La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
En cuanto al futuro… Le irritaba pensar que en París la gente vitoreaba de nuevo al Rey y a la Reina simplemente porque habían estampado su firma en la constitución, como si hubieran olvidado los años de tiranía y rapacidad, la traición en el camino de Varennes. Luis estaba confabulado con las potencias extranjeras, Manon no dudaba de ello. La guerra acabará estallando, pensó, y nosotros debemos ser los primeros en atacar. (Manon volvió la sábana del revés para rematar el zurcido.) Debemos luchar como república, como hicieron Atenas y Esparta. (Acto seguido cortó el nudo con las tijeras.) Luis debe ser depuesto. O mejor aún, asesinado.
De este modo, el reinado de los aristócratas habría acabado para siempre.
Un reinado cruel…
Años atrás, su abuela la había llevado a una casa en el Marais para visitar a una aristócrata a la que conocía. Un mayordomo les abrió la puerta y les hizo pasar. La vieja aristócrata estaba sentada en un sofá, luciendo un espléndido vestido de seda y con las mejillas pintadas de colorete. De pronto apareció un perrito y al ver a las intrusas comenzó a ladrar y a dar brincos. La aristócrata le dio un pequeño azote e indicó a la abuela de Manon que se sentara en una banqueta junto a ella. Por alguna misteriosa razón, la anciana llamaba a su abuela por su nombre de pila.
Manon permaneció de pie, en silencio y muerta de calor. Todavía le dolía el cuero cabelludo por los tormentos que su abuela le había inflingido aquella mañana al peinarla. La vieja hablaba con tono imperativo y una voz, curiosamente, poco cultivada. Al hacer a Manon una señal para que se acercara, la niña, aturdida, le había hecho una torpe reverencia. Treinta años más tarde aún no se había perdonado por aquella reverencia.
– ¿Eres religiosa? -le preguntó la anciana aristócrata, mirándola con ojos acuosos.
El perro estaba tendido pacíficamente junto a ella; sobre el brazo del sillón yacía el tapete que estaba bordando.
– Trato de cumplir con mi deber -respondió Manon, bajando la vista.
Su abuela parecía sentirse violenta. La anciana se ajustó el gorro de encaje, como si estuviera ante un espejo. Luego miró de nuevo a Manon y empezó a preguntarle sobre sus estudios. Cuando la niña respondía correctamente, con estudiada cortesía, la vieja sonreía burlonamente.
– Eres muy lista, ¿verdad? ¿Crees que eso es lo que quieren los hombres en una mujer?
Una vez concluido el catequismo -mientras Manon permanecía de pie en aquella habitación cuyo aire era casi irrespirable- la anciana pasó a enumerar sus méritos y defectos. Tenía una bonita figura, dijo la anciana, dando a entender que cuando fuera mayor sería gorda. La tez un poco apagada, aunque sin duda mejoraría con el tiempo.
– Dime, querida, ¿has comprado alguna vez un billete de lotería? -le preguntó la anciana.
– No, señora, no creo en los juegos de azar.
– ¡No seas impertinente, niña! -le espetó la aristócrata. Luego la agarró por la muñeca y dijo-: Quiero que vayas a comprarme un billete de lotería. Quiero que tú misma elijas el número y me lo traigas. Creo que eres una persona de suerte.
Una vez en la calle, Manon aspiró el aire fresco y puro.
– No quiero regresar allí -le dijo a su abuela. Deseaba volver a su casa, a sus libros y a los personajes agradables y sensatos que figuraban entre sus páginas.
Incluso hoy, al cabo de tanto tiempo, cada vez que alguien pronunciaba la palabra «aristócrata» -cuando se referían a una «noble dama» o a una «dama de título»-, Manon recordaba a aquella perversa anciana aficionada a los juegos de azar. No era sólo su gorro de encaje, su fría y dura mirada ni las hirientes palabras. No, era el intenso aroma a almizcle, el perfume que disimulaba el olor dulzón de la decadencia física.
