La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
En caso de aceptar la propuesta, su nueva identidad sería la de Erich Blumenfeld. A primera vista, sus rasgos marcados podían pasar por los de un judío, siempre y cuando le afeitaran el pelo rubio al uno. Si se atenían a esa historia, todo iría bien. Con los tiempos que corrían, resultaría fácil convencer a la gente de que algunos judíos podían estar necesitados de cuidados psiquiátricos. Los simuladores le ofrecían una nueva vida y se comprometían a hacerse-cargo de los cuidados que requiriese en un futuro.
No veían ningún inconveniente en que Petra siguiera a Gerhart y se estableciera cerca de él.
– ¿Y así fue cómo aterrizaron en Friburgo? -Laureen meneó la cabeza-. ¡Pero si aquí ninguno de ustedes podría sentirse seguro jamás! ¡Precisamente en esta ciudad, de entre todas las que hay en este mundo!
– ¡Así fue! Los demás ya lo habían decidido. Y tengo familia en la zona. ¡Al fin y al cabo, yo no tenía por qué ocultarme!
Petra juntó las manos y alejó la taza con los nudillos.
– Y todo salió bien, ¿no? Hasta que aparecieron usted y su marido. ¡Durante veintisiete años, todo fue a las mil maravillas! Y para los simuladores, la ciudad tenía muchas ventajas. En primer lugar, está cerca de Suiza, y en segundo lugar, todos aquellos que podrían haberlos reconocido habían muerto durante el bombardeo del lazareto o habían sido trasladados con anterioridad. Además, ninguno de los simuladores se crió en la ciudad y nada los vinculaba a ella. Visto lo visto, fue una buena elección.
Dicho y hecho. Todos adquirieron una nueva identidad, tal como había propuesto Stich. Él se convirtió en Hermann Mü-11er, Wilfried Kröner en Hans Schmidt, Horst Lankau en Alex Faber y a Gerhart Peuckert lo ingresaron en un sanatorio privado bajo el nombre del judío Erich Blumenfeld. Por una módica suma, un anciano médico de Stuttgart que, aunque había sido absuelto en Nuremberg, no las tenía todas consigo, eliminó los tatuajes de los cuatro hombres. Les costó dos mil marcos borrar todas las pruebas físicas de su pasado.
– ¡Creo que Bryan todavía tiene ese tatuaje! -reconoció Laureen.
Hacía ya muchos años que no se fijaba en aquella mancha que siempre había pensado era el resultado de la vanidad estúpida de un joven soldado.
El traslado de Gerhart Peuckert no les causó ningún problema. Desde Colonia lo llevaron a Reutlingen y, desde allí, fue trasladado a Karisruhe. Cuando finalmente fueron a buscarlo para llevárselo a Friburgo, hacía tiempo que su nueva identidad era una realidad.
Petra estaba feliz por tener a Gerhart de vuelta en Friburgo y durante largo tiempo estuvo convencida de que se pondría bien. Por eso no se casó. El precio de la vida.
Pero a pesar de la fuerza y el cariño de Petra, el estado de Gerhart Peuckert siguió inalterable. Siguió siendo el de siempre, inaccesible, introvertido, presente y, sin embargo, lejano.
Como un amante en una vitrina.
Dejándola a ella de lado, los tres hombres eran prácticamente el único contacto que Gerhart mantenía con el mundo exterior. Por lo que sabía, siempre lo habían tratado más o menos bien. Unos años más tarde, los tres hombres adquirieron la clínica. De esta manera podrían entrar y salir tantas veces como quisieran.
– ¿Son ricos?
Laureen tenía una manera especial de pronunciar esa palabra. De joven había estado cargada de desprecio. En Cardiff, los ricos eran aquellos que desangraban a los padres y los hombres de la ciudad, en el puerto y las acerías. Desde que ella había ascendido a estratos más estables desde un punto de vista económico, la palabra había adquirido una dimensión distinta que la llevaba a detenerse un instante, apenas perceptible y vacilante, antes de pronunciarla.
Petra se quedó ensimismada, como si no hubiera oído la pregunta.
