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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Se intercambiaron cartas, unas largas y absorbentes epístolas que les llevaba varias horas redactar y una hora leer. Al principio escribían sesudos ensayos sobre temas de interés general. Al cabo de unos meses abordaron el tema del matrimonio, su aspecto sacramental y su utilidad social.

Roland se marchó a Italia, donde permaneció un año, y posteriormente publicó una obra de seis volúmenes que recogía sus experiencias y aventuras en aquel país.

En 1780, cuatro años después de haber iniciado una seria y tímida relación, contrajeron matrimonio.

La noche de bodas no pudieron comunicarse por carta. Manon no sabía lo que iba a suceder; no quería pensar en el aprendiz ni en sus caricias, ni construir una teoría sobre lo que, al fin y al cabo, había sucedido a sus espaldas. De modo que no estaba preparada para ver el cuerpo de Roland, su pecho hundido con sus escasos pelos grises; ni las prisas con las que se arrojó sobre ella, ni el dolor de la penetración. Al notar que Roland comenzaba a jadear, Manon levantó la cabeza y preguntó: «¿Estás bi…?» Pero él ya se había quedado dormido, con la boca abierta.

Al día siguiente, al despertarse, Roland se disculpó:

– ¿Eras totalmente inexperta? Mi pobre Manon, de haberlo sabido…

Un hijo (pensaban ambos) justifica plenamente un matrimonio: Eudora, nacida el 4 de octubre de 1781.

Manon tenía la habilidad -de la que se sentía muy orgullosa- de comprender en pocos minutos los detalles esenciales de un complicado asunto. Si le hablabas de un tema -pongamos por ejemplo las Guerras Púnicas o la fabricación de velas de sebo-, al cabo de un día te ofrecía una exhaustiva descripción del mismo, y a la semana era capaz de montar su propia fábrica o de trazar un plan de batalla para Escipión el Africano. Le gustaba ayudar a Roland en su trabajo, disfrutaba con ello. Empezó en el nivel más bajo, copiando párrafos que él deseaba estudiar. Luego pasó a confeccionar índices, cosa que hacía de forma minuciosa y competente; a continuación aplicó su memoria retentiva y persistente curiosidad a sus proyectos de investigación. Por último -dado que Roland escribía con gran fluidez, gracia y dominio del idioma- Manon empezó a ayudarle a redactar sus informes y cartas. «Déjame que pula ese informe mientras tú meditas sobre el primer párrafo», le suplicaba. «Qué inteligente eres, querida -decía él-. No sé cómo me las arreglaría sin ti.»

Pero yo deseo -piensa ella- más que simples alabanzas, deseo una vida sosegada; y al mismo tiempo deseo ocupar un escenario más grande e importante. Conozco el lugar asignado a la mujer, del que me siento satisfecha y lo respeto, pero deseo conquistar el respeto de los hombres. Deseo su respeto y su aprobación. Yo también hago planes, razono, tengo mis propias ideas sobre el estado de Francia. Manon hubiera deseado transmitir esas ideas, mediante un proceso imperceptible, a los cerebros de los legisladores de la nación, como se las transmitía a su marido.

Recordaba un día de julio: el zumbido de las moscas que revoloteaban por la habitación, el rostro amarillento de su marido asomando entre las blancas sábanas, y su suegra, una tirana de ochenta y cinco años, sentada en un rincón, descabezando un sueñecito. Manon se vio con un vestido gris, una mente gris, envejecida y extenuada por el calor, deslizándose por las habitaciones con una taza de té de hierbas, mientras afuera el verano seguía avanzando inexorablemente.

– ¿Señora?

– No hagas ruido. ¿Qué quieres?

– Han traído noticias de París.

– ¿Se ha puesto alguien enfermo?

– No, señora. Ha caído la Bastilla.

La taza se le cayó de las manos y se hizo añicos. Más tarde pensó que lo había hecho adrede. Roland se despertó bruscamente, levantó la cabeza y preguntó alarmado:

– ¿Ha sucedido alguna desgracia, Manon?