Jamás compró aquel billete de lotería. Manon estaba convencida de que la república prohibiría los juegos de azar.
París.
– No me importa que hayan contratado al mismo san Juan Bautista -dijo el juez al secretario del tribunal-. Lían infringido las leyes de caza y voy a condenarlos a seis meses. ¿Por qué cree usted que Desmoulins ha vuelto a ejercer la abogacía?
– Por dinero -contestó el secretario.
– Creía que Orléans pagaba bien.
– El duque está acabado -dijo el secretario alegremente-. La señora de Genlis está en Inglaterra, Laclos ha regresado a su regimiento y las amantes tratan de conquistar a Danton. Por supuesto, obtienen el dinero de los ingleses.
– ¿Cree que los ingleses han comprado a los amigos de Danton?
– Creo que les pagan, pero esa es otra cuestión. Son una pandilla de sinvergüenzas. Antiguamente, cuando en este país sobornabas a un hombre podías fiarte de su honradez.
El juez parecía impaciente. Cuando el secretario empezaba a soltar aforismos, siempre llegaban tarde a casa.
– Volvamos a lo nuestro -dijo el juez.
– Ah, sí, maître Desmoulins. Siguiendo los consejos de su suegro en materia de inversiones, había comprado títulos de la Ciudad de París. Y ya sabemos cómo han acabado.
– Cierto -respondió el juez.
– Ahora que las autoridades han cerrado el periódico necesita otra fuente de ingresos.
– No creo que sea pobre.
– Tiene dinero, pero quiere más. A menos en eso se parece a todos nosotros. Tengo entendido que ha invertido en Bolsa. Mientras espera que sus inversiones le rindan dividendos, pretende recuperar su fortuna cobrando unas minutas astronómicas.
– Creí que detestaba ejercer de abogado.
– Pero ahora las cosas son distintas. Ahora, cuando tiene dificultades, tenemos que esperar a que termine la frase. Me temo que…
– Yo no -le interrumpió el juez.
– Es muy hábil.
– No lo niego.
– Cuando los señores descubren que la policía interfiere con sus placeres, les resulta muy conveniente que uno de ellos les defienda. Arthur Dillon, De Sillery y todos los demás han conseguido convencerlo.
– Los frecuenta abiertamente… Yo creía que los patriotas…
– Se lo toleran todo. Al fin y al cabo, por decirlo así, él es la Revolución. Aunque, según he oído decir, se han alzado voces de protesta. Pero esto es París, no Ginebra.
– ¿Es usted también aficionado al juego?
– Eso no tiene nada que ver -contestó el secretario del tribunal-. Es posible que, al igual que maître Desmoulins, me interese limitar la injerencia del Estado en la vida privada de los individuos.
– ¿De modo que está usted de acuerdo con él? -preguntó el juez-. No tardaré en verlo con las botas sobre la mesa, sansculotte con unos pantalones de confección casera, un gorro rojo y una pica apoyada en la pared.
– En estos tiempos -respondió el secretario-, todo es posible.
– Estoy dispuesto a ser tolerante, pero no le permitiré que fume en pipa, como Père Duchesne.
Camille hizo un pequeño gesto de disculpa a sus clientes y sonrió al juez. El hombre y la mujer se miraron preocupados.
«Puesto que no se librarán de ir a la cárcel -les había dicho el letrado-, podríamos utilizar su caso para abordar unos temas más amplios.»
– Deseo solicitar al tribunal…
– Póngase en pie.
Tras vacilar unos instantes, el abogado se levantó y se acercó al estrado.
– Deseo solicitar permiso para exponer públicamente mi opinión.
– ¿Acaso pretende usted iniciar una controversia pública? -inquirió el juez en voz baja.
– En efecto.
– No necesita mi permiso para hacerlo.
– Es una formalidad. Una cortesía.
– ¿Está usted en desacuerdo con el veredicto respecto a los hechos?
– No.
– ¿Respecto a la ley?
– No.
– ¿Entonces?
– Me opongo a la utilización de los tribunales como instrumentos del Estado intruso y moralizador.