En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Es innegable que Lucas pensaba con frecuencia en aproximarse también físicamente a su joven discípulo y amigo. Soñaba con abrazos íntimos y despertaba con una erección o, peor aún, entre las sábanas húmedas. Pero se reprimía con obstinación. En la antigua Grecia hubiera sido totalmente normal que surgiera una relación amorosa entre el mentor y el adolescente; pero en el moderno Westport ambos serían condenados por ello. Sin embargo, David se aproximaba a su amigo sin prejuicios. Cuando a veces, tras el baño, yacía a su lado desnudo para secarse al todavía tímido sol, solía acariciarle un brazo o una pierna y, cuando pasado el invierno hizo más calor y Lucas también disfrutaba chapoteando en el agua, el joven lo animaba a enzarzarse en fogosas peleas. No escondía ninguna intención cuando rodeaba a Lucas con las piernas o apretaba su tórax contra la espalda de Lucas. Éste agradecía entonces que el río Buller también llevara aguas frías en verano que no le permitieran mantener durante largo tiempo su erección. La relación se hubiera consumado compartiendo el lecho con David, pero Lucas sabía que no tenía que ser demasiado ambicioso. Lo que en ese tiempo experimentaba ya era más de lo que nunca había esperado. Pedir todavía más habría sido una temeridad. Lucas también era consciente de que su fortuna no podía durar para siempre. En algún momento, David crecería, tal vez se enamoraría de una muchacha y le olvidaría. Pero Lucas esperaba que para entonces el joven hubiera aprendido a asegurarse el sustento como ebanista. Él haría cuanto estuviera en su mano para ello. Intentaba enseñar también al chico los conceptos básicos de las matemáticas y el cálculo, para no ser sólo un buen artesano, sino también un comerciante listo. Lucas amaba a David desinteresada, apasionada y tiernamente. Se alegraba de cada día que pasaba con él e intentaba no pensar en el inevitable fin. ¡David era tan joven! Todavía les quedaban años para estar juntos.
Sin embargo, David -o Steinbjörn, como él mismo todavía se consideraba- no estaba tan satisfecho de su situación como Lucas. El joven era listo, aplicado y estaba sediento de logros y de vida. Pero, sobre todo, estaba enamorado, un secreto que no había revelado a nadie, ni siquiera a Lucas, su paternal amigo. El amor de Steinbjörn también era la razón por la que había adoptado tan dócilmente el nuevo nombre y por la que utilizaba cada minuto que tenía libre para empeñarse en leer David Copperfield. Por fin podría hablar acerca de él con Daphne, con toda naturalidad e inocencia, y nadie sospecharía de cuánto se consumía por la muchacha. Por supuesto, era consciente de que nunca tendría la menor posibilidad con ella. Era probable que ella ni siquiera se lo llevara a su habitación cuando él consiguiera reunir el dinero para pasar una noche a su lado. Para Daphne no era más que un niño al que había que proteger como a las mellizas, por quien se preocupaba, pero, con toda certeza, no era un cliente.
En el fondo, el joven tampoco pretendía serlo. No veía a Daphne como una puta, sino como una esposa digna de respeto junto a él. Un día ganaría mucho dinero, le compraría a Jolanda los derechos sobre la joven y convencería a Daphne de que merecía llevar una vida respetable. Podría llevarse a las mellizas con ella… En sus fantasías, David también podía mantenerlas económicamente.
Pero para que eso se convirtiera algún día en realidad, necesitaba ganar dinero, mucho dinero, y deprisa. Le partía el corazón ver a Daphne sirviendo en el pub y luego desapareciendo con cualquier hombre en el primer piso. Ella no iba a hacer eso siempre, no iba, sobre todo, a quedarse ahí para siempre. Daphne maldecía estar bajo el yugo de Jolanda. Tarde o temprano se marcharía y comenzaría de cero en otro lugar.
A no ser que David se presentara ante ella con una proposición de matrimonio.
Ahora el joven tenía claro que en ningún caso iba a obtener el dinero necesario trabajando en la construcción o como ebanista. Debía amasar su fortuna más deprisa y el destino quería que justo en ese momento y en esa región de la isla Sur surgieran nuevas oportunidades. Muy cerca de Westport, a pocos kilómetros, remontando el río Buller, se había encontrado oro. Cada vez eran más los buscadores que inundaban la ciudad, se abastecían de provisiones, palas y tamices y desaparecían en el bosque o en las montañas. Al principio, nadie los tomaba demasiado en serio; sin embargo, cuando regresaron los primeros con el pecho henchido de orgullo y una pequeña fortuna en pepitas de oro guardadas en bolsas de tela colgadas al cinto, la fiebre del oro también se apoderó de los coasters establecidos en torno a Westport.
– ¿Por qué no probamos nosotros también, Luke? -preguntó David un día, cuando estaban sentados a la orilla del río y otro grupo más de buscadores de oro pasaron a su lado remando en una canoa.
Lucas le estaba explicando al joven en ese momento una técnica de dibujo especial y alzó la vista sorprendido.
– ¿Probar el qué? ¿Ir a cavar en busca de oro? No seas ridículo, Dave, eso no está hecho para nosotros.
– ¿Pero por qué no? -La mirada ávida de los ojos redondos de David agitó el corazón de Lucas. No había nada en ella de la codicia de los astutos buscadores de oro que ya habían recorrido unos yacimientos antes de que la noticia de que se habían encontrado otros nuevos los empujara hacia Westport. No se hallaba en ella ninguna reminiscencia de antiguas decepciones, de inviernos interminables en campamentos primitivos, de veranos abrasadores en los que se excavaba, desviaba arroyos y se contemplaban cantidades ingentes de arena pasando por el tamiz esperando, esperando, esperando…, hasta que de nuevo eran otros los que encontraban las pepitas del grueso de un dedo en el río o en las ricas vetas de oro de las rocas. No, la mirada de David era la de un niño ante un fabricante de juguetes. Ya se veía en posesión de los nuevos tesoros, si el padre reacio a comprar no contrariaba sus proyectos. Lucas suspiró. Le habría gustado satisfacer el deseo del joven, pero no veía perspectivas de éxito.
– David, no sabemos nada de yacimientos de oro -dijo pacientemente-. Ni siquiera sabríamos dónde buscar. Además, yo no soy ningún trampero ni me gustan las aventuras. ¿Cómo nos las apañaríamos por allí?
Para ser francos, Lucas ya había tenido suficiente con las horas pasadas en el bosque tras huir del Pretty Peg. Por mucho que le fascinara la rara flora del entorno, no dejaba de inquietarle la idea de que tal vez se extraviaran por ese entorno. Al menos, había tenido entonces el río como ayuda para orientarse. Para emprender una nueva aventura, debería alejarse mucho de ahí. Bien, quizá podía seguirse un arroyo, pero Lucas no compartía la idea de David de que, luego, el oro simplemente les llovería.
– Por favor, Luke, ¡intentémoslo al menos! Tampoco tenemos que abandonarlo todo aquí. ¡Démonos un fin de semana! Seguro que el señor Miller me presta un caballo. Podemos ir con él la noche del viernes remontando el río y echar un vistazo el sábado por ahí arriba…
– Ese «por ahí arriba», ¿dónde se supone que está, Dave? -preguntó con cautela Lucas-. ¿Tienes alguna idea?
– Rochford ha encontrado oro en Lyell Creek y en Buller Gorge. Lyell Creek está a sesenta y cinco kilómetros río arriba…
– Y es probable que allí ya haya buscadores de oro a rebosar -señaló escéptico Lucas.