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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¿Han encontrado a Lucas? -preguntó en voz baja.

Gwyneira la miró como si estuviera loca.

– ¿Lucas? ¿Cómo Lucas…? ¡Ah, es mucho peor, Helen, estoy embarazada! ¡Y no quiero tener el niño!

– Estás hecha un lío -murmuró Helen, y condujo a su amiga a la casa-. Ven, te haré un té y hablaremos de ello. ¿Se puede saber por qué no te alegras de tener un niño, por el amor de Dios? Lo has intentado durante años y ahora… ¿O tienes miedo de que el niño pueda llegar demasiado tarde? ¿No es de Lucas?

Helen miró inquisitiva a Gwyneira. A veces había sospechado que el nacimiento de Fleur encerraba algo de misterioso: a ninguna mujer se le podía escapar el modo en que se iluminaban los ojos de Gwyn al mirar a James McKenzie. Pero en los últimos tiempos apenas si los había visto juntos. Y Gwyn no sería tan tonta como para tomar un amante justo después de la partida de su esposo. ¿O se había marchado Lucas porque ya tenía un amante? Helen no se lo podía imaginar, Gwyn era una lady. ¡Seguro que no infalible, pero sí infaliblemente discreta!

– El niño es un Warden -contestó con firmeza Gwyneira-. De ello no hay duda. ¡Pero no lo quiero!

– Pero esto no lo decides tú -dijo Helen impotente. No podía seguir los pensamientos de Gwyn-. Si se está embarazada, se está embarazada.

– ¡Y qué! Debe de haber una posibilidad de desprenderse del niño. Hay abortos continuamente.

– Pero no en mujeres jóvenes y sanas como tú. -Helen sacudió la cabeza-. ¿Por qué no vas a ver a Matahorua? Seguro que te dice si el niño está sano.

– Tal vez pueda ayudarme… -dijo Gwyn esperanzada-. Tal vez conozca una bebida o algo así. Cuando estábamos en el barco, Daphne le contó a Dorothy algo sobre abortos clandestinos…

– ¡Gwyn, no debes ni pensar en algo así! -Helen había oído rumores sobre esas personas que practicaban abortos en la clandestinidad. Su padre había sepultado a alguna de las víctimas de tales individuos-. ¡Es un acto impío! ¡Y peligroso! Puedes morirte. ¿Y por qué, Dios mío…?

– ¡Iré a ver a Matahorua! -declaró Gwyn-. No intentes disuadirme. ¡No quiero ese niño!

Matahorua pidió a Gwyneira que tomara asiento junto a una hilera de piedras detrás de las casas de la comunidad, donde las dos estaban a solas. También ella debió de notar en su rostro que había sucedido algo grave. Pero esta vez tendrían que apañárselas sin intérprete: Gwyn había dejado a Rongo Rongo en casa. Lo último que necesitaba era una cómplice.

Matahorua hizo una mueca vaga cuando invitó a Gwyn a tomar asiento sobre las piedras. Su expresión debía de ser amistosa, incluso tal vez mostraba una sonrisa, pero para Gwyneira resultaba amenazante. Los tatuajes en el rostro de la anciana hechicera parecían transformar toda mueca y su figura arrojaba extrañas sombras a la luz del sol.

– Bebé. Lo sé de Rongo Rongo. Bebé fuerte…, mucha fuerza. Pero también mucha ira…

– ¡No quiero el bebé! -declaró Gwyneira, sin mirar a la hechicera-. ¿Puedes hacer algo?

Matahorua buscó la mirada de la joven.

– ¿Qué hacer? ¿Matar al bebé?

Gwyneira se crispó. Hasta el momento no se había atrevido a formularlo de manera tan brutal. Pero se trataba justamente de eso. Sintió que despertaba en ella un sentimiento de culpa.

Matahorua la miraba con atención, su rostro y su cuerpo, y como siempre parecía estar contemplando a través de las personas un lugar alejado que sólo ella conocía.

– ¿Para ti importante bebé morir? -preguntó con suavidad.

Gwyneira sintió que de repente montaba en cólera.

– ¿Estaría aquí si no fuera así? -espetó.

Matahorua se encogió de hombros.

– Bebé fuerte. Si bebé morir, tú también morir. ¿Tan importante?