La anciana se despertó y miró a Manon con aire de reproche ante sus entusiastas muestras de júbilo.

Manon empezó a escribir artículos de prensa, primero para el Lyon Courier y luego para El patriota francés, el periódico editado por Brissot. (Durante los dos últimos años, su marido y Brissot habían mantenido correspondencia.) Firmaba con el seudónimo de «una dama de Lyon», o «una dama romana». En junio de 1790 recibió una encantadora carta, aunque escrita con una letra casi ilegible, en la que su autor le pedía permiso para reproducir uno de sus artículos en el Révolutions de France et du Brabant. Manon accedió de inmediato, sin conocer el carácter del editor del periódico.

En París se le presentó la gran oportunidad, que Manon no desaprovechó, de ser útil a los patriotas. Llevaba años soñando con ello, de día y de noche, durante sus largas horas de estudio, mientras estaba embarazada de Eudora, mientras observaba a los enterradores en un cementerio de Amiens. El salón de la señora Roland. Algunos detalles del sueño quizás habían resultado decepcionantes, pues los hombres eran pesos ligeros, frívolos, estúpidos, y ella tenía que morderse los labios para no decirles lo que pensaba. Sin embargo, era un comienzo. Pronto regresarían a París.

Durante estos últimos meses, Manon se había mantenido al tanto de la situación. En un cajón cerrado conservaba cartas de Brissot, de Robespierre y del diputado François-Léonard Buzot, un joven serio y muy agradable. A través de las cartas de éste se había enterado de la matanza de los Campos de Marte. En ellas le explicaba (lamenta verse obligada a resumir los hechos, pero éstos se suceden tan rápidamente que no queda más remedio) que Luis, restaurado en el trono, había jurado defender la constitución; que Lafayette había dejado de ser el comandante de la Guardia Nacional y había abandonado París para ocupar un cargo militar en provincias. Se había instituido la nueva Asamblea Legislativa, a la que no podían acceder los antiguos diputados, por lo que Buzot había regresado a su casa en Evreux. De todos modos, podían seguir escribiéndose y sin duda un día volverían a encontrarse. Su amigo común, Brissot, se había convertido en diputado; el viejo y querido amigo Brissot, que trabajaba con tanto ahínco. Robespierre no se había marchado a su casa natal sino que había permanecido en París para reconstruir el Club de los Jacobinos, formado por los nuevos diputados, a los que instruía en las normas y procedimientos de los debates que se producían en la Asamblea. Un hombre diligente, Robespierre, aunque la había decepcionado.

El día de la matanza, Manon le había enviado recado, ofreciéndose a ocultarlo en su casa. No había recibido respuesta, y posteriormente se enteró de que se había alojado en casa de la familia de un comerciante, con la que actualmente seguía viviendo. Manon se sintió profundamente decepcionada al verse privada de vivir aquella emocionante y arriesgada experiencia. Se imaginaba enfrentándose a un regimiento, replicando a los soldados de la Guardia Nacional.

Durante su exilio también había seguido con interés la carrera del señor Danton y sus amigos. Se alegró al saber que Danton había partido para Inglaterra, donde confiaba que permanecería. Manon siguió teniendo información sobre las andanzas de éste, y en cuanto empezaron a circular rumores de una amnistía, el señor Danton regresó apresuradamente. Tuvo el valor de presentar su candidatura a diputado de la Asamblea Legislativa, y en medio de uno de las reuniones electorales (según habían contado a Manon), apareció un oficial con una orden de arresto contra él. Tras ser insultado y agredido por la multitud que acompañaba siempre al abogado en todas sus actividades, el oficial fue trasladado a la cárcel de Abbaye, donde permaneció encerrado durante tres días en la celda reservada a Danton.

La amnistía había sido aprobada; pero los electores no se dejaron engañar por las pretensiones de Danton. Despechado, éste se había recluido durante un tiempo en su provincia, para meditar, y ahora había decidido convertirse en fiscal. Con suerte, tampoco conseguiría ocupar ese cargo. Francia no estaba dispuesta (según confiaba Manon) a dejarse gobernar por gentes de su calaña.

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