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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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El comerciante y los nuevos amigos de Lucas estallaron en sonoras carcajadas.

– Bueno, trabajo no te costará encontrar, pero ¿una mujer? Las únicas chicas que hay aquí están en el local de Jolanda, encima del bar. ¡Claro que están en edad casadera!

Los hombres pillaron el chiste. En cualquier caso, apenas lograban dejar de reír.

– ¡Puedes preguntar ahora mismo! -dijo Norman en tono alegre-. ¿Te vienes con nosotros al pub?

Lucas no podía negarse. En realidad habría preferido ahorrar sus escasas ganancias, pero no le sentaría mal un whisky: un poco de alcohol tal vez lo ayudaría a olvidar los ojos de las focas y el coleteo desesperado de la ballena.

El comerciante de pieles mencionó a Lucas otras posibilidades de ganarse la vida en Westport. Quizás el herrero necesitara ayuda. ¿Había Lucas trabajado alguna vez con el hierro? Lucas se maldijo por no haber prestado atención en Kiward Station a cómo herraba James McKenzie los caballos. Tener las aptitudes para ello podría haberle proporcionado dinero, pero Lucas nunca había tocado un martillo y un clavo. Sabía montar a caballo, eso era todo.

El hombre interpretó de forma correcta el silencio de Lucas.

– No es un artesano, ¿verdad?, no ha aprendido otro oficio que no sea arrear golpes a las focas en la cabeza. ¡Pero la construcción podría ser una posibilidad! Los carpinteros siempre andan buscando ayuda. No dan de sí para todos los encargos; de repente todo el mundo quiere casas junto al Buller. ¡Nos estamos convirtiendo en una ciudad como es debido! Pero no pagan demasiado. ¡Ni comparación con lo que ganas con esto! -Señaló las pieles.

Lucas asintió.

– Lo sé. Pero a pesar de ello seguiré buscando… Siempre… siempre me había imaginado que trabajaría con la madera.

El pub era pequeño y no estaba especialmente limpio. Pero Lucas comprobó aliviado que ninguno de los parroquianos se acordaba de él. Seguro que no habían dedicado ni un segundo vistazo a los marineros del Pretty Peg. Sólo la muchacha pelirroja, que también servía ese día, pareció observarlo de arriba abajo cuando limpió la mesa antes de depositar unos vasos de whisky delante de Norman y Lucas.

– Siento que esto vuelva a tener el aspecto de una pocilga -dijo la muchacha-. Ya le he dicho a Miss Jolanda que el chino no limpia bien… -El «chino» era un empleado de la barra bastante exótico-. Pero mientras nadie se queje… ¿Sólo el whisky o quieren algo también para comer?

A Lucas le habría gustado comer algo. Algo que no oliera a mar y algas marinas y sangre y que no fuera asado en el fuego de los cazadores de focas a toda prisa y a menudo servido medio crudo. Además, parecía que la chica tenía en cuenta la limpieza. Quizá la cocina no estuviera tan sucia como era de temer a primera vista.

Norman rio.

– ¿Tienes algo que «tirarse» al galeto, pequeña? Ya podemos comer en el campamento, pero ahí no hay postrecitos dulces como tú… -Pellizcó a la muchacha en el trasero.

– Ya sabes que eso cuesta un centavo, ¿verdad, pequeño? -respondió ella-. Se lo digo a Miss Jolanda y te lo cargamos a cuenta. Pero no quiero ser así…, por el centavo también te dejo agarrar esto. -La pelirroja se señaló el pecho. Acompañado por los gritos alborozados del resto de los hombres, Norman puso la mano con ganas, de la que luego se desprendió hábilmente la muchacha-. Después te daré más, cuando hayas pagado.

Los hombres rieron cuando ella se alejó taconeando. Llevaba zapatos altos de un rojo subido y un vestido en distintos tonos de gris. Era viejo y se había remendado con frecuencia, pero estaba limpio y el volante de puntillas, que lo hacía más provocativo, estaba cuidadosamente planchado y almidonado. A Lucas le recordó un poco a Gwyneira. Claro, ella era una lady, y esa jovenzuela una puta, pero las dos tenían el cabello rojo y rebelde, la tez clara y ese brillo en los ojos que no anunciaba en absoluto que fuera a conformarse con su destino. Esa muchacha, con toda certeza, no había llegado todavía a la estación término.

– Qué bomboncito, ¿verdad? -observó Norman, que percibió la mirada de Lucas interpretándola de forma no del todo errónea-. Daphne. El mejor caballo de la cuadra de Miss Jolanda además de su mano derecha. Ya te digo yo que, sin ella, aquí nada funciona. Lo tiene todo bajo control. Si la vieja fuera lista, adoptaría al bomboncito. Pero sólo piensa en sí misma. En algún momento la chica se marchará, llevándose los mejores atractivos del local. ¿Qué te parece? ¿La quieres tú primero? ¿O tienes ganas de algo salvaje? -Miró guiñando los ojos alrededor.

