En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡No tenemos que buscarlo allí! Es probable que haya oro por todas partes, ¡necesitamos de todos modos nuestra propia concesión! Venga, Luke, ¡no seas cenizo! ¡Sólo un fin de semana! -David suplicó tanto que Lucas se sintió alagado. A fin de cuentas, el joven podría haberse unido a algún grupo de buscadores, pero era evidente que quería estar con él. No obstante, Lucas dudaba. La aventura le parecía demasiado arriesgada. Lucas, prudente por naturaleza, tenía presentes los peligros de una incursión a lomos de un caballo por el bosque de lluvia, por senderos desconocidos lejos de la colonia más cercana. Tal vez nunca habría aceptado, pero entonces aparecieron Norman y un par de cazadores de focas más en el corral de alquiler. Saludaron complacidos a Lucas, sin desaprovechar la oportunidad de recordarse a sí mismos y a él, a voz en grito, la noche con las mellizas. Norman le dio unas joviales palmadas en la espalda.
– ¡Hombre, y nosotros que habíamos pensado que no tenías lo que hay que tener! ¿A qué te dedicas ahora? ¡He oído decir que estás hecho un as de la construcción! Me alegro por ti. Pero no te harás rico. ¡Oye, vamos a remontar el Buller para buscar oro! ¿Te vienes? ¿No quieres probar tú también suerte?
David, que acababa de aprovisionar con sillas y alforjas los mulos que el grupo de Norman había alquilado, miró al hombre más maduro con los ojos centelleantes.
– ¿Ya lo ha hecho alguna vez? Me refiero a lavar oro -preguntó emocionado.
Norman sacudió la cabeza.
– Yo no. Pero Joe sí, en algún lugar de Australia. Él nos enseñará. No debe de ser difícil. ¡Tú aguantas el tamiz en el agua y las pepitas entran solas! -Rio.
Lucas, por el contrario, suspiró. Ya sospechaba lo que iba a sucederle.
– ¡Lo ves, Luke, todos dicen que es fácil! -observó como era inevitable David-. ¡Probémoslo, por favor!
Norman vio el entusiasmo en sus ojos y sonrió por igual a Lucas y Dave.
– Bien, ¡el muchacho arde de ganas de ir! ¡A éste no le retendrá nada aquí por mucho tiempo, Luke! ¿Y ahora qué, venís con nosotros o lo pensáis un poco más?
Si había algo que a Lucas seguro que no lo motivaba, era salir a buscar oro con todo el grupo. Por otra parte, sin embargo, le resultaba atractivo dejar en manos de otro la organización del asunto o al menos repartirla entre varios. Era probable que algunos hombres tuvieran más experiencia como cazadores, aunque seguro que no tenían ni idea de mineralogía. Fuera como fuese, si encontraban oro, sería por puro azar y luego, con toda certeza, se producirían peleas. Lucas rechazó la oferta.
– No podemos irnos de golpe y porrazo -contestó-. Pero tarde o temprano… ¡Nos veremos, Norman!
Norman rio y se despidió con un apretón de manos que dejó los dedos de Luke doloridos por unos minutos.
– ¡Nos vemos, Luke! ¡Y es posible que para entonces seamos ricos los dos!
