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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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En cuanto al futuro… Le irritaba pensar que en París la gente vitoreaba de nuevo al Rey y a la Reina simplemente porque habían estampado su firma en la constitución, como si hubieran olvidado los años de tiranía y rapacidad, la traición en el camino de Varennes. Luis estaba confabulado con las potencias extranjeras, Manon no dudaba de ello. La guerra acabará estallando, pensó, y nosotros debemos ser los primeros en atacar. (Manon volvió la sábana del revés para rematar el zurcido.) Debemos luchar como república, como hicieron Atenas y Esparta. (Acto seguido cortó el nudo con las tijeras.) Luis debe ser depuesto. O mejor aún, asesinado.

De este modo, el reinado de los aristócratas habría acabado para siempre.

Un reinado cruel…

Años atrás, su abuela la había llevado a una casa en el Marais para visitar a una aristócrata a la que conocía. Un mayordomo les abrió la puerta y les hizo pasar. La vieja aristócrata estaba sentada en un sofá, luciendo un espléndido vestido de seda y con las mejillas pintadas de colorete. De pronto apareció un perrito y al ver a las intrusas comenzó a ladrar y a dar brincos. La aristócrata le dio un pequeño azote e indicó a la abuela de Manon que se sentara en una banqueta junto a ella. Por alguna misteriosa razón, la anciana llamaba a su abuela por su nombre de pila.

Manon permaneció de pie, en silencio y muerta de calor. Todavía le dolía el cuero cabelludo por los tormentos que su abuela le había inflingido aquella mañana al peinarla. La vieja hablaba con tono imperativo y una voz, curiosamente, poco cultivada. Al hacer a Manon una señal para que se acercara, la niña, aturdida, le había hecho una torpe reverencia. Treinta años más tarde aún no se había perdonado por aquella reverencia.

– ¿Eres religiosa? -le preguntó la anciana aristócrata, mirándola con ojos acuosos.

El perro estaba tendido pacíficamente junto a ella; sobre el brazo del sillón yacía el tapete que estaba bordando.

– Trato de cumplir con mi deber -respondió Manon, bajando la vista.

Su abuela parecía sentirse violenta. La anciana se ajustó el gorro de encaje, como si estuviera ante un espejo. Luego miró de nuevo a Manon y empezó a preguntarle sobre sus estudios. Cuando la niña respondía correctamente, con estudiada cortesía, la vieja sonreía burlonamente.

– Eres muy lista, ¿verdad? ¿Crees que eso es lo que quieren los hombres en una mujer?

Una vez concluido el catequismo -mientras Manon permanecía de pie en aquella habitación cuyo aire era casi irrespirable- la anciana pasó a enumerar sus méritos y defectos. Tenía una bonita figura, dijo la anciana, dando a entender que cuando fuera mayor sería gorda. La tez un poco apagada, aunque sin duda mejoraría con el tiempo.

– Dime, querida, ¿has comprado alguna vez un billete de lotería? -le preguntó la anciana.

– No, señora, no creo en los juegos de azar.

– ¡No seas impertinente, niña! -le espetó la aristócrata. Luego la agarró por la muñeca y dijo-: Quiero que vayas a comprarme un billete de lotería. Quiero que tú misma elijas el número y me lo traigas. Creo que eres una persona de suerte.

Una vez en la calle, Manon aspiró el aire fresco y puro.

– No quiero regresar allí -le dijo a su abuela. Deseaba volver a su casa, a sus libros y a los personajes agradables y sensatos que figuraban entre sus páginas.

Incluso hoy, al cabo de tanto tiempo, cada vez que alguien pronunciaba la palabra «aristócrata» -cuando se referían a una «noble dama» o a una «dama de título»-, Manon recordaba a aquella perversa anciana aficionada a los juegos de azar. No era sólo su gorro de encaje, su fría y dura mirada ni las hirientes palabras. No, era el intenso aroma a almizcle, el perfume que disimulaba el olor dulzón de la decadencia física.

