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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¿De veras? -El juez se inclinó hacia adelante; le gustaba discutir sobre generalidades-. Dado que parece haber borrado a la Iglesia del asunto, ¿quién se encargará de que los hombres sean como deben ser si no la ley?

– ¿Quién dice cómo deben ser los hombres?

– Si la gente elige a sus legisladores -cosa que hoy en día pueden hacer- ¿acaso no les asignan esa tarea?

– Pero si el pueblo y sus diputados están formados por una sociedad corrupta, ¿cómo van a ser capaces de tomar las decisiones adecuadas? ¿Cómo podrán formar a una sociedad moral cuando ni siquiera saben lo que eso significa?

– Me temo que llegaremos tarde a casa -dijo el juez-. Responder adecuadamente a esa pregunta nos llevaría seis meses. Según usted, la cuestión estriba en cómo vamos a ser buenos si somos malos…

– Antes solíamos conseguirlo por mediación de la gracia divina. Pero en la nueva constitución eso no está previsto.

– Creí que todos ustedes se habían propuesto regenerar a la humanidad -comentó el juez-. ¿No le preocupa no coincidir con sus amigos?

– Desde la Revolución, uno puede disentir, ¿no es cierto?

Camille parecía aguardar una respuesta. El juez estaba desconcertado.

II. El retrato de Danton

(1791)

Georges-Jacques Danton: «La reputación es una puta, y los que hablan sobre la posteridad son unos hipócritas y unos imbéciles.»

Tenemos un problema. No estaba previsto que este personaje participara en la narración. Pero el tiempo apremia; los hechos se suceden sin solución de continuidad, y dentro de poco más de dos años habrá muerto.

Danton no solía escribir. Es posible que se presentara en los tribunales con unas notas; hemos descrito tales ocasiones, ficticias pero probables. Los expedientes de esos casos se han perdido. No escribía diarios, y pocas cartas, a menos que escribiera el tipo de cartas que uno rompe en cuanto las recibe. Desconfiaba de lo que pudiera anotar en un papel pues cabía la posibilidad que más tarde cambiara de opinión. Exponía su criterio ante las mesas del comité, adornadas con la bandera tricolor, mientras otros redactaban las actas. Si era preciso abordar una cuestión en el Club de los Jacobinos, o dar rienda suelta a su ira patriótica en el de los cordeliers, el público debía aguardar hasta el sábado para hallar un resumen de sus invectivas, bastante retocadas, entre las páginas del periódico de Camille Desmoulins. En los momentos de mayor agitación -que eran frecuentes- se improvisaban nuevas ediciones que aparecían dos veces a la semana, o incluso a diario. Según Danton, la faceta más singular del carácter de Camille era su afán de escribir en todas las superficies en blanco que caían en sus manos; cuando daba con un pedazo de papel, virgen e impoluto, lo perseguía hasta cubrirlo de garabatos, y luego buscaba otro, y otro más, entre la montaña de papeles que había sobre su mesa.

Desde la matanza de los Campos de Marte, el periódico ha dejado de publicarse. Camille dice que está harto de fechas tope, de berrinches y de erratas de imprenta; su compulsión de escribir va por libre. Pero ello no representa un obstáculo pues todas las semanas sigue escribiendo tantas palabras como las que pronuncia Danton. Entre ahora y el fin de su carrera, Danton pronunciará montones de discursos, algunos de varias horas de duración. Improvisa a medida que habla. Quizá puedan oír su voz.

Regresé de Inglaterra en septiembre. La amnistía fue el último acto de la vieja Asamblea Nacional. Según dijeron, debíamos inaugurar la nueva era con un espíritu de reconciliación, o una majadería similar. No tardarán en comprobar el resultado.

Los acontecimientos del verano habían perjudicado seriamente a los patriotas, y regresé a un París monárquico. El Rey y su esposa aparecieron de nuevo en público y fueron vitoreados y aclamados. No soy rencoroso; prefiero ser amable. Huelga decir que mis amigos del Club de los Cordeliers sustentaban unas opiniones muy distintas. Hemos recorrido un largo camino desde 1788, cuando los únicos republicanos que conocía eran Billaud-Varennes y mi querido e impulsivo Camille.

