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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Pero me gustaría verlo una vez -insistió Helen-. ¿Qué te pasa, Gwyn? ¿Hay algo que no va bien con el niño?

Fleurette y Ruben se habían ido a la aventura justo después de la llegada de Gwyn, los niños maoríes no asistirían hoy porque había festejos en su poblado. Helen encontraba que era el día ideal para tomar el pulso a su amiga.

Ésta sacudió indiferente la cabeza.

– ¿Qué es lo que no iba a ir bien? Lo tiene todo. Es un bebé fuerte, y por fin un niño. Ya he cumplido con mi obligación y ya he hecho lo que se esperaba de mí. -Gwyneira jugaba con la taza de té-. Y ahora, cuéntame las novedades. ¿Ha llegado por fin el órgano para la iglesia de Haldon? ¿Y cederá el reverendo ahora a que lo toques tú si no hay ningún organista varón?

– ¡Olvídate de ese absurdo órgano, Gwyn! -Helen se refugiaba fingiendo impaciencia, pero se sentía más bien desorientada-. ¡Te he preguntado por tu bebé! ¿Qué te está pasando? Hablas entusiasmada de todos los cachorros salvo de Paul. Y es tu propio hijo… ¡Tendrías que estar rebosante de alegría! ¿Y qué ocurre con el orgulloso abuelo? En Haldon ya se rumorea que pasa algo raro con el bebé porque Gerald no ha pagado ninguna ronda en el pub para celebrar el nacimiento de su nieto.

Gwyneira se encogió de hombros.

– No sé lo que piensa Gerald. ¿Podríamos ahora cambiar de tema?

En apariencia tranquila, tomó un pastelillo de té.

A Helen le hubiera gustado zarandearla.

– ¡No, no podemos, Gwyn! ¡Dime ahora mismo lo que está pasando! ¡A ti, al niño o a Gerald os ha sucedido algo! ¿Estás enfadada con Lucas porque te ha dejado?

Gwyn sacudió la cabeza.

– Bah, ya hace tiempo que lo he olvidado. Sus razones tendría.

De hecho, no sabía bien cuál era su postura frente a Lucas. Por una parte estaba enojada, porque la había dejado sola con su dilema; por otra parte entendía la huida. Pero, de todos modos, los sentimientos de Gwyneira apenas si se agitaban tras la partida de James y el nacimiento de Pauclass="underline" era como si los guardara bajo una capa de calima. Si no sentía nada, tampoco era vulnerable.

– ¿Las razones no tenían nada que ver contigo o con el bebé? -siguió hurgando Helen-. No me engañes, Gwyn, tienes que plantar cara a este asunto. De lo contrario pronto todos hablarán de ello. En Haldon ya chismorrean y los maoríes también hablan. Ya sabes que educan en colectivo a los niños, la palabra «madre» no tiene para ellos el mismo significado que para nosotros y a Kiri no le importa ocuparse también de Paul. Pero tal falta de interés como la que muestras tú por tu hijo… ¡Deberías pedir consejo a Matahorua!

Gwyn sacudió la cabeza.

– ¿Y qué habría de aconsejarme? ¿Puede hacer que vuelva Lucas? ¿Puede…? -Se interrumpió asustada. Estaba a punto de decir más de lo que nadie en el mundo debía saber.

– Quizás ella podría ayudarte a entenderte mejor con el bebé -insistió Helen-. ¿Por qué no le das de mamar? ¿No tienes leche?

– Kiri tiene leche para dos -dijo Gwyneira con desdén-. Y yo soy una lady. En Inglaterra no es habitual que las mujeres como yo amamanten a los hijos.

– ¡Estás loca, Gwyn! -Helen sacudió la cabeza. Estaba empenzado a enfadarse-. Podrías buscarte pretextos mejores. El de que es porque eres una lady nadie se lo cree. Así que otra vez: ¿se marchó Lucas porque estabas embarazada?

Gwyn sacudió la cabeza.

– Lucas no sabe nada del bebé… -dijo en voz baja.

– ¿Entonces es que lo engañaste? Es lo que se dice por Haldon, y si sigue así…

– Maldita sea, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? ¡Ese maldito niño es un Warden! -Toda la ira de Gwyneira estalló de pronto y rompió a llorar. Ella no se había merecido todo eso. Había sido sumamente discreta con la concepción de Fleur. Nadie, nadie en absoluto, dudaba de su legitimidad. ¿Y ahora el auténtico Warden iba a ser tildado de bastardo?

