En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Mientras Roger todavía hablaba, aniquiló a otro cachorro siguiendo todas las normas del oficio de cazar focas: el animal murió sin que la piel se viera dañada. Los cazadores mataban con ayuda de una estaca con la que golpeaban en la nuca de la foca. Si se derramaba sangre, era por la nariz del joven animal. A continuación se ponían a despellejarlo sin comprobar antes que realmente estuviera muerto.
Lucas Warden levantó el garrote, pero no podía, sin más, hacer de tripas corazón y apalear con él el animalito que lo miraba confiado con sus grandes ojos de niño. Y eso sin contar con los lamentos de la foca madre que oía alrededor de él. Los hombres sólo iban en busca de las pieles especialmente blancas y valiosas de los cachorros. Se desplazaban por los bancos de focas donde las madres criaban a sus vástagos y mataban a los cachorros ante las miradas maternas. Las rocas de la bahía de Tauranga ya estaban teñidas de rojo a causa de la sangre y Lucas debía luchar para no vomitar. No podía entender cómo los hombres actuaban con tal falta de sensibilidad. El sufrimiento de los animales no parecía interesarles lo más mínimo; incluso bromeaban respecto a lo pacífica e ingenuamente que las focas esperaban a sus cazadores.
Hacía tres días que Lucas se había unido al grupo, pero hasta ese momento no había matado todavía ningún animal. Al principio, los hombres no advirtieron que se limitaba a ayudar a despellejar y a poner las pieles en los coches y en las estructuras portantes. Pero ahora exigían con vehemencia que también él participara en la matanza. Lucas se sentía mal sin remedio. ¿Era esto lo que haría de él un hombre? ¿Qué es lo que había de más honorable en matar animales indefensos que en pintar y escribir? Pero Lucas no quería planteárselo más. Estaba ahí para demostrarse, decidido, que iba a hacer el mismo trabajo con el que su padre había sentado las bases de su reino. En un principio, Lucas incluso se había enrolado en un ballenero, pero había fracasado vergonzosamente. Aunque no lo asumía de buen grado, había huido, y eso que ya había firmado un contrato y el hombre que lo había reclutado le había caído muy bien…
Lucas había conocido a Copper, un hombre alto y de cabello oscuro, con el rostro anguloso y curtido por el aire libre típico de los coasters, en un pub cerca de Greymouth. Justo después de huir de Kiward Station, cuando todavía lo invadía la ira y el odio hacia Gerald hasta tal punto que apenas lograba pensar con claridad. Entonces se había precipitado hacia la costa Oeste, Eldorado de los «hombres duros» que se autodenominaban con orgullo coasters y que ganaban su sustento primero con la pesca de ballenas y la caza de focas y, más recientemente, también buscando oro. Lucas había querido mostrar a todos que sabía ganarse su propio dinero, comportarse como un «auténtico hombre» y luego, en algún momento, regresar a casa envuelto en la gloria y cargado con… ¿con qué? ¿Oro? Entonces más bien tendría que haberse armado con una pala y un tamiz y dirigirse a caballo a las montañas en lugar de enrolarse en un ballenero. Pero Lucas no había reflexionado tanto. Sólo quería estar lejos, muy lejos, a ser posible en alta mar, y quería derrotar a su padre con sus propias armas. Así que, tras una azarosa cabalgada por las montañas, había llegado a Greymouth, una colonia miserable que, salvo una taberna y un muelle, no tenía mucho que ofrecer. No obstante, en el pub había un rinconcito seco en el que Lucas podía instalarse.
Por primera vez en varios días se hallaba de nuevo bajo un techo. Las mantas todavía estaban húmedas y sucias de pernoctar al aire libre. Lucas también habría disfrutado de un baño, pero en Greymouth no estaban equipados para eso. A Lucas no le extrañaba demasiado que los «hombres auténticos» se lavaran pocas veces. En lugar de agua, fluían en abundancia la cerveza y el whisky y, tras unos pocos vasos, Lucas había explicado sus planes a Cooper. Lo animó el hecho de que el coaster no lo rechazara de inmediato.
– No tienes aspecto de cazador de ballenas -advirtió, dedicando una larga mirada a la cara delicada de Lucas y sus dulces ojos grises-. Pero tampoco pareces blando… -El hombre agarró los brazos de Lucas y percibió la musculatura-. Por qué no. Otros han aprendido a manejar un arpón. -Rio. Pero luego su mirada se volvió inquisitiva-. ¿Pero conseguirás estar solo durante dos o tres años? ¿No echarás de menos a las guapas muchachas de los puertos?
