En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
James se echó a reír, pero parecía más triste que divertido.
– ¿Te sorprende? ¿Crees que tienes algún derecho sobre mí?
– Claro que no. -Gwyn buscó apoyo en la puerta de la cuadra-. Pero pensaba que tú…
– No estarás esperando ahora declaraciones de amor, ¿verdad, Gwyn? No después de lo que has hecho. -James iba apretando las cinchas como si estuviera manteniendo una conversación ocasional.
– ¡Pero si yo no he hecho nada! -se defendió Gwyneira, consciente de lo falso que sonaba.
– ¿Ah, no? -James se dio la vuelta y la miró con frialdad-. Así que se trata de una nueva versión de la inmaculada concepción. -Señaló el vientre de la joven-. ¡No me vengas con cuentos, Gwyneira! Vale más que me cuentes la verdad. ¿Quién fue el semental? ¿Venía de mejor cuadra que yo? ¿Mejor pedigrí? ¿Mejores movimientos? ¿Posiblemente un título de nobleza?
– James, nunca quise… -Gwyn no sabía qué decir. Habría preferido desplegar toda la verdad ante él, abrirle su corazón. Pero entonces él pediría cuentas a Gerald. Entonces habría muertos o al menos heridos y después todo el mundo conocería el origen de Fleurette.
– Fue ese Greenwood, ¿verdad? Un auténtico gentleman. Un joven apuesto, cultivado, de buenos modales y seguramente muy discreto. Lástima que no lo hubieras conocido entonces, cuando…
– ¡No fue George! ¿Qué te crees? George vino a causa de Helen. Y ahora tiene esposa en Christchurch. Nunca hubo motivos para tus celos. -Gwyneira odiaba el tono implorante de su propia voz.
– ¿Y entonces quién fue? -James se acercó a ella casi amenazador. Irritado la agarró por los brazos como si fuera a zarandearla-. ¡Dímelo, Gwyn! ¿Alguien de Christchurch? ¿El joven Lord Barrington? ¡Ése sí te gusta! Dímelo, Gwyn. ¡Tengo derecho a saberlo!
Gwyn sacudió la cabeza.
– No te lo puedo decir y tampoco tienes derecho…
– ¿Y Lucas? Te ha descubierto, ¿verdad? ¿Te ha pillado, Gwyn? ¿En la cama con otro? ¿Te ha hecho vigilar y luego te lo ha dicho claramente? ¿Qué había entre tú y Lucas?
Gwyneira lo miró abatida.
– Nada de este tipo. No entiendes.
– Entonces, ¡explícamelo Gwyn! Explícame por qué un hombre te ha dejado al amparo de la noche y no sólo a ti, sino al viejo, a la niña y su herencia. Me gustaría entenderlo… -La expresión de James se suavizó, aunque todavía se esforzaba por no perder el control. Gwyn se preguntó por qué, a pesar de todo, no tenía miedo. Pero es que nunca había tenido miedo de James McKenzie. Tras la desconfianza y la cólera, siempre veía amor en sus ojos.
– No puedo, James. No puedo. Por favor, acéptalo, no te enfades. Te lo pido, ¡no me dejes! -Gwyneira se hundió en el hombro de él. Quería estar junto a él, daba igual si era bien recibida o no.
James no se lo impidió, pero tampoco la abrazó. Sólo se desprendió de ella y suavemente la apartó hasta que no hubo contacto físico.
– Sea lo que sea lo que haya pasado, Gwyn, no puedo quedarme. Tal vez podría si realmente tuvieras una explicación para todo esto…, cuando realmente confiaras en mí. Pero así no te entiendo. Eres tan obstinada, tan dependiente de nombres y herencias que incluso ahora quieres ser fiel a la memoria de tu marido…, y pese a ello te has quedado embarazada de otro hombre…
– ¡Lucas no está muerto! -balbució Gwyneira.
James hizo un gesto de impotencia.
– Eso carece de importancia. Da igual que esté muerto o vivo, tú nunca te unirías a mí. Y, lentamente, esto me está superando. No puedo verte cada día sin pedir nada de ti. Llevo cinco años intentándolo, Gwyn, pero siempre, cuando te dirijo la mirada tengo ganas de tocarte, de besarte, de estar contigo. En lugar de eso están los «Miss Gwyn» y los «señor James», eres cortés y distante, si bien el deseo es tan perceptible en ti como en mí. Esto me está matando, Gwyn. Lo hubiera soportado mientras tú también lo hubieras soportado. Pero ahora…, es demasiado, Gwyn. Lo del niño es demasiado. ¡Dime al menos de quién es!