La marcha de Lafayette de la capital suscitó grandes manifestaciones de júbilo, a mi juicio prematuras. (Lo lamento, no consigo acostumbrarme a llamarlo Mottié.) De haber emigrado, yo mismo hubiera ordenado tres días de fuegos artificiales y amor libre en nuestra orilla del río; pero Lafayette está con los Ejércitos, y cuando estalle la guerra, lo cual sucederá dentro de seis o nueve meses, tendremos que convertirlo de nuevo en un héroe nacional.

En octubre nuestro empalagoso patriota Jérôme Pétion fue nombrado alcalde de París. El otro candidato era Lafayette. La esposa del Rey detesta al general hasta tal punto que removió ciclo y tierra para conseguir que fuera nombrado Pétion, un republicano. Esto demuestra la total incompetencia de las mujeres en materia política.

Es posible que Pétion esté en la nómina de algún monárquico que yo desconozco. Nada es imposible en estos tiempos. Sigue convencido de que la hermana del Rey se enamoró de él durante el regreso de Varennes. Se ha puesto en ridículo. Me sorprende que Robespierre, que no tolera esas cosas, no le haya amonestado. La nueva consigna popular es «¡Pétion o la muerte!» Camille se ganó numerosas miradas de reproche en el Club de los Jacobinos cuando observó en voz alta: «Viene a ser lo mismo.»

Su repentino auge ha ofuscado a Jérôme, que tuvo la ocurrencia de recibir a Robespierre como si se tratara de un alto dignatario y le obligó a asistir a un banquete. Hace poco Camille dijo a Robespierre: «Ven a cenar, tenemos un champán maravilloso.» A lo que Robespierre contestó: «El champán es el veneno de la libertad.» ¡Hombre, ésa no es forma de responder a un viejo amigo!

Mi derrota en las elecciones para la nueva Asamblea me disgustó. Fue debida -disculpen si me expreso como Robespierre- a la cantidad de gente que tengo en mi contra, y a que no conseguimos enmendar la cláusula de inmunidad parlamentaria. Si pidiera el voto al hombre de la calle, podría ser Rey.

Y yo nunca afirmo nada que no sea capaz de demostrar.

Me disgustó por mí mismo y por mis amigos. Se habían esforzado en apoyarme -Camille, por supuesto, y sobre todo Fabre-, pues actualmente represento el único cauce de expresión del genio que debía inundar nuestra época. Pobre Fabre, pero es útil y, a su manera, muy hábil. Y totalmente consagrado al progreso de Danton, un rasgo que le honra.

Deseaba ser diputado para serles útil. Me refiero a que les habría ayudado a realizar sus ambiciones políticas y a aumentar sus ingresos. No finjan escandalizarse. Les aseguro, como dicen nuestras esposas, que siempre ha sido así. Nadie aspira a alcanzar un cargo público a menos que exista una recompensa.

Después de las elecciones pasé un tiempo en Arcis. Gabrielle iba a dar a luz en febrero, y necesitaba descansar. En Arcis no hay nada que hacer excepto ocuparse de las labores agrícolas, lo cual, que yo sepa, no la seduce lo más mínimo. Así pues me pareció oportuno ausentarme una temporada. Robespierre estaba en Arras (puliendo su acento provinciano, supongo) y pensé que si él podía abandonar su puesto yo también podía hacerlo. París no es un lugar especialmente agradable. Brissot, que tiene muchos amigos en la nueva Asamblea, estaba ocupado recabando apoyo para una política de guerra contra las potencias europeas, una política tan arriesgada e ineficaz que me mostré de lo más elocuente cuando discutí con él sobre ese asunto.

Tengo bajo mi techo en Arcis a mi madre, mi padrastro, mi hermana soltera, Pierrette, mi vieja nodriza, mi tía abuela, mi hermana Anne-Madeleine, su marido Pierre y sus cinco hijos. En mi casa hay un constante ajetreo, pero me satisface poder ocuparme de mi familia. He firmado cinco contratos de compra de terrenos, incluyendo un terreno boscoso, he arrendado una granja y he comprado más ganado. Cuando estoy en Arcis, no siento deseos de regresar a París.

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