Gwyneira se estremeció. ¿Qué es lo que daba tanta seguridad a Matahorua? ¿Y por qué nunca se ponían en duda sus palabras por muy extravagantes que fueran? ¿Podía realmente ver el futuro? Gwyneira reflexionó. No sentía nada por el niño que llevaba en su vientre, en cualquier caso rechazo y odio. Lo mismo que por su padre. ¡Pero el odio no era tan intenso para que valiera la pena morir. Gwyneira era joven y le gustaba la vida. Además la necesitaban. ¿Qué pasaría con Fleurette si perdía a su segundo progenitor? Gwyn decidió esperar a que el asunto se calmara. Igual podía traer al mundo a esa desdichada criatura y luego olvidarse de ella. ¡Que se ocupara Gerald!

Matahorua rio.

– Veo, tú no morir. Tú vivir, bebé vivir…, no feliz. Pero vivir. Y haber alguien que quiere…

Gwyneira frunció el entrecejo.

– ¿Que quiere qué?

– Alguien querer al niño. Al fin. Hacer… círculo redondo… -Matahorua trazó con el dedo un círculo y rebuscó en su bolsillo. Al final sacó un trozo casi redondo de jade y se lo tendió a Gwyneira-. Toma, para el bebé.

Gwyneira cogió la pequeña piedra y dio las gracias. No sabía por qué, pero se sentía mejor.

Todo esto no impidió, claro está, que Gwyneira intentara cualquier forma concebible de abortar. Trabajaba hasta la extenuación en el jardín, a ser posible agachada, comía manzanas todavía verdes hasta casi morir de indigestión, y montaba la última hija de Igraine, un potro que sin duda era difícil. Para admiración de James consiguió incluso que el rebelde animal se acostumbrara a la silla de amazona: un último y desesperado esfuerzo, pues Gwyneira sabía que la silla lateral no era un asiento más frágil, sino más seguro. Los accidentes con las sillas de amazona se producían casi siempre cuando el caballo caía debajo de la silla y la amazona no podía soltarse del asiento y librarse de las correas. Tales accidentes solían ser, asimismo, mortales. Pero la yegua Viviane tenía unas patas tan recias como su madre; dejando de lado que Gwyneira no tenía la menor intención de morir con su hijo. Su última esperanza residía en las fuertes sacudidas que producía el caballo al trote y de las cuales no podía escapar en la silla de montar para damas. Tras media hora de trote, apenas podía mantenerse a lomos del caballo a causa de los dolores de costado, pero al niño eso no le molestaba. Sobrevivió los peligrosos primeros tres meses sin problemas y Gwyneira lloraba de ira cuando veía que su vientre empezaba a hincharse. Al principio intentó dominar la traicionera redondez con bandas, pero a la larga eso resultó inaguantable. Por último se resignó a su destino y se armó contra las inevitables felicitaciones. ¿Quién iba a sospechar cuán indeseado era el pequeño Warden que crecía en su vientre?

Las mujeres de Haldon, como era de esperar, se percataron del embarazo de Gwyneira enseguida y empezaron a chismorrear de inmediato. Esto dio pie a las más fantásticas especulaciones. A Gwyneira le daba igual. Le horrorizaba que Gerald abordara el tema. Y lo que más temía era la reacción de James McKenzie. Pronto se daría cuenta o al menos oiría hablar de ello, y ella no podía contarle la verdad. En realidad se apartaba de su camino desde que Lucas había desaparecido porque en su rostro se plasmaban las preguntas. Ahora querría tener respuestas: Gwyneira estaba preparada para sus reproches y enfados, pero no para su auténtica reacción. Sucedió de forma totalmente inesperada para ella, cuando se lo encontró una mañana en la cuadra, en traje de montar e impermeable, porque volvía a lloviznar, y con las alforjas listas. Había incluso cubierto con una manta los lomos de su huesudo caballo blanco.

– Me voy, Gwyn -dijo cuando ella lo miró interrogante-. Ya puedes imaginar por qué.

– ¿Te vas? -Gwyneira no comprendía-. ¿Adónde? Qué…

– Me marcho, Gwyneira. Dejo Kiward Station y busco otro trabajo. -James le dio la espalda.

– ¿Me abandonas? -Las palabras escaparon de sus labios antes de que Gwyneira pudiera retenerlas. Pero el dolor había llegado muy de repente, la conmoción había calado fondo. ¿Cómo podía dejarla sola? Ella lo necesitaba, justo ahora.

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