Lucas no sabía qué decir.

Por fortuna, Daphne apareció en ese momento con la segunda ronda de whisky.

– Las chicas ya están listas arriba -anunció una vez que hubo repartido los vasos-. Bebed con toda tranquilidad y si queréis os traigo también la botella y luego subís. -Sonrió animosa-. Pero no nos hagáis esperar. Ya sabéis, un poco de alcohol levanta los ánimos, pero cuando se abusa produce flojera. -Y tan deprisa como Norman le había puesto la mano en el trasero, se vengó ella agarrándole la entrepierna.

Norman se sobresaltó, pero luego se echó a reír.

– ¿Me darás a mí también un centavo?

Daphne agitó la cabeza haciendo ondear su cabello rojo.

– ¿Puede que un vaso? -gorjeó, y desapareció antes de que Norman tuviera tiempo de responder. Los hombres silbaron a sus espaldas.

Lucas bebió su whisky y se sintió mareado. ¿Cómo iba a salir de aquí sin haber fracasado antes una vez más? Daphne no lo excitaba lo más mínimo. Y además parecía que le había echado el ojo. Acababa de posar su mirada sobre su rostro y su figura delgada pero musculosa un poco más de tiempo que sobre los cuerpos de los demás. Lucas sabía que las mujeres lo encontraban atractivo y con las putas de Westport no sucedería de otra forma que con las matronas de Christchurch. ¿Qué iba a hacer si Norman realmente lo arrastraba consigo?

Lucas pensó en otra huida, pero eso no valía la pena ni planteárselo. Sin caballo no tenía ninguna posibilidad de salir de Westport; debía permanecer en la ciudad por ahora. Y esto no iba a funcionar, si ya el primer día se ponía en ridículo huyendo de una prostituta pelirroja.

La mayoría de los hombres ya se tambaleaba un poco cuando Daphne volvió a aparecer y pidió a la compañía, ahora con insistencia, que fueran hacia arriba. En cualquier caso, ninguno estaba lo suficiente borracho para no advertir la ausencia de Lucas en caso de duda. Y además estaban las miradas que Daphne seguía lanzándole…

La muchacha condujo a los hombres a un salón repleto de muebles tapizados y delicadas mesitas que, en todos los aspectos, producían un efecto ordinario. Cuatro muchachas, todas en pomposos negligés, ya los estaban aguardando, así como, naturalmente, Miss Jolanda, una mujer bajita y gorda, de mirada fría, que lo primero que hizo fue cobrar un dólar a cada uno de los hombres.

– Así al menos ninguno se me marcha antes de haber pagado -dijo con aplomo.

Lucas pagó el peaje a regañadientes. Pronto no quedaría nada de su sueldo semanal.

Daphne lo condujo hacia un sillón rojo y le puso en la mano otro vaso de whisky.

– Bien, forastero, ¿cómo puedo hacerte feliz? -susurró. Hasta el momento era la única que no llevaba negligé, pero se desató como sin querer el corsé-. ¿Te gusto? Pero te lo advierto: ¡el rojo abrasa como el fuego! Ya he quemado a varios… -Mientras hablaba, le pasó una de sus largas mechas de cabello por el rostro.

Lucas no reaccionó.

– ¿No? -susurró Daphne-. ¿No te atreves? Vaya, vaya. Pero está bien, quizá los otros elementos se ajusten más a lo que tu deseas. Tenemos para todos los gustos. El fuego, el aire, el agua, la tierra… -Fue señalando a las otras tres muchachas que ya se estaban ocupando del resto de los hombres.

La primera era una criatura pálida, de aspecto casi etéreo, con el cabello liso y rubio claro. Sus extremidades eran delicadas, casi delgadas, pero, sin embargo, bajo la fina blusa con que se cubría se percibían unos voluminosos pechos. Lucas lo encontró repugnante. Sin duda alguna sería incapaz de hacer el amor con esa chica. El elemento «agua» estaba encarnado por una joven de cabellos castaños vestida de azul y con ojos risueños y de color topacio. Parecía vivaracha y bromeaba con Norman, quien, a ojos vistas, estaba cautivado. La «tierra» era una joven de tez morena y con bucles también oscuros, sin lugar a dudas, la criatura exótica de la galería de Miss Jolanda, aunque no era realmente bonita: los rasgos de su rostro eran toscos y su cuerpo achaparrado. De todos modos, parecía embelesar a los hombres con los que coqueteaba. Lucas se sorprendía, como era frecuente en él, de los criterios según los cuales los individuos de su mismo género escogían a sus compañeras de cama. En cualquier caso, Daphne era la más hermosa de las muchachas. Lucas debería sentirse halagado por ser su elegido. Si al menos lo hubiera excitado, aunque sólo hubiera sido un poco, si ella tal vez…

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