Gwyn volvió a sacudir la cabeza. La desgarraba por dentro pero no reveló la verdad.
– Lo siento, James. No puedo. Si por eso tienes que irte, entonces vete.
Contuvo un sollozo.
James puso una brida al caballo y ya se disponía a sacarlo al exterior. Como siempre, Daimon se unió a él. James acarició el perro.
– ¿Vas a llevártelo? -preguntó Gwyn con la voz ahogada.
James dijo que no.
– No es mío. No puedo permitir que el mejor semental de Kiward Station se vaya conmigo.
– Pero te echará de menos… -Gwyneira contempló con el corazón partido cómo ataba al perro.
– Yo también echaré muchas cosas de menos, pero todos aprenderemos a vivir con ello.
– Te lo regalo. -Gwyneira deseó de repente que James se llevara al menos un recuerdo de ella. De ella y de Fleur. De los días en la montaña. De la demostración de los perros el día de su boda. De todas esas cosas que habían hecho juntos, de los pensamientos que habían compartido.
– No me lo puedes regalar, no te pertenece -dijo James en voz baja-. El señor Gerald lo compró en Gales, ¿no te acuerdas?
¡Que si lo sabía! Y recordaba Gales y las palabras amables que entonces había intercambiado con Gerald. Entonces lo había tenido por un gentleman, algo exótico quizá, pero honesto. Y qué bien recordaba esos primeros días con James, cuando ella le enseñó los trucos para adiestrar a los jóvenes perros. Él la respetaba, aunque fuera una mujer…
Gwyneira miró a su alrededor. Los cachorros de Cleo eran lo bastante mayores como para separarlos de su madre, si bien seguían corriendo tras ella y, por ello, pululaban ahora en torno a Gwyneira. Se agachó y levantó al cachorro más grande y bonito. Una joven perra casi negra, con la sonrisa típica de los collie de Cleo.
– Pero a ésta sí puedo regalártela. Es mía. Acéptala, James. ¡Por favor, acéptala! -Con resolución le puso a James el cachorro entre las manos. La perrita enseguida intentó lamerle la cara.
James sonrió y parpadeó turbado para que Gwyn no viera las lágrimas de sus ojos.
– Se llamará Friday, ¿verdad? Viernes, el compañero de Robinson Crusoe en la soledad.
Gwyn asintió.
– No tienes que estar solo… -dijo con un débil tono de voz.
James acarició al animal.
– A partir de ahora, nunca más. Muchas gracias, Miss Gwyn.
– James… -Se acercó y levantó el rostro hacia él-. James, desearía que fuera tu hijo.
James depositó un suave beso en sus labios, con tanta dulzura y serenidad como sólo Lucas la había besado.
– Te deseo suerte, Gwyn. Que tengas suerte.
Gwyneira lloró sin cesar cuando James se hubo ido. Lo siguió con la mirada desde su ventana, lo vio cabalgar por los prados, con la perrita delante de él, en la silla. Partía hacia tierras montañosas. ¿O tal vez iría a Haldon por el atajo que ella había descubierto? A Gwyn le daba lo mismo, lo había perdido. Había perdido a los dos hombres. Salvo Fleur, sólo le quedaban Gerald y ese maldito e indeseado niño.
Gerald Warden no habló del embarazo de su nuera, ni una sola vez, cuando era tan evidente que todos, a primera vista, lo reconocían. Por ello tampoco se habló de la cuestión de la asistencia al parto. Esta vez no se traería a ninguna comadrona a la casa, no se consultaría a ningún médico para que controlara el curso del embarazo. La misma Gwyneira intentaba ignorar en lo posible su estado. Siguió cabalgando hasta las últimas semanas, incluso los caballos más impetuosos, e intentaba no pensar en el nacimiento. Tal vez el niño no sobreviviera si no obtenía la ayuda de un especialista.
En contra de lo que Helen esperaba, los sentimientos de Gwyneira hacia el niño no cambiaron durante el embarazo. Ni siquiera mencionaba los primeros movimientos de la nueva vida que con tanto arrobo había celebrado cuando se trataba de Ruben y Fleur.