La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Me gustaría charlar contigo de manera informal -dije-. Estoy cansado de hablar en sitios públicos, de no tener ocasión de conocerte mejor. Ven a cenar esta noche.
– Te lo agradezco -respondió-, pero estoy muy ocupado. Podemos vernos en casa de Maurice Duplay.
Tras esas palabras se marchó, el hombre razonable, mientras su perro le seguía escaleras abajo gruñendo en la penumbra.
Me sentía deprimido. Cuando Robespierre dice que detesta la idea de la guerra, se trata de una reacción emocional, a las cuales no soy inmune. Comparto su desconfianza hacia los soldados; somos recelosos y envidiosos como sólo pueden serlo los escritores. Día a día, el movimiento en favor de la guerra adquiere mayor intensidad. Debemos ser los primeros en atacar, dicen, antes de que nos ataquen. En cuanto comiencen a batir los tambores, será imposible razonar con ellos. Confieso que si debo asumir una postura contra corriente, prefiero hacerlo junto a Robespierre. Puede que bromee a expensas suyas, pero conozco su energía y su honestidad.
Sin embargo… Cuando siente algo en su corazón, se sienta para descifrar la lógica de ese sentimiento en su mente. Luego nos asegura que la parte mental fue anterior a la otra, y nosotros le creemos.
Fui a verlo a casa de Duplay, pero primero envié a Camille a echar un vistazo. El maestro carpintero lo había ocultado cuando estaba en peligro, y todos supusimos que cuando la situación se normalizara, etcétera…, pero lo cierto es que se quedó en su casa.
Tras cerrar la puerta que daba a la rue Saint-Honoré, entré en casa de Duplay, un lugar tranquilo, casi rural. El patio estaba lleno de operarios, pero éstos se movían discretamente y soplaba una brisa fresca y pura. Maximilien ocupaba una habitación en la primera planta, sencilla pero agradable. No me fijé en los muebles, supongo que no tendrían nada de particular. Cuando fui a verlo me mostró una amplia estantería, nueva y bien acabada, aunque algo tosca.
– Me la ha hecho Maurice -dijo con aire de satisfacción.
Examiné los libros. Prácticamente todas las obras de Jean-Jacques Rousseau, junto a otros autores modernos y unas viejas ediciones de Cicerón y Tácito. Me pregunté si en caso de que estallara la guerra tendría que ocultar mis volúmenes de Shakespeare y Adam Smith. Deduje que Robespierre no lee otra lengua moderna que la suya, lo cual es una lástima. A Camille las lenguas modernas no le merecen el menor respeto; está estudiando hebreo y busca a alguien que le dé clases de sánscrito.
Camille me había advertido sobre los Duplay.
– Son… una gente… espantosa -dijo. Pero aquel día fingía ser Hérault de Séchelles, de modo que no le hice caso-. En primer lugar está Maurice, el paterfamilias. Tiene entre cincuenta y cincuenta y cinco años, es calvo y terriblemente serio. Temo que sólo consiga sacar lo peor de nuestro querido Robespierre. La mujer es extraordinariamente poco agraciada. Luego hay un hijo llamado también Maurice, y un sobrino, Simón, ambos jóvenes y completamente imbéciles.
– Háblame de las tres hijas -dije-. ¿Son atractivas?
Camille soltó un aristocrático gemido.
– Victoire parece un mueble. No abrió la boca…
– No me sorprende. Cuando te pones hablar no hay quien meta baza -contestó Lucile con aire divertido.
– Luego está la pequeña, Elisabeth -la llaman Babette-, que resulta tolerable si te gustan las bobaliconas. Y por último está la mayor, que me siento incapaz de describir.
No era cierto, por supuesto. Al parecer, Eléonore era una joven feúcha, simple y pretenciosa; estudiaba bellas artes con David, y prefería el clásico nombre de «Cornélia» al suyo propio. Confieso que ese detalle me pareció risible.
A fin de redondear el cuadro, Camille comentó que las cortinas de la habitación de Robespierre parecían estar hechas con uno de los viejos vestidos de la señora Duplay, pues eran del tipo de tejido que una mujer como ella elegiría para su vestimenta personal. Camille siguió hablando de los Duplay durante varios días, pero no conseguí sacar nada en limpio.
