La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Mis amigos en la ciudad decidieron que debía presentar mi candidatura para un cargo público. Para ser más exactos, querían que ocupara el cargo de fiscal del Estado. No es un cargo de gran envergadura, pero mi candidatura era una forma de anunciar que había vuelto al ruedo político.
Para explicarme dicho plan, Camille y su esposa llegaron a Arcis cargados con unas bolsas repletas de recortes de prensa, cartas y panfletos, y los últimos rumores que circulan por la capital. Gabrielle saludó a Lucile con escaso entusiasmo. Estaba en el sexto mes de su embarazo, cansada y poco atractiva. Lucile, naturalmente, se presentó con un guardarropa completo de prendas adecuadas para el campo. Cada día está más guapa, pero, como dice Anne Madeleine, excesivamente delgada.
Mi familia, que consideraban a los parisienses parecidos a los pieles rojas, los recibieron educada pero fríamente. Luego, al cabo de un par de días, Anne Madeleine simplemente los agregó a sus cinco hijos, a quienes daba de comer cuando tenían hambre y llevaba a marchas forzadas por el campo para domesticarlos. Un día, después de cenar, Lucile comentó que creía estar embarazada. Mi madre miró a Camille y contestó que no le parecía probable. En aquel momento decidí que había llegado el momento de regresar a París.
– ¿Cuándo regresarás a casa? -preguntó Anne Madeleine a su hermano.
– Dentro de unos meses, para que conozcáis al niño.
– Quiero decir para siempre.
– La situación del país…
– ¿Qué tiene eso que ver con nosotros?
– En París ocupo una cierta posición.
– Sólo nos dijiste que eras abogado, Georges-Jacques.
– En el fondo es lo que soy.
– Supusimos que cobrarías unos honorarios muy elevados en París. Pensamos que debías ser el abogado más importante del país.
– No tanto.
– Pero eres un hombre importante. No sabíamos a qué te dedicabas.
– ¿A qué me dedico? No hagas caso de Camille, exagera.
– ¿No tienes miedo?
– ¿De qué?
– Tuviste que huir. ¿Qué sucederá la próxima vez cuando las cosas se compliquen? La gente como nosotros puede permanecer en la cumbre durante uno o dos años, pero la popularidad no es eterna.
– Nosotros pretendemos cambiar las cosas.
– ¿No podrías regresar ahora? Tienes tierras, tienes cuanto deseas. Regresa con tu esposa y deja que tus hijos se críen con los míos, como debe ser, y trae a esa joven para que dé a luz aquí. ¿Ese niño es tuyo, Georges?
– ¿El hijo de Lucile? Por supuesto que no.
– Lo digo por la forma en que la mirabas. ¿Cómo voy a saber lo que sucede en París?
Me presenté a las elecciones y fui derrotado por un hombre llamado Gerville. Al cabo de unos días Gerville fue nombrado ministro del Interior, lo cual me allanó el camino. En las siguientes elecciones mi rival fue Collot d’Herbois, un dramaturgo de escaso éxito, al que supongo que debo considerar mi camarada revolucionario. Puede que los electores duden de mi capacidad para ocupar el cargo, pero Collot posee el juicio de un perro rabioso. Obtuve una amplia mayoría.
Piensen lo que quieran. Mis rivales dicen, entre otras cosas, que la Corte influyó en mi victoria. Puesto que Luis Capeto conserva la prerrogativa de nombrar a sus ministros, es lógico que así fuera.
Para expresarlo de otro modo, dicen que «estoy en la nómina de la Corte». Es una afirmación un tanto vaga, una acusación imprecisa, y a menos que puedan aportar nombres, fechas y cifras concretas, no me siento obligado a hacer comentario alguno. Pero si le preguntan a Robespierre, les asegurará que soy un hombre íntegro. Hoy en día ésa es la mejor garantía. Dado su conocido temor al dinero, lo llaman el Incorruptible.
Si mi figura les inspira simpatía, consideren una feliz coincidencia el nombramiento de Gerville como ministro del Interior. En caso contrario, consuélense pensando que a mi amigo Legendre le ofrecieron una importante cantidad de dinero por cortarme el cuello. Me lo contó el mismo Legendre, lo que demuestra que debió ver ciertas ventajas a largo plazo que le llevaron a rechazar la sustanciosa oferta.