Se levantaron el sábado al amanecer. En efecto el señor Miller le había prestado un caballo a David, de todos modos sólo quedaba uno disponible. Así que David arrojó sobre la grupa desnuda del animal un par de alforjas y se montó detrás de Lucas. No avanzarían deprisa, pero el caballo era fuerte y el bosque de helechos, además, pronto se espesaría, de modo que no se podría ni trotar ni galopar. Lucas, que en un principio se había montado de mala gana, empezó a disfrutar del paseo a caballo. Había llovido en los días pasados, pero ese día relucía el sol. Sobre el bosque ascendían vapores de niebla, cubrían la cima de la montaña y envolvían la tierra de una luz extraña e irreal. El caballo era de paso seguro y tranquilo y Lucas disfrutaba sintiendo el cuerpo de David detrás de sí. El joven no tenía otra opción que estrecharse contra él y lo rodeaba con los brazos. Luke sentía el movimiento de sus músculos, y el roce del aliento del joven en la nuca le ponía la piel de gallina. Con el tiempo, el muchacho llegó incluso a adormilarse y hundió la cabeza en el hombro de Lucas. La niebla se disipó y el río brillaba a la luz del sol, reflejando las paredes rocosas que ahora a menudo se elevaban muy cerca de la orilla. Al final se acercaron tanto al río que era imposible proseguir y Lucas tuvo que retroceder un trecho para encontrar un lugar para iniciar el ascenso. Descubrió una especie de camino de herradura -tal vez abierto por maoríes o por anteriores buscadores de oro- por el cual podía seguir el curso del río por encima de las rocas. Avanzaron con lentitud hacia el interior. En algún lugar, expediciones anteriores habían descubierto yacimientos de oro y carbón. Cómo y con qué procedimiento seguía siendo para Lucas, de todos modos, un enigma. Para él, ahí todo tenía el mismo aspecto: un paisaje montañoso en el que había menos rocas que colinas de bosques de helechos. De vez en cuando se veían paredes que conducían a una altiplanicie, arroyos que con frecuencia desembocaban en mayores o menores cascadas en el río Buller. En alguna ocasión aparecían también playas de arena abajo, junto al río, que invitaban al descanso. Lucas se preguntaba si no habría sido mejor emprender la excursión con una canoa en lugar de a caballo. Probablemente la arena de las playas contenía también oro, pero Lucas debía asumir que no tenía conocimientos al respecto. ¡Si se hubiera interesado antes por la geología o la mineralogía en lugar de por las plantas y los insectos! Sin lugar a dudas las formaciones terrestres, la tierra o el tipo de rocas permitían deducir la presencia de oro. Pero no, ¡él no había encontrado nada mejor que hacer que dibujar wetas! Así que, lentamente, Lucas llegó a la conclusión de que las personas que se hallaban en su entorno -sobre todo Gwyneira- no estaban del todo equivocadas. Sus intereses correspondían a profesiones poco lucrativas; sin el dinero que su padre había cosechado en Kiward Station, él era un don nadie y sus posibilidades de administrar la granja con éxito siempre habían sido limitadas. Gerald estaba en lo cierto: Lucas había fracasado de plano.
Mientras que Lucas daba vueltas a tales oscuros pensamientos, David, a sus espaldas, despertó.
– ¡Eh, creo que me he dormido! -dijo con tono alegre-. Pero, Luke, ¡vaya vista! ¿Es esto Buller Gorge?
Más abajo del sendero, el río quebraba su curso entre paredes rocosas. La visión del valle fluvial y las montañas que lo rodeaban era arrebatadora.
– Lo supongo -contestó Lucas-. Pero quien haya encontrado oro por aquí, no ha colocado letreros indicadores.
– ¡Entonces hubiera sido demasiado fácil -respondió complacido David-. ¡Y seguramente ya habrían desaparecido todos, ¡con lo que hemos tardado! Oye, ¡tengo hambre! ¿Hacemos un descanso?
Lucas hizo un gesto de aprobación. Sin embargo, el camino en el que estaban no le parecía ideal para hacer una pausa; era rocoso y no había hierba para el caballo. Así que ambos acordaron seguir avanzando media hora y buscar un lugar mejor.
– Aquí no parece que haya oro -observó David-. Y si paramos, echaré un vistazo alrededor.
La paciencia de ambos pronto halló recompensa. Poco tiempo después encontraron una altiplanicie en la que no sólo crecían los siempre presentes helechos, sino también hierba abundante para el caballo. El Buller seguía su curso muy por debajo de ellos, pero justo bajo el lugar donde se habían instalado había una pequeña playa. De arena dorada.
– ¿Se le habrá ocurrido a alguien alguna vez lavarla? -David mordió el bocadillo y desarrolló la misma idea que antes se le había ocurrido a Lucas-. ¡Tal vez esté llena de pepitas!
– ¿No sería demasiado sencillo? -sonrió Lucas. El entusiasmo del joven le divertía. Pero David no deseaba dejar pasar así una oportunidad.
– ¡Justo! ¡Por eso mismo todavía no lo ha intentado nadie! ¿Qué te apuestas a que abren los ojos como platos si encontramos ahora, como si nada, un par de pepitas?
Lucas rio.
– Inténtalo en una playa a la que sea más fácil acceder. Aquí deberías saber volar para bajar.
– Otra razón más por la que nadie lo haya intentado antes. ¡Aquí, Luke, está nuestro oro! ¡Estoy totalmente convencido! ¡Voy a bajar!