– En el lazareto de Friburgo conocí a Gisela, que tenía algunos años más que yo, y nos hicimos amigas. Su marido estuvo ingresado allí; un caso perdido. Cuando falleció durante el bombardeo del lazareto, pocos días antes de finalizar la guerra, ella se sintió aliviada. ¡Aprendimos a reírnos juntas, se lo puedo asegurar!
Una débil y sentimental sonrisa se posó en sus labios. Sin duda, Petra Wagner no se había reído demasiado desde entonces, pensó Laureen.
– Y el destino quiso que, por un lado, mi amiga no pudiera volver a su ciudad natal, y por otro, que estos tres hombres aparecieran, trastornando mi vida por completo. Una tarde tonta, algunos años más tarde, en la que me habían citado los tres, se me ocurrió llevarla conmigo, sólo con la intención de ir bien acompañada. Jamás debería haberlo hecho, porque fue la desgracia de su vida. Se casó con uno de ellos, con el hombre del rostro picado de viruela, Kröner; sin duda el más culto de los tres, pero aun así le hizo la vida imposible. Y, sin embargo, de no haber sido por ella, hoy mismo yo no tendría la más mínima idea de lo que esos hombres se traían entre manos y qué los llevaba a hacer lo que hacían.
Petra miró por la ventana y luego volvió a consultar su reloj. Entonces se puso derecha y se sacudió el estado de ánimo que ella misma había evocado.
– Sí, son ricos -dijo-. ¡Incluso podría decirse que muy ricos!
Al igual que Stich, Kröner sólo invirtió una pequeña parte de su botín. El resto de los bienes muebles que les había proporcionado influencia y poder en el estado federal lo habían obtenido trabajando duramente. No habían tocado los valores depositados en Basilea; tan sólo Lankau había ido gastando regularmente de su fortuna, algo que podría seguir haciendo durante muchos años, en opinión de Petra. De puertas afuera, era el propietario de una fábrica de maquinaria que empleaba a un gran número de personas. Sin embargo, la fábrica era deficitaria. No era más que una coartada social y una afición que, al igual que la vinicultura, le proporcionaría dinero en metálico y amistades de caza durante el resto de su vida. Era el espíritu amable de la ciudad, siempre dispuesto a una broma o a una buena cena. Lankau se convirtió en la encarnación de un hombre de doble personalidad.
En cuanto a Kröner, su campo de acción era más amplio y estaba más diversificado, abarcando desde el comercio hasta propiedades inmuebles y parcelación de solares; todas ellas, actividades que requerían influencia política y muchos amigos. A Petra le resultaba imposible que todavía quedara en la ciudad un bebé de familia burguesa que Kröner no hubiera acariciado o abrazado alguna vez. En resumidas cuentas, se había pasado la mayor parte de su vida labrándose un futuro y olvidándose de las personas que tenía más cerca.
Stich era un caso aparte. A pesar de la vida modesta que llevaba era, sin lugar a dudas, el más rico de todos. Había especulado en la reconstrucción alemana, en el floreciente intercambio comercial, en el boom del papel de los años sesenta. Escaso riesgo, grandes beneficios; una profesión que únicamente requería clarividencia y tesón. Tomando estas máximas como punto de partida, Stich siempre se había mantenido alejado de la vida social de la ciudad.
Era un desconocido, incluso entre los más allegados.
A lo largo de todos aquellos años, la relación entre los tres hombres se había concentrado en el interés que compartían por ocultar su pasado. Por tanto, procuraban visitar a Gerhart Peuckert con cierta regularidad para influir en su tratamiento. Y, por tanto, también habían sometido la elección de esposa y la propia imagen pública a la aprobación de los demás.
En cuanto a Gerhart Peuckert, todos acabaron por acostumbrarse a su estado. Tan sólo en una ocasión, un estrato de su más profundo ser había emergido a la superficie sorprendiéndolos a todos. Petra había estado presente; había sido con motivo de un vuelo de exhibición. Fue la primera vez en años que había dicho algo. «So schnell», fueron las palabras que salieron entonces de su boca; nada más. Había sido en 1963.