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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¡Claro! ¡Él contento de ver a su mamá!

Pero Paul no se puso en absoluto contento. Por el contrario, rompió a llorar en cuanto Gwyn lo separó de los brazos de Kiri.

– Lo hace sin querer -murmuró Kiri turbada-. Sólo no está acostumbrado.

Gwyn meció al niño y se esforzó por vencer la impaciencia que no tardó en aflorar. Helen tenía razón, el niño no era culpable de nada. Y visto de forma objetiva, Paul era realmente un jovencito precioso. Tenía ojos grandes y claros, todavía azules y redondos como canicas. El cabello parecía estar oscureciéndosele, ondulado y rebelde, y al observar la línea noble de sus labios Gwyn se acordó de Lucas. No debería ser muy difícil amar a ese niño…, pero primero tenía que aplacar los rumores…

– A partir de ahora me lo llevaré más a menudo para que se acostumbre a mí -explicó a la perpleja pero contenta Kiri-. Y mañana me acompañará a Haldon. Puedes venir si quieres. Como su nodriza…

«Al menos así no llorará todo el tiempo», pensó Gwyn cuando el niño, ni siquiera tras pasar media hora en brazos de su propia madre, no se había tranquilizado aún. Sólo cuando lo volvió a poner junto a Marama en la cestita improvisada (Kiri siempre se hubiera llevado a los niños consigo, pero Gerald no se lo permitía durante el trabajo) el niño se calmó. Moana cantó una canción a los bebés mientras cocinaba. Entre los maoríes, cualquier mujer emparentada de la generación adecuada servía como madre.

La señora Candler y Dorothy se mostraron encantadas cuando por fin les llevaron al heredero de los Warden. La señora Candler regaló a Fleur una piruleta y no se cansó de mirar al pequeño Paul. Gwyneira no tenía la menor duda de que comprobaría que no había discapacidad física y permitió a su vieja amiga que sacara a Paul de sus mantas y paños y lo meciera en sus brazos. El pequeño estaba de buen humor. El traqueteo en el carruaje les había gustado a él y a Marama. Los dos niños habían dormido dulcemente durante el viaje y, poco antes de la llegada, Kiri los había amamantado. Ahora ambos estaban despiertos y Paul contemplaba a la señora Candler con ojos bien abiertos y curiosos. Agitaba las piernas con vigor. Así se habían barrido las dudas de las amas de casa de Haldon respecto a si el niño era tal vez disminuido. Quedaba tan sólo la pregunta sobre su origen.

– ¡El cabello oscuro! ¡Y esas pestañas largas! ¡Igual que su abuelo! -le arrulló la señora Candler.

Gwyneira señaló la forma de los labios, así como la marcada zona del mentón propia tanto de Gerald como de Lucas.

– ¿Le han llegado noticias al padre de la fortuna que ha tenido? -intervino otra mujer que interrumpió en ese momento sus compras para examinar al bebé-. ¿O todavía está…? Oh, perdón, ¡esto no es en realidad asunto mío!

Gwyneira sonrió alegre.

– ¡Pues claro que sí! Aunque todavía no hemos recibido sus felicitaciones. Mi esposo está en Inglaterra, señora Brennerman; si bien no con el consentimiento de mi suegro. De ahí tantos secretos, ya sabe. Pero a Lucas le ha llamado una conocida galería de arte para exponer allí sus obras…

No era del todo mentira. En efecto, George Greenwood había atraído el interés de varias galerías londinenses hacia Lucas; aunque Gwyn había recibido tal información después de que su esposo abandonara Kiward Station. Pero tampoco tenía por qué contarle nada a esa dama.

– Oh, es maravilloso -se alegró la señora Candler-. Y nosotros que pensábamos…, ahora ¡olvídese! ¿Y el orgulloso abuelo? ¡Los hombres han echado de menos su fiesta de celebración!

Gwyneira se forzó por mostrar una expresión relajada, aunque algo afligida.

– En los últimos tiempos, el señor Gerald no se ha sentido muy bien -declaró, lo que no se alejaba demasiado de la verdad; a fin de cuentas su suegro luchaba cada día con los efectos del whisky que había bebido la jornada anterior-. Pero claro que ha planeado celebrar una fiesta. Tal vez una gran fiesta en el jardín, el bautizo fue de lo más espartano. Y vamos a compensarlo, ¿verdad, Pauly? -Cogió de los brazos de la señora Candler al niño y dio gracias al cielo de que éste no se pusiera a llorar.

