preguntó apesadumbrado.

– ¡Dos dólares! -respondió Daphne de inmediato-. Uno para cada niña. Y el que ya has pagado para mí. No las dejo solas con los hombres.

Lucas carraspeó.

– Con… conmigo no corren ningún peligro.

Daphne rio. Lucas se maravilló de lo joven y cristalina que resonaba su risa.

– Ya te creo. Está bien, como excepción. ¿No tienes dinero o qué? Todo se quedó en el Pretty Peg, ¿verdad? ¡Eres realmente un héroe! Pero ahora, vete arriba, a la habitación uno. Te envío a las chicas. Yo voy a ver si puedo darle una alegría al tío Norman.

Se dirigió pausadamente hacia Norman y, al momento, hizo empalidecer a la rubia «agua». Daphne, sin lugar a dudas, irradiaba; aun más, casi tenía algo así como estilo.

Lucas entró en la habitación número uno, donde se confirmaron sus expectativas. La habitación estaba amueblada como un hotel de tercera clase: mucho tapizado, una cama ancha… ¿debería tenderse en ella? ¿O daría eso miedo a las chicas? Lucas se decidió al final por un sillón tapizado, también porque la cama no pareció merecer su confianza. Por fin había conseguido desembarazarse de las pulgas del Pretty Peg.

La llegada de las mellizas se anunció con un murmullo general y exclamaciones de admiración que subían desde el «salón», que las chicas tenían que cruzar. Era evidente que se consideraba un lujo, y seguramente un honor especial, el llamar a las mellizas. Daphne no había dejado el menor asomo de duda de que las chicas estaban bajo su protección.

La atención que se les brindaba no pareció ser del agrado de las mellizas, aunque una amplia capa escondía sus cuerpos de las miradas lujuriosas de los hombres. Se deslizaron en la habitación, apretadas la una contra la otra, y a continuación levantaron ligeramente la amplia capucha bajo la cual se habían guarecido las dos cabezas cuando se creyeron en lugar seguro. Si es que en ese sitio podía hablarse de seguridad… Las dos mantuvieron por un tiempo las rubias cabezas inclinadas; era posible que lo hicieran siempre, hasta que Daphne entraba y las presentaba. Puesto que ese día no era el caso, una de ellas levantó por fin la vista. Lucas contempló un rostro delgado y unos ojos de color azul claro y desconfiados.

– Buenas noches, señor. Nos sentimos honradas de que nos haya contratado -dijo recitando un pequeño discurso que evidentemente había practicado-. Soy Mary.

– Y yo soy Laurie -comunicó la segunda-. Daphne nos ha dicho que usted…

– Sólo os miraré, no os inquietéis -dijo Lucas con amabilidad. Nunca habría tocado a esas niñas, pero en una cosa sí se ajustaban a sus expectativas: cuando Mary y Laurie dejaron caer la capa y quedaron ante él como Dios las había traído al mundo, percibió su aniñada delgadez.

– Espero que disfrute con nuestra representación -dijo Laurie con un dócil tono de voz, y tomó la mano de su hermana. Fue un gesto tranquilizador, más bien una búsqueda de protección que el comienzo de un acto sexual. Lucas se preguntaba cómo habían ido a parar esas niñas allí.

Las pequeñas se dirigieron a la cama, se deslizaron en ella pero no se cubrieron con las sábanas. En lugar de eso se arrodillaron la una frente a la otra y empezaron a abrazarse y besarse. En la media hora que siguió, Lucas vio gestos y posturas ante los cuales la sangre se le agolpó en el rostro y se le heló en las venas de forma alterna. Lo que las chicas hacían entre sí era indecente en la más extrema medida. Pero Lucas no lo encontró repugnante. Aquello le recordaba demasiado sus propias fantasías en torno a la unión con un cuerpo que semejara al suyo: una unión amorosa digna y respetuosa por ambas partes. Lucas no sabía si las muchachas encontraban satisfacción con esos actos obscenos, pero no lo creía. Sus rostros permanecían demasiado relajados y tranquilos. Lucas no creyó reconocer ni éxtasis ni deseo. No obstante había, sin lugar a dudas, amor en las miradas que las hermanas se lanzaban y ternura en sus caricias. El juego amoroso desconcertaba al observador…, a medida que transcurría el tiempo, las fronteras entre sus dos cuerpos parecían desaparecer, las chicas se semejaban tanto la una a la otra que su unión, en algún momento, creaba la ilusión de que uno se hallaba ante una diosa danzante con cuatro brazos y dos cabezas. Lucas recordó las imágenes al respecto de la colonia de la Corona, la India. Encontró la visión singularmente excitante, incluso si prefería desear dibujar a las muchachas más que hacer el amor con ellas. Su danza tenía casi algo artístico. Finalmente, las dos se detuvieron estrechamente enlazadas sobre la cama y sólo se separaron cuando Lucas aplaudió.

Laurie lanzó una mirada estimativa a su entrepierna cuando salió de su ensimismamiento.

– ¿No le ha gustado? -preguntó azorada, cuando notó que Lucas conservaba el pantalón abrochado y su rostro no mostraba la menor señal de haberse masturbado-. Nosotras… nosotras también podemos acariciarle, pero…

La expresión de las niñas daba pruebas de que no eran proclives a hacerlo, pero era evidente que había hombres que exigían su dinero de vuelta si no alcanzaban el clímax.

– Pero suele hacerlo Daphne -prosiguó Mary.

Lucas agitó la cabeza.

– No será necesario, gracias. Vuestra danza me ha gustado mucho. Tal como dijo Daphne, ha sido algo muy especial. ¿Pero cómo habéis llegado hasta aquí? Uno no se espera algo así en un establecimiento como éste.

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