Helen reflexionó en profundidad mientras Gwyneira no dejaba de sollozar. Lucas no sabía nada del embarazo y, según Matahorua, los problemas que hasta entonces tenía para concebir niños residían en él. Así pues, si era un Warden el que había concebido a ese niño, entonces…

– Dios mío, Gwyn… -Helen era consciente de que nunca debía pronunciar lo que sospechaba, pero veía la escena ante sí con claridad. Gerald Warden debía de haber dejado embarazada a Gwyneira, y no parecía que eso hubiera sucedido con el consentimiento de ella. Abrazó a su amiga para consolarla-. Oh, Gwyn, qué tonta he sido. Lo debería de haber sabido enseguida. Y, sin embargo, te he atormentado con una avalancha de preguntas. ¡Pero tú…, tú debes olvidarlo ahora! Es igual el modo en que haya sido concebido Paul. ¡Es tu hijo!

– ¡Lo odio! -dijo sollozando Gwyneira.

Helen sacudió la cabeza.

– Qué tontería. No puedes odiar a un niño pequeño. Sea lo que sea lo que haya sucedido, Paul no tiene nada que ver con ello. Tiene derecho a su madre, Gwyn. Igual que Fleur y Ruben. ¿Crees que disfruté especialmente con su concepción?

– ¡Lo hiciste por propia voluntad! -le gritó encolerizada Gwyn.

– Al niño le da igual. Por favor, Gwyn, inténtalo al menos. Tráete al niño, preséntaselo a las mujeres de Haldon, enorgullécete un poco de él. Después ya surgirá el amor.

A Gwyneira le había sentado bien llorar y se sentía aliviada de que Helen supiera lo sucedido y no la juzgara. Era evidente que en ningún momento su amiga había supuesto que Gwyn se hubiera unido de forma voluntaria a Gerald: una pesadilla que la perseguía desde que supo que estaba embarazada. Desde la partida de James corría ese rumor en la cuadra y Gwyn sólo se alegraba de que al menos eso no hubiera llegado a sus oídos. No hubiera soportado que James le hiciera preguntas al respecto. Pese a que el «carácter de criadora» de Gwyn le permitía seguir perfectamente el razonamiento que inducía a trabajadores y amigos a esa suposición. Después de que el fracaso de Lucas fuera evidente, concebir al heredero con Gerald habría sido una solución del todo natural. Gwyn se preguntaba por qué cuando buscaba padre para su primer hijo no se le había ocurrido esa idea…, tal vez porque el padre de Lucas era tan agresivo con ella que temía quedarse a solas o conversar con él. Pero el mismo Gerald debería de haber dado vueltas a esta idea con frecuencia y tal vez ahí residía la razón de que bebiera y estuviera resentido: quizá todo eso había servido para no dar rienda suelta al deseo prohibido y la escandalosa idea de concebir sin más ni más, él mismo, a su propio «nieto».

Gwyn estaba profundamente sumida en sus pensamientos cuando condujo el carro a su casa. Por suerte, no tenía que encargarse de Fleur: la niña cabalgaba orgullosa y feliz junto al carro. George Greenwood había regalado al pequeño Paul, con motivo de su bautismo, un poni. Debía de haber planeado con tiempo pedir la yegua en Inglaterra, en cuanto se enteró del embarazo de Gwyn. Fleurette, por supuesto, había acaparado el caballito de inmediato y desde el primer momento se había entendido con él estupendamente. No cabía duda de que no se desprendería de él cuando Paul creciera. Gwyn tendría que inventarse algo, pero tenía tiempo por delante. Primero debía solucionar el problema de que en Haldon se considerase a Paul un bastardo. Había que evitar los cotilleos en torno al heredero de los Warden. Gwyneira debía defender su honor y el de su familia.

Cuando por fin llegó a Kiward Station, se dirigió sin demora a sus estancias y buscó al niño. Tal como esperaba, encontró la cuna vacía. Tras algunos intentos vanos, descubrió a Kiri en la cocina con un bebé en cada pecho.

Gwyn forzó una sonrisa.

– Ahí está mi niño -dijo afectuosa-. Cuando esté listo, Kiri, ¿podría yo…, podría tenerlo un rato en brazos?

Si Kiri encontró ese deseo raro, no lo dejó entrever. En lugar de ello, sonrió radiante a Gwyn.

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