Había realmente superado el examen. La conversación se desplazó de Kiward Station a la proyectada boda entre Dorothy y el hijo menor de los Candler. Ya hacía dos años que el mayor se había casado con Francine, la joven comadrona, y el mediano estaba recorriendo mundo. La señora Candler informó de que hacía poco que había recibido una carta de él desde Sidney.

– Creo que se ha enamorado -dijo con una sonrisa pícara.

Gwyneira se alegró sinceramente por la joven pareja, aunque se imaginaba muy bien lo que le esperaba a la señora Candler. El rumor: «Leon Candler se casó con una presidiaria de Botany Bay» (lo cual aludía a la procedencia australiana de la mujer) remplazaría la menos jugosa noticia de «Lucas Werden expone en Londres» a toda velocidad.

– Envíe con toda tranquilidad a Dorothy a mi casa para el vestido de novia -se despidió amistosamente-. Le prometí en una ocasión que le prestaría el mío cuando llegara el caso.

Esperemos que al menos se ponga contenta con esto, pensaba Gwyn cuando conducía a Kiri y su familia al carro.

Sea como fuere, lo sucedido había sido un éxito.

Y ahora Gerald…

– ¡Celebraremos una fiesta! -anunció Gwyneira en cuanto hubo puesto pie en el salón. Arrancó la botella de whisky de la mano de Gerald con determinación y la guardó en el armario correspondiente-. Lo organizaremos ahora mismo y necesitas tener la cabeza clara.

Gerald ya estaba un poco achispado. Al menos con los ojos húmedos, pero todavía estaba en condiciones de seguir las explicaciones de Gwyn.

– ¿Qué… qué es lo que tenemos que celebrar? -preguntó arrastrando la lengua.

Gwyneira lo miró.

– El nacimiento de tu «nieto» -respondió-. ¡A eso se le llama «un feliz acontecimiento», si te dignas a recordarlo!, y todo Haldon está a la espera de que le des el valor que le corresponde.

– Bo… bonita fiesta… Si la ma… madre está de morros y el pa… padre anda vagando por ahí… -apuntó Gerald irónico.

– No eres del todo inocente de la falta de entusiasmo de Lucas y mío -replicó Gwyneira-. Pero ya ves que no pongo morros. Estaré presente y sonreiré, y tú leerás una carta de Lucas, quien, a pesar nuestro, todavía está en Inglaterra. ¡La cosa está que arde, Gerald! En Haldon hablan de nosotros. Se chismorrea que Paul…, bueno, que no es un Warden.

La fiesta se celebró tres semanas más tarde en el jardín de Kiward Station. De nuevo corrió el champán a raudales. Gerald se mostró campechano e hizo que dispararan una salva. Gwyneira no cesó de sonreír y reveló a los invitados que Paul se llamaba como sus dos tatarabuelos. Además de ello señaló a casi todos los miembros de la comunidad el manifiesto parecido existente entre Paul y Gerald. El mismo niño dormitaba feliz en brazos de su nodriza. Gwyn se guardaba, con toda la razón, de presentarlo ella misma. Siempre lloraba a pleno pulmón cuando ella lo cogía, y ella siempre reaccionaba enfadada e impaciente cuando así lo hacía. Reconocía que tenía que acoger a ese niño en la familia y reafirmar su posición, pero no podía experimentar unos sentimientos profundos hacia el pequeño. Paul le resultaba ajeno y, aun peor, cada vez que miraba su rostro recordaba la expresión de deseo de Gerald en esa noche nefasta de su concepción. Una vez que por fin hubo superado la celebración, la joven huyó a la cuadra para llorar desconsoladamente en las suaves crines de Igraine como había hecho de niña cuando algo parecía ya no tener remedio. Gwyneira sólo deseaba que nada hubiera ocurrido. Añoraba a James, incluso a Lucas. Seguía sin saber nada de su esposo y las pesquisas de Gerald habían sido infructuosas. El país era, simplemente, demasiado grande. Quien deseaba desaparecer, desaparecía.

8

– ¡Golpea de una vez, Luke! Una vez, con fuerza, detrás de la cabeza. ¡Ahí no nota nada!

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