En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Lucas se enterneció.
– Precisamente por eso yo también estoy buscando otro trabajo -le confesó al joven.
El muchacho hizo gesto de entender.
– Puede ser de ayuda para los carpinteros o los leñadores. Hay suficiente trabajo. Venga conmigo el lunes. Yo también estoy en la construcción.
– Pensaba que eras el mozo de cuadra de aquí -replicó Lucas perplejo-. ¿Cómo te llamas? ¿David?
El joven se encogió de hombros.
– Así me llaman. En realidad, mi nombre es Steinbjörn, Steinbjörn Siglefson. Pero nadie sabe pronunciarlo aquí. Así que esa chica, Daphne, me llamó simplemente David. Como David Copperfield. Creo que una vez escribió un libro.
Lucas sonrió y una vez más sintió admiración por Daphne. ¿Una camarera que leía a Dickens?
– ¿Y en qué lugar llaman a sus hijos «Steinbjörn Sigleifson»? -preguntó Lucas. Entretanto, David lo había conducido a un cobertizo que había arreglado para hacerlo acogedor. Balas de paja hacían las veces de mesas y asientos, y el heno se había convertido en una cama. Había más en una esquina y David indicó a Lucas que se sirviera de él.
– En Islandia -contestó, y se puso manos a la obra para ayudar a Lucas-. Vengo de ahí. Mi padre era ballenero, pero mi madre siempre quería marcharse, era irlandesa. Para ella, lo mejor hubiera sido volver a su isla, pero luego su familia inmigró a Nueva Zelanda y ella también quería venir a toda costa, pues no podía soportar el clima de Islandia, siempre oscuro, siempre frío… Entonces enfermó y en el viaje en barco hacia aquí murió. Un día de sol. Creo que eso era importante para ella… -David se secó los ojos con disimulo.
– ¿Pero tu padre todavía estaba contigo? -preguntó Lucas con calidez, al tiempo que desplegaba su saco de dormir.
David asintió.
– Pero no por mucho tiempo. En cuanto oyó que aquí se cazaban ballenas se puso loco de contento. Así que nos desplazamos de Christchurch a la costa Oeste y se enroló enseguida en el primer ballenero. Quería llevarme como grumete, pero no necesitaban a ninguno. Eso fue lo que sucedió.
– ¿Y se limitó a dejarte solo? -Lucas estaba horrorizado-. ¿Qué edad tenías? ¿Quince?
– Catorce -respondió David sin inmutarse-. Lo suficiente mayor para sobrevivir solo, pensaba papá. Y yo ni siquiera sabía inglés. Pero ya ve, tenía razón. Aquí estoy, vivo, y no creo que fuera la persona adecuada para cazar ballenas. Me mareaba cada vez que llegaba mi padre a casa y olía a aceite de ballena.
Mientras que los dos se acomodaban en sus sacos de dormir, el joven contó con toda franqueza sus experiencias con los rudos hombres de la costa Oeste. Al parecer, se sentía tan incómodo entre ellos como Lucas y se había alegrado mucho de encontrar ahí un puesto como mozo de cuadra. Mantenía los establos en orden y además podía dormir. Durante el día trabajaba en la construcción.
– Me gustaría hacerme carpintero y construir casas -le dijo al final a Lucas.
Éste sonrió.
– Para construir casas tienes que ser arquitecto, David. Pero no es sencillo.
El chico le dio la razón.
– Lo sé. Cuesta mucho dinero y hay que ir durante un largo tiempo a la escuela. Pero no soy tonto, incluso sé leer.
Lucas decidió regalarle el próximo ejemplar que encontrara de David Copperfield. Se sentía feliz, sin motivo alguno, cuando los dos al final se desearon las buenas noches y se acurrucaron en sus lechos. Lucas oía los ruidos del joven mientras dormía, su respiración regular, y pensó en sus movimientos flexibles pese a su delgadez, la voz viva y cristalina. Habría podido amar a un joven así…
David cumplió su palabra y ya al día siguiente presentó a Lucas al propietario de la cuadra, quien amablemente le asignó un lugar donde dormir y no le pidió que pagara por ello.
– Ayuda un poco a David en el establo, el chico ya trabaja demasiado. ¿Sabes de caballos?
Lucas contó, fiel a la verdad, que sabía limpiar los animales, ensillarlos y montar, lo que, al parecer, era suficiente para el propietario del lugar. David pasaba el domingo limpiando a fondo los establos (durante la semana no siempre lo conseguía) y Lucas lo ayudaba de buen grado. Mientras se ocupaban de tal tarea, el joven hablaba todo el tiempo, contaba sus aventuras, sus sueños y deseos, y Lucas lo escuchaba con atención. Mientras, agitaba la horquilla del estiércol con un vigor insospechado. ¡Nunca le había divertido tanto una tarea!
