En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
La localidad estaba situada a las orillas de un río, el Buller. Ahí, justo en la desembocadura del mar, el río era ancho y tranquilo. Lucas vio unas playas de arena interrumpidas por unos bordes rocosos. Pero sobre todo, justo detrás de Westport, se encontraba el bosque de helechos, una naturaleza de un color verde oscuro que parecía por entero inexplorada y que posiblemente sí fuera virgen. Lucas miró a su alrededor, pero estaba solo allí. Al parecer nadie más buscaba la soledad al margen de las casas. Podría fugarse sin ser visto. Corrió a lo largo de la orilla del río con decisión, buscó refugio entre los helechos, siempre que era factible, y avanzó siguiendo el curso del río durante una hora antes de considerar la distancia lo bastante grande como para relajarse. El capitán tampoco se percataría de su ausencia tan pronto, pues el Pretty Peg debía zarpar a la mañana siguiente. Claro que Cooper lo buscaría, pero sin duda no junto al río, al menos, no al principio. Tal vez más tarde miraría en la orilla, pero seguro que se limitaría al entorno de Westport. Sin embargo, Lucas habría preferido internarse ya en la selva si el asco hacia su propio cuerpo sucio no lo hubiera detenido. ¡Había llegado el momento de lavarse! Lucas se desvistió tiritando y escondió su ropa sucia entre un par de piedras; al principio le pasó por la cabeza lavarlas y llevárselas, pero se estremeció sólo de pensar en lavar la sangre y la grasa. Así que conservó sólo la ropa interior, debía dar por perdidos la camisa y los pantalones. Naturalmente era una pena, pues cuando se atreviera a volver a reunirse con seres humanos, no poseería nada más que lo que llevaba puesto. Pero cualquier cosa era preferible a la matanza a bordo del Pretty Peg.
Al final, Lucas se deslizó tiritando en las aguas heladas del río Buller. Sintió que el frío se le clavaba en la piel, pero el agua lavó toda la suciedad. Lucas se sumergió en el fondo, cogió un guijarro y empezó a restregarse la piel con él. Se frotó el cuerpo hasta ponerse rojo como un cangrejo y no sentir apenas el frío del agua. Al fin dejó el río, se vistió con ropa limpia y se internó en el bosque. Éste atemorizaba: húmedo, espeso y lleno de plantas desconocidas y enormes. Pero ahí pudo sacar provecho de su interés por la flora y la fauna de su tierra. Había visto en los libros científicos muchos de los formidables helechos cuyas hojas a veces se enroscaban como orugas y casi parecían estar vivas y superó el miedo intentando clasificarlos. Por lo general no eran venenosos e incluso el mayor weta de los árboles era menos agresivo que las pulgas que había a bordo del ballenero. Tampoco los múltiples sonidos de los animales que resonaban por la selva lo asustaban. Ahí no había más que insectos y pájaros, sobre todo papagayos que llenaban la espesura con sus singulares chillidos, pero que eran totalmente inofensivos. Al final, Lucas se hizo una cama de helechos y no sólo durmió en un sitio más mullido, sino con más tranquilidad que las semanas que había pasado en el Pretty Peg. Aunque lo había perdido todo, la mañana siguiente se despertó con ánimos renovados; algo sorprendente, si se consideraba que había huido de la persona que le daba trabajo, había incumplido un contrato, había contraído deudas de juego y no las había pagado. De todos modos, pensó casi divertido, nadie volverá a llamarme gentleman.
A Lucas le hubiera gustado permanecer en el bosque, pero pese a toda la desbordante fecundidad de esa guarida verde, no había nada comestible. Al menos, no para Lucas; un maorí o un auténtico explorador tal vez lo habrían visto de otro modo. Así que los gruñidos de su estómago lo forzaban a buscar una colonia humana. Pero ¿cuál? En Westport no debía ni pensar. Allí todos sabrían ahora que el capitán buscaba a un marinero fugado. Era incluso posible que el Pretty Peg lo estuviera esperando.
Luego recordó que el día anterior Cooper había mencionado Tauranga Bay. Bancos de focas, a veinte kilómetros de Westport. Los cazadores de focas sin duda no sabrían nada del Pretty Peg ni tampoco se interesarían por él. La caza, sin embargo, prosperaba en Tauranga: seguro que encontraba trabajo allí. Lucas emprendió animado el camino. La caza de focas no podía ser peor que la pesca de la ballena…
Los hombres de Tauranga lo recibieron de hecho amistosamente y el mal olor de su campamento se mantenía en límites aceptables. A fin de cuentas estaba al aire libre y los hombres no se apelotonaban. Por supuesto, la gente debió de pensar que había algo raro en Lucas, pero nadie le formuló ninguna pregunta acerca de su aspecto desaliñado, la ausencia de equipaje y la falta de dinero. Con un gesto de mano rechazaron las manidas explicaciones de Lucas.
– No pasa nada, Luke, nosotros también te daremos de comer. Tú sé útil, mata un par de crías. El fin de semana llevaremos las pieles a Westport. Entonces volverás a tener dinero. -Norman, el cazador de mayor edad, aspiró con calma una bocanada de humo de su pipa. Lucas sintió la oscura sospecha de que ahí no era el único fugitivo.
Hasta podría haberse sentido bien entre esos coasters silenciosos y sosegados… ¡si no hubiera existido la caza! Si es que así podía designarse la matanza de crías indefensas ante los ojos de sus horrorizadas madres. Vacilante, miró el palo que tenía en la mano y al animalito que estaba ante él.
– ¡Dale, Lucas! ¡Píllate esa piel! ¿O te crees que en Westport van a darte dinero el domingo porque nos hayas ayudado a despellejar los animales? ¡Aquí todos nos ayudamos, pero sólo pagan por las pieles de cada uno!
Lucas no veía otra salida. Cerró los ojos y golpeó.
9
Al concluir la semana, Lucas casi tenía treinta pieles de foca y todavía sentía más vergüenza y odio hacia sí mismo que tras el episodio a bordo del Pretty Peg. Estaba firmemente decidido a no regresar al banco de focas después del fin de semana en Westport. Westport era una colonia floreciente, así que alguna colocación debería de haber allí que le resultara más conveniente, aunque con ello admitiera no ser un auténtico hombre.
El comerciante de pieles, un hombre bajito y nervudo, que también administraba las tiendas de Westport, se mostró muy optimista en este sentido. Como Lucas había esperado, no relacionó al nuevo cazador del banco de focas con el ballenero que se había escapado del Pretty Peg. Tal vez era incapaz de hacer tal esfuerzo o le era indiferente. En cualquier caso, le dio un par de centavos por cada piel y respondió servicialmente a sus preguntas acerca de la posibilidad de encontrar otro trabajo en Westport. Como era de esperar, Lucas no reconoció que no soportaba la matanza; en vez de ello admitió que le pesaban la soledad y la compañía de hombres.
– Quiero vivir en la ciudad -afirmó-. Tal vez encontrar a una mujer y fundar una familia…, simplemente, no ver más ballenas y focas muertas. -Lucas dejó el dinero por el saco de dormir y la ropa que acababa de comprar en el mostrador para que le devolvieran el cambio.