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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Escribiré su autobiografía -dijo-. No necesito adornar los hechos. Es un plagiario y un espía, y si hasta ahora no he hecho esas revelaciones ha sido por sentimentalismo y un profundo sentido de la amistad.

– Mentira -respondí-. No lo has hecho por temor a lo que él pudiera revelar sobre ti.

– Cuando lo haya aplastado… -dijo Camille.

Llegados a este punto, decidí intervenir. Puede que no estemos de acuerdo en la cuestión de la guerra, pero si queremos alcanzar un poder político formal, debemos reconocer que nuestros aliados naturales son Brissot y los hombres de la Gironda.

Permítanme arrojar más luz sobre la vida privada de Camille. La promesa de fidelidad a Lucile duró unos tres meses, aunque por sus vagas afirmaciones deduzco que no está enamorado de otra mujer y que volvería a hacer lo que hizo para casarse con ella. Ni él ni ella muestran la típica frialdad de las personas que están aburridas la una de la otra; por el contrario, dan la impresión de una joven pareja acomodada, pletórica de vitalidad, que se divierte de lo lindo. A Lucile le gusta ejercer sus poderes sobre todos los hombres atractivos, e incluso sobre los que, como yo, no podemos ser descritos como tales. Tiene a Fréron y a Hérault embelesados. ¿Recuerdan ustedes al general Dillon, al romántico irlandés tan amigo de Camille? En ocasiones Camille lo lleva a casa después de una partida -el general comparte su pasión por el juego- y se lo entrega a Lucile como si fuera el más maravilloso regalo, lo cual es cierto, pues Dillon, junto con Hérault, es considerado uno de los hombres más apuestos de París, además de elegante, amable y educado. Aparte de la satisfacción que proporciona a Lucile coquetear con sus admiradores, imagino que alguien -tal vez la perversa Rémy- la ha asegurado que el medio de retener a un marido infiel es darle celos. Si ésa es su idea, ha fracasado estrepitosamente. Fíjense en esta conversación:

Lucile: Hérault trató de besarme.

Camille: No me extraña, has estado coqueteando con él. ¿Dejaste que lo hiciera?

Lucile: No.

Camille: ¿Por qué?

Lucile: Porque tiene papada.

¿Qué son entonces? ¿Una simpática, fría y amoral pareja que ha decidido no complicarse mutuamente la vida? No es eso lo que ustedes pensarían si vivieran en nuestra calle, ni lo que pensarían si vivieran en la casa de al lado. A mi juicio han apostado muy alto y ambos vigilan al otro esperando que le fallen los nervios y abandone la partida. Lo cierto es que cuantos más admiradores colecciona Lucile, más parece divertirse Camille. ¿Por qué? Me temo que tendrán ustedes que suplir con su imaginación las deficiencias de la mía. Al fin y al cabo, ya deberían conocerlos.

En cuanto a mí, bueno, espero que les guste mi esposa, a quien la mayoría de la gente encuentra encantadora. Nuestras pequeñas actrices -Rémy y sus amigas- son tan acomodaticias y agradables que Gabrielle puede permitirse el lujo de ignorarlas. Jamás cruzan el umbral de esta casa. Por otra parte, ¿de qué podría acusarlas Gabrielle? No son unas prostitutas, ni mucho menos; se escandalizarían si les ofrecieran dinero. Lo que les gusta es salir y que les hagan regalos, y ser vistas del brazo de personajes cuyos nombres aparecen en la prensa. Como suele decir mi hermana Anne Madeleine, las personas como nosotros tenemos nuestro momento, y cuando ese momento pase y nos olviden, se pasearán del brazo de otros hombres. Me gustan esas chicas. Porque me gustan las personas que no se hacen ilusiones.

Tengo que hablarles un día de Rémy, siquiera como un gesto de amistad hacia Fabre, Hérault y Camille.

