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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Si hubiera llegado un par de minutos después, habría sido demasiado tarde.

Aquellos dos hombres dejaron en paz a Gerhart porque ella estaba allí. Los reconoció y ellos la reconocieron llenos de odio. Dejaron tranquilo a Gerhart y desaparecieron por el pasillo central de la sección. Durante los días que siguieron a su primera visita, fueron apareciendo regularmente, uno por uno, sonrientes y conciliadores. Mientras acudieran por separado, Petra no podría hacerles nada. Siempre quedaría el otro para vengarse. Y Gerhart era un objetivo indefenso.

Ambos corrían peligro.

Así transcurrieron cinco días en los que Petra constantemente buscó la compañía de terceros y, sin embargo, no permitió que Gerhart se quedara a solas más de un par de minutos seguidos. Petra constató que, por cada día que pasaba, Gerhart se iba debilitando. Desde la llegada de los hombres parecía asustado y paralizado y se negaba casi por completo a ingerir alimentos y líquido.

El sexto día apareció el tercer hombre de Friburgo.

Habían estado esperándola fuera. La amiga que la acompañaba cogida del brazo se había separado de ella y había empezado inopinadamente a flirtear con el hombre del rostro picado, que se llamaba Kröner; solía hacerlo con cualquier hombre que fuera bien vestido.

La situación era absolutamente grotesca.

Fue el tercer hombre de Friburgo quien tomó la palabra; un hombrecito amable de nombre Peter Stich del que Petra siempre había pensado que era incurable, hasta que los médicos le dieron el alta y lo destinaron al servicio activo. Mientras tanto, Lankau permanecía a su lado, en posición de piernas abiertas y actitud acechante. Era una situación peligrosa por cuyo desenlace ambas mujeres podrían llegar a pagar. Petra estaba dispuesta a llegar a un acuerdo.

– ¡Gerhart Peuckert! -dijo Peter Stich con media sonrisa en los labios-. ¿No deberíamos llevarlo a un sitio más seguro? ¡Teniendo en cuenta los tiempos que corren, quiero decir! ¡Al fin y al cabo es un criminal de guerra! ¡Y a ésos, la gente no les dispensa demasiada simpatía, digo yo!

Entonces el hombrecito le dio una palmada en el codo y le hizo una señal a Lankau que, acto seguido, se alejó.

– ¿A lo mejor quiere hablar conmigo de ello? -prosiguió Peter Stich-. ¿Cuándo y dónde le parecería bien?

A Petra no le supuso demasiado esfuerzo mostrarse complaciente. La seriedad de la situación no le era ajena. Enfermo o no, Gerhart Peuckert corría un serio riesgo de tener que pagar por su pasado. Ya por entonces se daban muestras de ello a diario. La batida contra las figuras más destacadas del régimen nazi había empezado. Numerosos ciudadanos de las clases más aventajadas de Colonia habían sido internados y la gente de los cuerpos especiales de la Gestapo y de las SS se había convertido en presa fácil para cualquiera. No se podía esperar misericordia ni ayuda, ni por parte de amigos ni de enemigos.

Era un día veleidoso. Mientras que muchos de sus colegas no habían parado de hacer bromas durante todo el día y, divertidos, se habían negado a realizar siquiera las tareas menos exigentes, unos hombres uniformados habían sacado a un ciudadano más de su escondite en el sótano del hospital y se lo habían llevado. A Petra le dolía el estómago.

Aquel día acordaron que un poco más tarde se encontraría con los pacientes de Friburgo en la sala de espera casi provisional de la estación de ferrocarril. Los alrededores estaban prácticamente desiertos. Ni uno solo de los autobuses que normalmente salían de allí había llegado. En la misma sala de espera, esparcida por el suelo, había gente durmiendo o descansando. Había equipaje por todos lados: cartones ligados con papel, mantas que envolvían todo tipo de pertenencias y artículos de primera necesidad, maletas, bolsas y sacos. El lugar había sido elegido con gran acierto. Petra había exigido que todos los simuladores estuvieran presentes, aunque sólo hablaría con uno de ellos. Y, además, había decidido que la reunión se celebraría en un lugar atestado de gente.

No podría haber elegido un lugar con más gente que aquél.

