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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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¿Cómo habían llegado las cosas a estos extremos? Georges-Jacques lo ignoraba.

– Tienes frío -dijo-, estás helada.

La ayudó a acostarse y la arropó con la colcha. Luego se dirigió al salón y echó unos troncos en la chimenea para avivar el fuego.

Georges comprendió que sobraba. En estos momentos Gabrielle necesitaba al médico y a la comadrona, a Angélique y a la señora Gély, su vecina del piso de arriba. Antes de salir de la habitación, Georges se volvió para mirar a Gabrielle mientras Louise Gély, sentada en la cama, le trenzaba el pelo. Georges preguntó a su madre si le parecía oportuno que la niña presenciara el parto. Pero Louise le oyó y contestó:

– Desde luego que es oportuno, señor Danton. Pero aunque no lo fuera, todas las mujeres tenemos que pasar por ello, y ya tengo catorce años.

– Cuando hayas cumplido cuarenta -replicó su madre-, podrás hacer lo que quieras. Vete a la cama.

Georges se inclinó sobre su esposa, la besó y le acarició la mano. Luego retrocedió para dejar pasar a Louise, pero la niña le rozó al pasar y le miró sonriendo.

Al fin amaneció. Hacía frío, y al llegar al mundo su hijo soltó un penetrante berrido mientras la nieve batía sobre la ventana y el gélido viento barría las calles desiertas.

El 9 de marzo falleció el emperador Leopoldo. Durante un par de días, hasta que el nuevo Emperador dio a conocer sus opiniones, la paz parecía posible.

– La Bolsa ha subido -dijo Fabre.

– ¿Acaso te interesa la Bolsa?

– He invertido algún dinero.

– ¿Qué? -exclamó la Reina-. ¿Huir en el carruaje de la hija de Necker? ¿Refugiarnos en el campamento de Lafayette? Es ridículo.

– Dicen que es nuestra última oportunidad, señora -contestó el Rey-. Mis ministros me aconsejan…

– Vuestros ministros están locos.

– Podría ser peor. Todavía tratamos con caballeros.

– No podría ser peor -replicó enérgicamente la Reina.

El Rey la miró con tristeza y dijo:

– Si esta Administración cae…

Y cayó.

21 de marzo.

– ¿Creéis que seréis capaz de mantener este Gobierno a flote, Dumouriez? -inquirió el Rey. No dejaba de pensar que ese hombre había pasado dos años en la Bastilla. Charles Dumouriez inclinó la cabeza-. No debemos… -se apresuró a decir el Rey-. Sé que sois un jacobino. Me consta. (¿Quién sugerís, señora?)

– Señor, soy un soldado -respondió Dumouriez-. Tengo cincuenta y tres años. Siempre he servido a Vuestra Majestad fielmente. Soy uno de los más leales súbditos de Vuestra Majestad y…

– Sí, sí -contestó el Rey.

– … yo ocuparé el cargo cié ministro de Asuntos Exteriores. Conozco bien Europa. He servido en calidad de agente de Vuestra Majestad…

– No dudo de vuestras aptitudes, general.

Dumouriez suspiró. Antes, el Rey te dejaba al menos terminar la frase. A Luis ya no le interesaban los asuntos de Estado, le aburrían los detalles. Interrumpía continuamente a sus ministros, les dejaba con la palabra en la boca. Si querían salvar a los Reyes, era mejor que éstos no conocieran los pormenores.

Dumouriez temía que rechazaran su plan, como habían rechazado el de Lafayette.

– Para ministro de Finanzas, Clavière -dijo.

– Era amigo de Mirabeau -observó el Rey secamente. Dumouriez no sabía si ello significaba que le caía bien o no-. ¿Y para la cartera de Interior?

– Es complicado. Los mejores hombres están en la Asamblea, y los diputados no pueden ser ministros. Os ruego que me concedáis un día.

El Rey asintió. Dumouriez se inclinó de nuevo.

– General… -dijo el Rey con un tono muy poco majestuoso. Dumouriez, un hombre de baja estatura pero de aspecto elegante, se volvió-. No estaréis contra mí, ¿verdad?

