La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
A lo largo de las siguientes semanas -y eso era lo que posteriormente no alcanzaba a comprender, porque le parecía increíble que fuera una niña viciosa- regresó varias veces al taller. Sí, aprovechó todas las ocasiones que se le presentaron. Ella trataba de justificarse, trataba de cerrar los ojos ante su verdadera naturaleza. Es simple curiosidad, se decía, la curiosidad natural de una niña excesivamente protegida por sus padres. Pero luego se decía que eso eran meras excusas.
Por las noches el chico del taller cenaba con la familia. Dado que era muy joven y que estaba lejos de su casa, la madre de Manon se preocupaba de él. Manon procuraba no mostrarse diferente en su presencia; temía que empezaran a especular, a hacerle preguntas. Al fin y al cabo, si lo hacen, se decía, no tengo nada que ocultar. Pero empezó a pensar que la vida era injusta, que a veces a uno le reprochaban una falta que no había cometido. Todos los niños reciben de vez en cuando un bofetón sin venir a cuento o son castigados injustamente. La vida de los adultos, pensaba Manon, es distinta, más racional. Pero ahora que estaba a punto de convertirse en una persona adulta se daba cuenta de que todo parecía más arriesgado, la gente menos propensa de lo que había supuesto a mostrarse razonable. Una persistente voz interior le repetía: aunque no tengas la culpa, puedes parecer culpable.
Un día el chico murmuró:
– No te he enseñado nada que no haya visto tu madre.
Manon alzó la cabeza y abrió la boca para responder a su impertinencia, pero en aquel momento apareció su madre con un plato de pan y un bol de ensalada, y ambos callaron y bajaron los ojos tímidamente, como buenos niños, para dar gracias al Señor por la ensalada, el queso y el pan.
En el taller, al que Manon acudía con frecuencia, había una palpable tensión entre ellos, un alambre invisible a punto de romperse. A Manon le gustaba atormentarlo entrando y saliendo continuamente, protegida por la presencia de otras personas. No cesaba de pensar en aquel extraño pedazo de carne, ciego y tembloroso, que tenía vida propia, como algo recién nacido.
Un día se quedaron solos. Manon procuró guardar las distancias, para no volver a caer en una trampa. Esta vez el chico se le acercó por detrás, mientras ella miraba por la ventana. La sujetó por los brazos, la obligó a retroceder y ambos se sentaron en una silla estratégicamente situada. Manon tenía la falda arremangada y el chico la tocó entre las piernas. Luego la rodeó con un brazo fuerte y cubierto de pecas, inmovilizándola, y empezó a acariciarse. Ella observó los movimientos de su mano mientras permanecía sentada sobre sus rodillas, de espaldas a él, como una muñeca inerme, con los labios entreabiertos. El chico siguió acariciándose hasta alcanzar el placer. Manon no sabía qué era el placer, pero supuso que el chico había alcanzado el punto álgido en su actividad pues de repente la soltó y murmuró unas palabras sin atreverse a mirarla a la cara, sosteniéndola de espaldas a él para no ver si se sentía complacida u horrorizada, si reía o estaba tan escandalizada que ni siquiera era capaz de gritar.
Manon salió corriendo del taller. Poco después -ante la insistencia de su madre que quería saber lo que había sucedido- se lo contó todo. Lloraba desconsoladamente y las rodillas le temblaban de tal forma que tuvo que sentarse. Su madre la miró horrorizada. Luego la obligó a ponerse de pie, sujetándola con fuerza, y la sacudió mientras no cesaba de formularle preguntas: qué hizo el chico, dónde te tocó, cuéntamelo todo, cada palabra que te dijo, no temas decírselo a tu madre (temblando de ira y con el rostro desencajado). ¿Te obligó a tocarlo? ¿Estás sangrando, Manon? Cuéntamelo todo, todo…
Manon berreaba como una niña de tres años mientras su madre la arrastraba de la mano por las calles. Al llegar a la iglesia su madre llamó insistentemente a la puerta, como si deseara confesarse de un crimen o que el sacerdote acudiera a administrar la extremaunción a un pariente agonizante. Cuando el sacerdote les abrió la puerta, su madre obligó a Manon a arrodillarse en un confesionario y la dejó a solas, en la penumbra, con el anciano y asmático sacerdote. El cura se inclinó hacia adelante para escuchar atentamente el relato, entre convulsivos sollozos, de una niña que, al parecer, había sido violada.