Mi nuevo salario resultó muy útil, y mi estatus como destacado funcionario público me dio prestigio. Supuse que mi mujer y yo podíamos gastar un poco de dinero sin levantar críticas (qué equivocado estaba), de modo que mantuve a Gabrielle ocupada durante las últimas semanas de su embarazo eligiendo alfombras, una nueva vajilla y un nuevo servicio de té para nuestra vivienda, que acabamos de redecorar.
Pero imagino que no les interesan los detalles sobre nuestra nueva mesa de comedor, sino saber quiénes ocupan los escaños de la nueva Asamblea. Abogados, por supuesto. Terratenientes, como yo mismo. A la derecha, los partidarios de Lafayette. En el centro, un nutrido grupo independiente. A la izquierda están los que nos interesan. Mi buen amigo Hérault de Séchelles es diputado, y hemos reclutado a unos cuantos hombres para el Club de los Cordeliers. Brissot está entre los elegidos para París, y muchos de sus amigos aspiran a ocupar importantes cargos públicos.
Debo hacer una aclaración sobre los «amigos de Brissot». Es incorrecto llamarlos así puesto que muchos de ellos no pueden ver a Brissot ni en pintura. Pero formar parte «del grupo de Brissot» constituye una etiqueta que nos resulta muy útil. En la vieja Asamblea, Mirabeau solía señalar a la izquierda y gritar: «¡Silencio, esas sucias voces!» Robespierre me confió un día que convendría que todos los «amigos de Brissot» se sentaran juntos en el Club de los Jacobinos, de modo que nosotros pudiéramos hacer lo mismo.
¿Queremos silenciarlos? No lo sé. Si pudiéramos resolver de una vez por todas el absurdo dilema de guerra o paz -lo cual no es sencillo- apenas existiría nada que nos dividiera. Hay un gran número de hombres excepcionales de la región de la Gironda, entre ellos los abogados más importantes de Burdeos. Pierre Vergniaud es un excelente orador, el mejor de la Asamblea, si bien posee un tipo de oratoria un tanto anticuada, muy distinta de nuestro agresivo estilo.
Como es lógico, los «amigos de Brissot» están también fuera de la Asamblea. Está Pétion -que actualmente ocupa el cargo de alcalde, como ya he dicho- y Jean-Baptiste Louvet, el novelista, que ahora escribe para varios periódicos, y supongo que recordarán a François Buzot, el joven taciturno que se sentaba con Robespierre en el extremo izquierdo de la vieja Asamblea. Entre ellos poseen varios periódicos, así como numerosos cargos de influencia en la Comuna y en el Club de los Jacobinos. No alcanzo a comprender qué hacen con Brissot, a menos que necesiten su energía nerviosa como fuerza motriz. Está aquí, allá, expresa una opinión instantánea, ofrece un apresurado análisis, redacta un editorial en un abrir y cerrar de ojos. Siempre se halla ocupado organizando un comité, lanzando un proyecto, trazando un plan, siguiendo la pista de algo, sin descansar un instante. Un día vi a Vergniaud, un hombre alto y sosegado, observándolo bajo sus pobladas cejas mientras dejaba escapar un suspiro de cansancio. Lo entiendo perfectamente. En ocasiones, Camille también me agota. Pero debo reconocer que Camille, incluso en las circunstancias más difíciles, sabe hacerme reír. Incluso es capaz de hacer reír al Incorruptible. Sí, lo he visto con mis propios ojos, y Fréron asegura que él también ha visto al Incorruptible reír a mandíbula batiente mientras por sus mejillas se deslizaban unos gruesos lagrimones.
No pretendo insinuar que el grupo de Brissot constituya algo tan definitivo como un partido. Pero se ven con frecuencia y llevan una intensa vida «de salón». El verano pasado solían reunirse en casa de un viejo estúpido llamado Roland, un provinciano casado con una mujer bastante más joven que él. Su esposa resultaría pasablemente atractiva de no ser por su incesante ardor. Es el tipo de mujer a la que gusta rodearse de muchachos jóvenes y coquetear con ellos para suscitar sus celos. Es probable que ponga los cuernos a su marido, aunque dudo que sea ése su objetivo principal. No son sus apetitos carnales los que desea satisfacer. Al menos, eso creo. Por fortuna, no la conozco bien.