Lucas ya había oído que en la actualidad había que comprometerse por tres o cuatro años si uno se enrolaba en un ballenero. La época dorada de la pesca de la ballena, cuando era fácil encontrar cachalotes junto a las costas de la isla Sur, cuando los maoríes los pescaban incluso en canoas, había pasado. En el presente, las ballenas ya casi se habían extinguido de las proximidades de la costa. Había que navegar mar adentro para encontrarlas, lo que duraba meses, cuando no años. Sin embargo, a Lucas le daba igual. La compañía masculina incluso le resultaba tentadora, siempre que no volviera a ser el hijo del jefe, como en Kiward Station. Ya se las arreglaría; no, ¡iba a ganarse también respeto y consideración! Lucas estaba firmemente decidido y Cooper no parecía rechazarlo. Al contrario, lo trataba casi con interés, le pasó el brazo por los hombros y le dio unas palmadas con las garras de un experimentado carpintero de barco y ballenero. Lucas se avergonzó un poco de sus cuidadas manos, los pocos callos y las uñas todavía relativamente limpias. En Kiward Station los hombres se habían burlado de que se las limpiara de forma periódica, pero Cooper no hizo ningún comentario al respecto.
Lucas acabó siguiendo a su nuevo amigo hasta el barco, fue presentado al capitán y había firmado un contrato que lo ataba durante tres años al Pretty Peg, un velero panzudo y no demasiado grande que parecía tan robusto como su propietario. El capitán Robert Milford era más bien pequeño, pero un manojo de músculos. Cooper hablaba con gran respeto de él y elogiaba sus habilidades como arponero jefe. Milford saludó a Lucas con un fuerte apretón de manos, le informó acerca de su sueldo (que le pareció escandalosamente bajo) y pidió a Cooper que le asignara un camarote. El Pretty Peg zarparía pronto. Lucas todavía contaba con dos días para vender su caballo, llevar sus cosas a bordo del pesquero y ocupar un sucio catre al lado de Cooper. Todo esto respondía a sus deseos. En caso de que Gerald mandara buscarlo, llevaría largo tiempo en alta mar antes de que llegara la noticia al aislado Greymouth.
La estancia a bordo, sin embargo, pronto le decepcionó. Ya la primera noche, las pulgas que pululaban bajo cubierta le impidieron dormir; además, intentaba no marearse. Por mucho que Lucas pretendiera dominarse, su estómago se rebelaba ante el balanceo del barco sobre las olas. En el oscuro espacio interior se estaba peor que en la cubierta, así que al final probó a pasar las noches en el exterior, donde el frío y la humedad (con la mala mar la cubierta estaba empapada) pronto lo empujaron a buscar refugio. Los hombres se rieron de nuevo de él, aunque en esta ocasión no le importó tanto porque Cooper estaba manifiestamente de su parte.
– ¡Así que nuestro Luke es un señorito distinguido! -observó con un tono jovial-. Todavía tiene que acostumbrarse. ¡Pero esperad a que lo bautice el aceite de ballena! ¡Lo hará bien, hacedme caso!
Cooper estaba bien considerado entre la tripulación. No sólo era un diestro carpintero, sino también un cazador de primera clase.
A Lucas le hizo bien su amistad e incluso los furtivos contactos que Cooper parecía querer establecer no le resultaban desagradables. Tal vez Lucas habría incluso disfrutado de ellos si las condiciones higiénicas del Pretty Peg no fueran tan horrorosas. Había poca agua potable y nadie pensaba en malgastarla para lavarse. Los hombres apenas se afeitaban y carecían de ropa de repuesto. Cuando transcurrieron unas pocas noches, los cazadores y sus alojamientos olían peor que los corrales de Kiward Station. El mismo Lucas intentaba lavarse como mejor podía con agua de mar, pero era difícil y levantaba de nuevo la hilaridad entre el resto de los hombres. Lucas se sentía sucio, tenía el cuerpo repleto de picaduras de pulga y se avergonzaba de estar así. Pero no tenía por qué hacerlo: los otros hombres disfrutaban, al parecer, de su compañía y no hacían caso del mal olor de su cuerpo. Lucas era el único al que eso le molestaba.