Una familia se había instalado en el centro de la sala. El grupo estaba integrado por al menos seis niños pequeños y dos adolescentes. La madre estaba arrugada, preocupada y cansada. El padre dormía. Petra se colocó en medio del grupo y esperó, mientras un par de niños no dejaban de tirar de sus faldas mirándola con semblante burlón.

Peter Stich la vio en seguida. A un par de pasos lo seguían Kröner y Lankau. Se detuvieron.

– ¿Dónde están los otros, los dos que faltan? -preguntó Petra echando un vistazo por encima del hombro.

Uno de los niños se sentó en el suelo entre ellos y alzó sus enormes ojos por debajo de la falda de Petra para luego dirigirlos hacia Peter Stich. Estaba relajadísimo.

– ¿Quiénes? -preguntó.

– Los que desaparecieron la noche en que también escapó Lankau. Arno von der Leyen y el otro, ¡no recuerdo su nombre!

– ¡Dieter Schmidt! Se llamaba Dieter Schmidt. ¡Están muertos! Murieron la noche en que huyeron. ¿Por qué?

– Porque no me fío de vosotros y, por tanto, necesito saber cuántos sois.

– Sólo somos tres, ¡y luego usted y Gerhart Peuckert! ¡Confíe en mi!

Petra volvió a echar un vistazo a su alrededor.

– ¡Aquí tiene! -dijo y le entregó un sobre abierto.

Stich sacó la hoja de papel que había dentro y la leyó en silencio.

– ¿Por qué ha escrito esto? -preguntó mientras le pasaba el documento a Kröner.

– Es una copia. He depositado el original junto con mi testamento. Será la garantía de que no nos ocurrirá nada malo, ni a mí ni a Gerhart.

– ¡Se equivoca! Si nos delata, Gerhart caerá con nosotros. Supongo que lo sabe…

Petra asintió.

– Según usted, ¿este documento la ayudará a mantenernos en jaque?

Petra volvió a asentir.

– Lo siento mucho -dijo Stich después de haber parlamentado un momento con los demás-, pero no podemos permitir que este documento tenga que preocuparnos eternamente. Los seguros de vida entre socios deben ser mutuos. Tenemos que pedirle que destruya el original. No podemos aceptar que esté en manos de un abogado.

– ¿Entonces qué?

– Podemos ofrecerle un contrato, que podrá depositar en el despacho de su abogado. El contrato comprenderá ciertas concesiones a su favor. Podemos formularlo de manera que su muerte sea provechosa para nosotros, lo que, sin duda, nos pondrá en la picota, en caso de que su muerte levantase sospechas.

– ¡No! ¡Ni hablar!

Petra percibió la ira de Lankau al verlo sacudir la cabeza.

– ¡Depositaré el documento en otro lugar!

– ¿Dónde?

Stich ladeó la cabeza.

– ¡Eso es asunto mío!

– ¡No podemos aceptarlo! ¡De ninguna de las maneras!

Tan pronto como se oyeron las palabras de Stich, Petra se volvió resuelta y se dirigió hacia la salida. No se detuvo hasta que Stich la hubo llamado por tercera vez.

Stich se acercó a ella.

Pasaron toda la noche hablando, envueltos por la muchedumbre y las miradas curiosas. Peter Stich aceptó su propuesta y parecía estar muy abierto a todo comentario, a la vez que no hizo ni el menor esfuerzo por ocultar que tanto Petra como Gerhard Peuckert lo pagarían caro si ella, alguna vez, llegaba a abusar de su generosidad.

Peter Stich había logrado calmarla. Como ya era sabido, aquellos hombres, al igual que Gerhart Peuckert, eran antiguos oficiales de las SS y habían ocupado puestos en lo más alto de la jerarquía nazi. Si los descubrían y se veían envueltos en juicios, corrían el riesgo de ser condenados a cadena perpetua o incluso de ser ejecutados. Lo único que podía protegerlos era que su verdadera identidad no fuera revelada. Por tanto, deberían mantenerse unidos, y ella también, si quería que Gerhart Peuckert siguiera con vida. Tendría que garantizarles su silencio y el de Gerhart.

Si así lo hacía, a cambio, tenían una oferta que hacerle. Le ofrecerían una nueva identidad a Gerhart Peuckert, precisamente la que, en un primer momento, había estado destinada a Dieter Schmidt.

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