Lo más curioso fue que no echaron al aprendiz. Temían que se produjera un escándalo. Temían que la gente se enterara de lo sucedido. Manon siguió viendo al chico todos los días, aunque éste ya no comía con la familia. Manon había comprendido al fin que era culpable; no se trataba de lo que la gente pudiera decir o pensar, sino de una reconciliación interior que, al menos en aquellos momentos, resultaba imposible. Su madre trató de tranquilizarla diciendo que podía haber sido mucho peor; al fin y al cabo estaba intacta, aunque Manon no comprendía el significado de esa palabra. Trata de no pensar en ello, le aconsejó su madre; un día, cuando seas mayor y estés casada, no te parecerá tan grave. Pero por más que se esforzaba -lo cual empeoraba las cosas- no podía dejar de pensar en ello. Cada vez que recordaba el episodio se sonrojaba y estremecía, moviendo al mismo tiempo la cabeza en un pequeño gesto espasmódico e involuntario.
Cuando cumplió veintidós años, su madre murió. Por las mañanas se ocupaba de la casa y por las tardes estudiaba italiano y botánica; rechazaba los sistemas de Helvetius y se aplicaba en matemáticas. Por las noches leía historia clásica; luego permanecía sentada, con los ojos cerrados y las manos descansando sobre el libro, soñando con la Libertad. Meditaba detenidamente en el Hombre, en el progreso y la nobleza de espíritu, en el sentido de la fraternidad y sacrificio, en todas las virtudes espirituales.
Leyó Historia natural, de Buffon; había ciertos párrafos que se sentía obligada a omitir, y unas páginas que se saltaba rápidamente pues contenían datos que ella no deseaba conocer.
Un día, siete o ocho años después de que el aprendiz abandonara el taller de su padre, volvió a encontrarse con él casualmente. Hacía poco que se había casado y se había convertido en un joven común y corriente. Fue un encuentro breve, apenas tuvieron tiempo de conversar, aunque a ella le hubiera gustado. Al despedirse, él murmuró:
– Confío en que me hayas perdonado. No pretendía hacerte ningún daño.
En 1776, su vida cambió. Fue el año en que los norteamericanos proclamaron su independencia, y ella procuraba reprimir sus afectos y emociones. Había recibido varias ofertas de matrimonio, en su mayoría de jóvenes comerciantes, que ella había rechazado cortésmente pero con firmeza. Evitaba pensar en el matrimonio, y su familia empezó a pensar que nunca se casaría.
Pero en enero de ese año apareció en escena Jean-Marie Roland. Era alto, instruido, hombre de mundo, con la amabilidad de un padre y la seriedad de un profesor. Pertenecía a la pequeña nobleza, pero era el más joven de cinco hijos; poseía únicamente unas pocas tierras y el dinero que ganaba. Era un administrador nato. En su calidad de inspector, había viajado por toda Europa. Conocía todo lo referente a los procesos de teñido, confección de encaje y utilización de la turba como combustible, así como la fabricación de pólvora, la curación de la carne de cerdo y el esmerilado del vidrio; era un entendido en física, libre comercio y la Grecia antigua. Tenía una insaciable sed de aprender, de adquirir conocimientos. Al principio Manon no reparó en sus viejas chaquetas cubiertas de polvo, en sus raídas camisas ni en sus zapatos desprovistos de hebillas y atados con cintas; cuando al fin se dio cuenta de ello, le pareció encantador conocer a un hombre que no poseía ni un ápice de vanidad. Con ella se mostraba educado, amable y formal.
Solía besarle la mano cortésmente. Se sentaba frente a ella. Jamás intentaba propasarse. En ocasiones era como si una estatua de san Pablo se inclinara hacia ella y le pellizcara la barbilla.