Supongo que son buena gente, que se han esforzado en alcanzar una posición acomodada. Duplay es un ferviente patriota que no teme hablar claro en el Club de los Jacobinos, aunque no se jacta de ello. Maximilien parece sentirse a gusto en su casa. En cuanto pudo abandonó su cargo de fiscal del Estado, aduciendo que le impedía ocuparse de otros trabajos. Actualmente no tiene despacho, ni sueldo, y deduzco que debe vivir de sus ahorros. Tengo entendido que ciertos patriotas ricos y desinteresados le remiten de vez en cuando dinero, que él, por supuesto, se apresura a devolver junto con una nota de agradecimiento.
En cuanto a las hijas, la que según Camille parece un mueble es muy tímida, y Babette posee cierto atractivo adolescente. Reconozco que Eléonore…
Procuran que Robespierre se sienta a gusto en su casa, de lo que me alegro sinceramente. Es un confort un tanto austero comparado con el nivel al que estamos acostumbrados; me temo que hace que mostremos nuestro lado menos favorable cuando nos burlamos de los Duplay y, según dice Camille, de su «comida buena y sencilla, y sus hijas simples y feas».
Posteriormente observé algo extraño en el ambiente de aquella casa. Algunos de nosotros nos reímos cuando los Duplay empezaron a coleccionar retratos de su nuevo hijo para decorar sus paredes, y Fréron me preguntó si no me parecía extraordinariamente vanidoso por parte de Robespierre el permitirlo. Supongo que a todos nos gusta que nos hagan nuestro retrato, incluso a mí, que no soy precisamente el sueño de un pintor. Pero eso era distinto. Cuando me sentaba con Robespierre en el pequeño cuarto de estar, donde a veces recibía a las visitas, me sentía observado no sólo por su persona en carne y hueso sino por multitud de imágenes pintadas al óleo, dibujadas al carbón y bustos tridimensionales en barro cocido. Cada vez que iba a verlo -lo que no sucedía a menudo- me encontraba con un nuevo retrato suyo. Me sentía francamente incómodo, no sólo por los retratos y a los bustos sino por la forma en que los Duplay lo miraban. Comprendo que se sintieran orgullosos de alojar en su casa a un personaje famoso, pero me chocaba que todos ellos, el padre, la madre, el joven Maurice, Simón, Victoire, Eléonore y Babette lo contemplaran con auténtica devoción. Yo que él me preguntaría qué pretende esa gente de mí y qué perdería si se lo concedo.
Toda melancolía que pudiéramos sentir hacia fines de 1791 quedó disipada por la continua y divertida comedia que representa el abogado Desmoulins ante los tribunales.
Él y Lucile gastan mucho dinero, aunque, como la mayoría de los patriotas, tienen pocos sirvientes y se han desembarazado del carruaje para no ser criticados. (Yo sí tengo un carruaje; confieso que el confort personal me preocupa más que la aprobación de las masas.) ¿Que qué hacen con el dinero? Invitan con frecuencia a cenar a sus amigos; Camille es aficionado al juego, y Lolotte lo gasta en las cosas en que suelen gastarlo las mujeres. Sin embargo, el regreso de Camille al ejercicio de la abogacía se debió no tanto a la falta de dinero como a la necesidad de exhibirse en una nueva arena.
En los viejos tiempos, Camille afirmaba que su tartamudeo era un serio obstáculo en su profesión. Hasta que uno se acostumbraba a ello puede resultar violento, irritante o embarazoso. Pero, como bien dice Hérault, Camille ha conseguido arrancar unos sorprendentes veredictos a los aturullados jueces. En más de una ocasión he observado que el tartamudeo de Camille aparece y desaparece. Desaparece cuando está enojado o desea hacer hincapié en algo; aparece cuando cree que alguien pretende abusar de su buena fe, o cuando desea demostrar que es una buena persona, aunque un tanto torpe. Al cabo de ocho años de amistad, en ocasiones asume esa actitud conmigo y espera que yo le crea, lo cual demuestra su natural optimismo. No sin cierto éxito, debo confesarlo; hay días en que me divierte tanto su fingida torpeza que incluso le abro las puertas.
Todo transcurrió normalmente hasta Año Nuevo, cuando Camille se hizo cargo de la defensa de la pareja implicada en el asunto del casino del Passage Radziwill. Camille protestó por la injerencia del Estado en lo que consideraba una cuestión moral estrictamente privada; no sólo dio a conocer públicamente su opinión sino que la exhibió en unas pancartas colocadas en toda la ciudad. Brissot -un hombre con una lamentable vocación de entrometido, tanto en su filosofía política como en su vida privada- se sintió indignado por el asunto. Atacó a Camille verbalmente y ordenó a uno de sus colaboradores que lo atacara en la prensa. Camille declaró que hundiría a Brissot.