En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
La ballena flotaba inmóvil por fin en el agua. Lucas no sabía si realmente estaba muerta o totalmente extenuada, pero, en cualquier caso, los hombres lograron arrastrarla junto al barco. Y luego todo fue casi peor. Empezó la carnicería. Los hombres clavaron largos cuchillos en el vientre del animal para sacar la grasa, que de inmediato se recocía en el barco para convertirla en aceite. Lucas esperaba que la presa estuviera muerta cuando desgarraron los primeros trozos del cuerpo y los arrojaron a la cubierta. Minutos más tarde, los hombres caminaban entre la grasa y la sangre. Alguien abrió la cabeza del animal para sacar el codiciado blanco de ballena. Cooper había contado a Lucas que de ahí se obtenían velas y productos de limpieza y para el cuidado de la piel. Otros buscaban en el intestino del animal el todavía más preciado ámbar gris, un ingrediente básico de la industria del perfume. El hedor era terrible y Lucas se estremeció cuando recordó todos los perfumes que Gwyneira y él tenían en Kiward Station. Nunca había pensado que una porción de ellos se obtuviera de las entrañas pestilentes de un animal cruelmente sacrificado.
En el ínterin colocaron unas marmitas enormes al fuego y el olor de la grasa de ballena hirviendo invadió el barco. Se diría que el aire estaba cargado de grasa, que parecía pegarse a las vías respiratorias. Lucas se asomó por la borda, pero no podía escapar del hedor a pescado y sangre. Hubiera querido vomitar, pero ya hacía tiempo que tenía el estómago completamente vacío. Antes había sentido sed, pero ahora ya no lograba pensar en otro sabor que el del aceite de ballena. Recordó vagamente que de pequeño se lo habían administrado y lo horrible que lo había encontrado. Y ahora se hallaba en medio de una pesadilla de enormes pedazos de carne y grasa que se arrojaban en fétidas marmitas para luego verter el aceite ya listo en los toneles. El responsable de llenar y ordenar los toneles lo llamó para que lo ayudara a cerrar los recipientes. Lucas lo hizo, intentando no mirar al menos el interior de las marmitas, en las que hervían los trozos de la ballena.
Los demás hombres parecían no sentir ninguna aversión. Al contrario, se diría que el olor despertaba su apetito y ya se alegraban a ojos vistas de una comida a base de carne fresca. Para su pesar, la carne de la ballena no podía conservarse, puesto que se pudría con demasiada rapidez, así que la mayor parte del cuerpo, tras quitarle la grasa, se arrojó al mar. No obstante, el cocinero cortó durante dos días carne del animal y prometió a los hombres un banquete. Lucas sabía con certeza que él no probaría bocado.
Al final avanzaron tanto en la tarea que los restos de la ballena se soltaron del barco. La habían descuartizado considerablemente. La cubierta seguía llena de trozos de grasa y la tripulación se desplazaba en medio de una sustancia viscosa y sanguinolenta. Hervir la carne se prolongó muchas horas y pasarían días hasta que la cubierta quedara limpia. Lucas no lo creía posible, sin lugar a dudas no con las simples escobas y cubos de agua que solían utilizar para fregar la cubierta. Era probable que sólo con la próxima tormenta que cayera con intensidad e inundara la cubierta se borrarían todas las huellas de la matanza. Lucas casi deseaba una tromba de agua de tales proporciones. Cuanto más tiempo encontraba para elaborar mentalmente los acontecimientos de ese día, mayor era el pánico que le atenazaba las tripas. Tal vez podría acostumbrase a las condiciones de vida durante el viaje, al contacto de los cuerpos sin lavar; pero, con toda seguridad, no se acostumbraría a días como ésos. No a ese matar y destripar a un animal imponente, pero sí, de forma manifiesta, pacífico. Lucas no tenía ni idea de cómo iba a sobrevivir a los próximos tres años.
Sin embargo, acudió en su auxilio el hecho de que la primera ballena hubiera «caído en las redes» del Pretty Peg tan pronto. El capitán Milford decidió atracar en Westport y descargar el botín antes de volver a zarpar. Al fin y al cabo, esto le llevaría sólo unos pocos días a la tripulación, pero garantizaba un buen precio por el aceite fresco y dejaría los toneles vacíos para otro viaje. Los hombres saltaron de alegría. Ralphie, un hombrecillo rubio de origen sueco, ya soñaba con las mujeres de Westport.
– Todavía es un pueblucho de mala muerte, pero en expansión. Hasta ahora sólo hay balleneros y cazadores de focas, pero también están en camino algunos buscadores de oro. Incluso debe de haber auténticos mineros, alguien dijo algo de yacimientos de carbón. ¡En cualquier caso hay un pub y un par de chicas complacientes! ¡Una vez me tocó una pelirroja…, os aseguro que valía lo que costaba!