– ¿Contra vos, Majestad? ¿Lo decís porque asisto a las reuniones de los jacobinos? -Dumouriez trató de mirar a Luis a los ojos, pero éste tenía la vista clavada a su izquierda-. Las facciones tan pronto surgen como desaparecen. La lealtad es una tradición que siempre persistirá.

– Desde luego -respondió Luis distraídamente-. Aunque no considero que los jacobinos sean una facción sino más bien un poder… Antes teníamos a la Iglesia dentro del Estado, ahora tenemos ese club. ¿De dónde proviene ese Robespierre?

– Creo que de Artois, señor.

– Me refiero en un sentido más profundo… ¿De dónde proviene? -insistió Luis con tono impaciente. De los dos hombres, parecía el más viejo-. Os he reconocido enseguida. Sois lo que llamamos un aventurero. El señor Brissot es un caprichoso, le gusta seguir las modas de la época. Y el señor Danton es uno de esos brutales demagogos que hallamos en nuestros libros de historia. Pero el señor Robespierre… Me gustaría saber qué pretende. Quizá podría concedérselo.

El general Dumouriez se inclinó nuevamente y salió de la habitación sin que Luis reparara en ello.

En el otro extremo del pasillo, Brissot esperaba a su general favorito.

– Tienes tu Gobierno -dijo Dumouriez.

– Pareces deprimido -respondió Brissot-. ¿Ha sucedido algo?

– No, sólo que el Rey me ha colgado unos cuantos epítetos.

– ¿Te ha ofendido? No está en situación de hacerlo.

– No he dicho que me haya ofendido.

Los dos hombres se miraron durante unos segundos, recelando el uno del otro. Luego Dumouriez tocó a Brissot en el hombro y dijo con aire desenfadado:

– Un ministerio jacobino, querido amigo. Algo que hasta hace poco parecía impensable.

– ¿No habéis hablado sobre la guerra?

– No me pareció oportuno forzar el asunto. Pero creo que puedo garantizarte que las hostilidades estallarán dentro de un mes.

– Tiene que haber guerra. El mayor desastre sería la paz. ¿No estás de acuerdo?

Jugueteando con el bastón que sostenía entre las manos, Dumouriez contestó:

– ¿Cómo no voy a estarlo? Soy un soldado. Debo pensar en mi carrera. Es una magnífica oportunidad para resolver algunas cosas.

– Inténtalo -dijo Vergniaud-. La Corte se llevará un buen susto. Me entusiasma la idea.

– Robespierre… -dijo Brissot.

Robespierre se detuvo.

– Hola, Vergniaud. Pétion. Brissot. -Tras nombrarlos a todos, parecía satisfecho.

– Queremos hacerte una propuesta.

– Conozco vuestras propuestas. Nos proponéis convertirnos de nuevo en esclavos.

Pétion alzó la mano para aplacarlo. Estaba más gordo que cuando Robespierre lo había conocido, y su rostro exhibía una expresión de triunfo.

– Creo que no es necesario que perdamos el tiempo debatiendo en la cámara -sugirió Vergniaud-. Podríamos mantener conversaciones privadas.

– No deseo mantener conversaciones privadas.

– Créeme, Robespierre -dijo Brissot-, nos gustaría que nos apoyaras en el tema de la guerra. La intolerable injerencia en nuestros asuntos internos…

– ¿Por qué os empeñáis en luchar contra Austria e Inglaterra, cuando nuestro enemigo está en casa?

– ¿Quieres decir allí? -inquirió Vergniaud señalando con la cabeza hacia los aposentos del Rey, en las Tullerías.

– Sí, allí, aparte de todos los que nos rodean.

– Con nuestros amigos en el ministerio -dijo Pétion-, no nos resultará difícil ocuparnos de ellos.

– Debo irme -dijo Robespierre, alejándose apresuradamente.

– Se está volviendo morbosamente receloso -observó Pétion-. Antes éramos amigos. Para decirlo sin rodeos, temo que acabe perdiendo la razón.

– Tiene muchos partidarios -dijo Vergniaud.

Brissot siguió a Robespierre y lo agarró por el codo.

– Un buen cazador de ratas -observó Vergniaud.

– ¿Qué? -preguntó Pétion.

Brissot caminaba apresuradamente tras Robespierre.

– Hablábamos del ministerio, Robespierre. Te ofrecemos un cargo.

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