Debo decir, en mi descargo, que durante mucho tiempo fui fiel a Gabrielle; pero en estos tiempos no abunda la fidelidad. Recuerdo con frecuencia todo lo que hemos vivido juntos, el profundo y sincero amor que siento hacia ella; la amabilidad de sus padres, y el niño que enterramos. Pero también recuerdo su tono de frío reproche, sus impenetrables silencios. Un hombre tiene que realizar el trabajo que se le ha encomendado, y debe hacerlo como juzgue conveniente, y (al igual que las actrices) debe adaptarse a los tiempos en que vive; Gabrielle esto no lo comprende. Lo que me enoja es su aire de víctima. Dios sabe que jamás la he maltratado.

Así pues, frecuento a algunas actrices y amigas del duque. Quizá crean ustedes que presumo de conquistador. Con la señora Elliot mantengo simplemente una relación de negocios. Hablamos de política, de política inglesa aplicada a los asuntos de Francia. Pero últimamente he observado un calor especial en el tono de voz y en la mirada de Grace. Es una consumada actriz; no creo que me encuentre insoportable.

Con Agnès es distinto. La visito cuando el duque se halla fuera de la ciudad. Cuando el duque sospecha que me gustaría ver a Agnès, se ausenta de la ciudad. Es un arreglo que funciona a las mil maravillas, tanto es así que parece urdido por el propio Laclos, salvo que éste ha caído en desgracia y se encuentra exiliado en provincias. ¿Pero por qué tendría que dejarse conquistar la amante de un príncipe de la sangre -un auténtico personaje de novela- por un abogado que goza de pésima reputación, gordo y feo como el pecado?

Porque el duque prevé que en el futuro necesitará a un amigo: a Danton.

Sin embargo, confieso que me cuesta dejar de pensar en Lucile. Es una muchacha llena de pasión, sentido del humor e inteligencia. Ella tampoco goza de buen nombre. Todos creen que es mi amante, y no tardará en serlo; a diferencia de sus otros admiradores, no tolero que se burlen de mí.

Dentro de unas semanas Gabrielle me dará otro hijo. Celebraremos el feliz acontecimiento y nos reconciliaremos, lo cual significa que Gabrielle aceptará la situación. Cuando Lucile haya tenido el niño -que es hijo de su marido-, Camille y yo llegaremos a un acuerdo, lo cual no nos resultará demasiado difícil. Creo que 1792 será probablemente mi año.

En enero pasaré a ocupar el cargo de fiscal del Estado.

Confío en tener ocasión de volver a dialogar con ustedes.

III. Tres cuchillas, dos de reserva

(1791-1792)

Luis XVI a Federico Guillermo df Prusia

Señor, he escrito al Emperador, a la emperatriz de Rusia y a los reyes de España y Suecia para proponerles un congreso de las principales potencias de Europa, respaldado por una fuerza armada, como medio de controlar a las facciones que han brotado aquí, restablecer el orden e impedir que el mal que nos atormenta se apodere de otros estados europeos. Confío en que Su Majestad mantendrá esta iniciativa mía en el más estricto secreto.

J.-P. Brissot al Club de los Jacobinos, 16 de diciembre de 1791

Un pueblo que ha alcanzado la libertad al cabo de doce siglos de esclavitud necesita una guerra para consolidarse.

María Antonieta a Axel von Fersen

Son unos imbéciles. No comprenden que eso nos beneficiaría.

Gabrielle empezó a sentir los dolores de parto en plena noche, una semana antes de lo previsto. Georges-Jacques la oyó levantarse, y al abrir los ojos la vio junto a su cama.

– Ya ha empezado -dijo Gabrielle-. Avisa a Catherine. No creo que el niño tarde en nacer.

Georges se incorporó y la abrazó. La luz de las velas se reflejaba en el cabello oscuro de Gabrielle. Ella le acarició la cabeza y murmuró:

– Te lo ruego, confío en que después de esto todo vaya bien.

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