Jamás compró aquel billete de lotería. Manon estaba convencida de que la república prohibiría los juegos de azar.

París.

– No me importa que hayan contratado al mismo san Juan Bautista -dijo el juez al secretario del tribunal-. Lían infringido las leyes de caza y voy a condenarlos a seis meses. ¿Por qué cree usted que Desmoulins ha vuelto a ejercer la abogacía?

– Por dinero -contestó el secretario.

– Creía que Orléans pagaba bien.

– El duque está acabado -dijo el secretario alegremente-. La señora de Genlis está en Inglaterra, Laclos ha regresado a su regimiento y las amantes tratan de conquistar a Danton. Por supuesto, obtienen el dinero de los ingleses.

– ¿Cree que los ingleses han comprado a los amigos de Danton?

– Creo que les pagan, pero esa es otra cuestión. Son una pandilla de sinvergüenzas. Antiguamente, cuando en este país sobornabas a un hombre podías fiarte de su honradez.

El juez parecía impaciente. Cuando el secretario empezaba a soltar aforismos, siempre llegaban tarde a casa.

– Volvamos a lo nuestro -dijo el juez.

– Ah, sí, maître Desmoulins. Siguiendo los consejos de su suegro en materia de inversiones, había comprado títulos de la Ciudad de París. Y ya sabemos cómo han acabado.

– Cierto -respondió el juez.

– Ahora que las autoridades han cerrado el periódico necesita otra fuente de ingresos.

– No creo que sea pobre.

– Tiene dinero, pero quiere más. A menos en eso se parece a todos nosotros. Tengo entendido que ha invertido en Bolsa. Mientras espera que sus inversiones le rindan dividendos, pretende recuperar su fortuna cobrando unas minutas astronómicas.

– Creí que detestaba ejercer de abogado.

– Pero ahora las cosas son distintas. Ahora, cuando tiene dificultades, tenemos que esperar a que termine la frase. Me temo que…

– Yo no -le interrumpió el juez.

– Es muy hábil.

– No lo niego.

– Cuando los señores descubren que la policía interfiere con sus placeres, les resulta muy conveniente que uno de ellos les defienda. Arthur Dillon, De Sillery y todos los demás han conseguido convencerlo.

– Los frecuenta abiertamente… Yo creía que los patriotas…

– Se lo toleran todo. Al fin y al cabo, por decirlo así, él es la Revolución. Aunque, según he oído decir, se han alzado voces de protesta. Pero esto es París, no Ginebra.

– ¿Es usted también aficionado al juego?

– Eso no tiene nada que ver -contestó el secretario del tribunal-. Es posible que, al igual que maître Desmoulins, me interese limitar la injerencia del Estado en la vida privada de los individuos.

– ¿De modo que está usted de acuerdo con él? -preguntó el juez-. No tardaré en verlo con las botas sobre la mesa, sansculotte con unos pantalones de confección casera, un gorro rojo y una pica apoyada en la pared.

– En estos tiempos -respondió el secretario-, todo es posible.

– Estoy dispuesto a ser tolerante, pero no le permitiré que fume en pipa, como Père Duchesne.

Camille hizo un pequeño gesto de disculpa a sus clientes y sonrió al juez. El hombre y la mujer se miraron preocupados.

«Puesto que no se librarán de ir a la cárcel -les había dicho el letrado-, podríamos utilizar su caso para abordar unos temas más amplios.»

– Deseo solicitar al tribunal…

– Póngase en pie.

Tras vacilar unos instantes, el abogado se levantó y se acercó al estrado.

– Deseo solicitar permiso para exponer públicamente mi opinión.

– ¿Acaso pretende usted iniciar una controversia pública? -inquirió el juez en voz baja.

– En efecto.

– No necesita mi permiso para hacerlo.

– Es una formalidad. Una cortesía.

– ¿Está usted en desacuerdo con el veredicto respecto a los hechos?

– No.

– ¿Respecto a la ley?

– No.

– ¿Entonces?

– Me opongo a la utilización de los tribunales como instrumentos del Estado intruso y moralizador.

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