Cooper se acercó a Lucas por detrás, quien agotado y asqueado se asomaba por la borda.
– ¿También tú estás pensando en el siguiente burdel? ¿O puedes imaginarte celebrando la exitosa caza ya aquí en el barco? -Cooper había descansado la mano en el hombro de Lucas y la desplazaba ahora, despacio, casi como en una caricia, a lo largo del brazo. Lucas no podía fingir que no entendía la invitación que resonaba en las palabras de Cooper; sin embargo, no se decidía. Sin duda le debía algo a Cooper; ese hombre mayor había sido amable con él. ¿Y acaso no había pensado durante toda su vida una y otra vez en compartir su lecho con un hombre? ¿Acaso ante sus ojos no pasaban las imágenes de hombres cuando se masturbaba y (oh, Dios) cuando yacía con su esposa?
Pero esto…, Lucas había leído los textos de los griegos y los romanos. Entonces, el cuerpo masculino había constituido el ideal de belleza por antonomasia; el amor entre hombres y adolescentes no era escandaloso siempre que no se forzara al niño. Lucas había admirado las imágenes de las esculturas que entonces se tallaban de los cuerpos varoniles. ¡Qué bellos habían sido! ¡Qué lisos, qué limpios y tentadores…! El mismo Lucas se había colocado ante el espejo y se había comparado a ellos, había adoptado las posturas que mostraban los adolescentes, había soñado con estar en brazos de un querido mentor. Pero no se parecía a ese ballenero que, en efecto, era amable y bondadoso, pero voluminoso y hediondo. No había la menor posibilidad de lavarse en el Pretty Peg. Los hombres deambularían por la cubierta sudados, sucios, embadurnados de sangre y grasa. Lucas evitó la mirada inquisitiva de Cooper.
– No lo sé…, ha sido un largo día…, estoy cansado…
Cooper asintió.
– No te preocupes, ve al camarote. Descansa. Tal vez más tarde…, bien, podría llevarte algo de comer. Incluso puede que encuentre whisky.
Lucas tragó saliva.
– Otro día, Cooper. Quizás en Westport… Tú…, yo… No me malinterpretes, pero necesito un baño.
Cooper soltó una carcajada atronadora.
– ¡Mi pequeño gentleman! De acuerdo, yo mismo me encargaré en Westport de que las chicas te preparen un baño o, mejor todavía, ¡que nos lo preparen para los dos! ¡Puede que yo también lo necesite! ¿Te gustaría?
Lucas asintió. Lo importante era que el hombre lo dejara en paz al menos ese día. Lleno de odio y asco hacia sí mismo y los individuos con los que se envilecía, se retiró a su cama plagada de pulgas. ¡Quizás ellas al menos se asustaran del hedor a grasa y sudor! Una esperanza que no tardó en mostrarse vana. Por el contrario, eso parecía agradar todavía más a esos bichos inmundos. Lucas aplastó docenas contra su cuerpo y con ello se sintió todavía más mancillado. Sin embargo, mientras yacía despierto, oyó risas y gritos en la cubierta (era evidente que el capitán había repartido whisky) y al final el sonido de las canciones de borrachos de la tripulación hizo madurar un plan en su mente. Abandonaría el Pretty Peg en Westport. Poco importaba que de ese modo incumpliera o no el contrato. ¡Todo eso le resultaba insoportable!
La huida había sido en el fondo bastante sencilla. El único problema residía en que debía dejar todas sus cosas en el barco. Habría levantado sospechas si hubiera desembarcado con su saco de dormir y sus escasas prendas de vestir para la breve estancia en tierra que el capitán había permitido a la tripulación. No obstante, tomó algo de ropa para cambiarse, a fin de cuentas Cooper le había prometido un baño, lo que justificaba su acción. Cooper, claro está, se rio de ello; pero a Lucas le daba igual. Ahora sólo buscaba una oportunidad para escabullirse. Ésta pronto se le brindó cuando Cooper negociaba con una hermosa y pelirroja muchacha acerca de si había en algún sitio una bañera. Los otros hombres del pub no prestaron atención a Lucas; sólo pensaban en el whisky o estaban con la mirada fija en las exuberantes curvas de la muchacha. Lucas todavía no había pedido nada y por ello no se le podía acusar de marcharse sin pagar cuando salió del local y se escondió a continuación en la cuadra. Había una salida trasera. Lucas la tomó, pasó a hurtadillas por el patio de un herrero, luego por el taller de un fabricante de ataúdes y por unas cuantas casas más, todavía en construcción. Westport era un pueblucho, en eso Cooper había tenido razón, pero estaba en crecimiento.