El lunes, David lo condujo al trabajo en la obra y el jefe enseguida le asignó una brigada de leñadores. Para las nuevas obras había que roturar bosques y las maderas preciosas que se encontraban al hacerlo se depositaban a continuación en Westport y más tarde se empleaban para la construcción o se vendían en otros lugares de la isla e incluso en Inglaterra. El precio de la madera era elevado y seguía subiendo; además, en la actualidad había vapores que circulaban entre Inglaterra y Nueva Zelanda que simplificaban la exportación también de artículos más voluminosos.
Sin embargo, los carpinteros de Westport no pensaban más allá de la nueva casa que tenían que construir. Prácticamente ninguno de ellos había aprendido su oficio, y menos aún oído hablar de arquitectura. Construían sencillas casas de madera para las cuales tallaban también muebles igual de sencillos. Lucas lamentaba el despilfarro de maderas nobles; además, el trabajo en el monte era duro y peligroso, siempre se producían accidentes a causa de las sierras o cuando caían los árboles. Pero Lucas no se quejaba. Desde que conocía a David, tenía la impresión de que se tomaba la vida de una forma mucho más despreocupada y fácil, y siempre estaba de buen humor. También el joven parecía, a su vez, buscar su compañía. Hablaba durante horas con Lucas y, obviamente, pronto se percató de que ese compañero de más edad sabía sobre muchos más temas y podía dar respuesta a muchas más preguntas que todos los otros hombres que lo rodeaban. A veces Lucas tenía que esforzarse para no revelar demasiado sobre su origen. Entretanto, apenas se distinguía ya, al menos en su aspecto, de los demás coasters. Su indumentaria estaba raída y no tenía prácticamente nada para cambiarse. Constituía una demostración de fuerza mantenerse, pese a todo, limpio. Para su satisfacción, también David se preocupaba de la higiene corporal y se bañaba con regularidad en el río. A ese respecto, se diría que el joven no conocía el frío. Mientras que Lucas ya se ponía a temblar con sólo acercarse al agua, David nadaba a la otra orilla riendo.
– ¡Pero si no está fría! -bromeaba con Lucas-. ¡Deberías ver los ríos de mi país! ¡Los cruzaba con nuestro caballo cuando todavía flotaban témpanos por allí!
Luego, cuando el joven desnudo y mojado llegaba a la orilla y se tendía allí, Lucas creía que sus amadas estatuas de los adolescentes griegos habían cobrado vida ante él. Para él, no era el David de Dickens, sino el David de Miguel Ángel. Hasta el momento, el joven había oído tan poco del pintor y escultor italiano, como del escritor inglés. Pero en eso Lucas le prestaba su ayuda. Con unos rápidos trazos hizo un esbozo de las esculturas más famosas sobre una hoja.
Dave apenas si lograba salir de su asombro, aunque no eran tanto los adolescentes de mármol lo que le interesaban, sino el arte de dibujar de Lucas en sí mismo.
– Siempre intento dibujar casas -confesó a su amigo de mayor edad-. Pero nunca me sale bien del todo.
Lucas se sentía alegre mientras explicaba a Dave dónde residía el problema y luego le introducía en el arte de la perspectiva. David aprendía deprisa. A partir de entonces invertían cada minuto que tenían libre en las clases. Cuando el maestro de obras los vio en una ocasión, se apresuró a separar a Lucas del grupo de los leñadores y lo colocó en la construcción. Hasta entonces, Lucas no había sabido gran cosa de estática y construcción, sólo los conceptos básicos que cualquier auténtico amante del arte adquiere de forma inevitable cuando se interesa por iglesias románicas y palacios florentinos. Tan sólo eso ya era mucho más que lo que la mayoría de la gente sabía en la obra; además, Lucas era un matemático dotado. No tardó nada en ayudar a trazar los bocetos de los edificios y dar indicaciones mucho más precisas en los aserraderos que las que habían dado los obreros de la construcción hasta ese momento. Sin embargo, no era muy diestro en el manejo de la madera, pero David dio muestras de gran talento en ese ámbito y pronto intentó hacer los muebles siguiendo los diseños de Lucas. Los futuros inquilinos de la nueva casa, el comerciante de pieles y su esposa, apenas si podían dar crédito a lo que veían cuando les mostraron las primeras piezas.