La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Rara vez lo abandonaba para viajar a otros países y volvía a su lado con impresiones que eran tan exóticas como los cuentos. Memorables y deliciosas. Sin embargo, lo único que tenía sentido para él era que ella volviera, humilde y presente, optimista. Y con una caricia para su mejilla.
Se había acostumbrado a los hombres que lo visitaban. Con los años, su postura amenazante se había ido suavizando. Ya no lo agarraban del brazo con dureza, ni le susurraban amenazas al oído cuando se quedaban a solas con él. Simplemente se convirtieron en una parte de su vida cotidiana. Y eran muy diferentes entre sí.
El hombre del rostro picado se convirtió en su amigo. No porque siempre fuera amable cuando lo visitaba. Tampoco porque siempre le ofreciera algún bocado exquisito cuando visitaban su preciosa casa. Sino sobre todo porque ni el viejo ni el hombre del rostro ancho le habían pegado estando Kröner presente.
Así había sido hasta ese momento.
Lankau era el peor. Aunque el viejo podía pasarse todo un di* persiguiéndolo, al menos tenían algún que otro rasgo conciliador. Y además tenía a Andrea.
El viejo era quien mandaba, pero era Lankau quien ejecutaba las órdenes. Durante los primeros años, su aspecto le resultó extremadamente terrorífico, con su órbita ocular vacía que, a veces, cuando lo castigaba, se quedaba abierta de par en par, Fueran cuales fuesen las razones de las palizas, el resultado fue que Gerhart Peuckert dejó de reaccionar, le hicieran lo que le hicieran. Y con los años, prácticamente habían dejado de castigarlo. Los golpes ya no eran tan fuertes.
Hasta ese día.
Gerhart retomó el recuento de los rosetones, en un intento de mantener las palabras alejadas. En el salón contiguo, hacía ya tiempo que el viejo había dejado de carraspear. De vez en cuando se escuchaba su respiración pesada y regular, como si estuviera dormido.
A medida que fue pasando el tiempo, las visitas de los tres hombres se fueron espaciando cada vez más. En las raras ocasiones en que se juntaban a su alrededor, solían cantarle un tled, darle una palmada amistosa en la espalda y ofrecerle un puro 0 un snaps que Lankau le servía de su bastón o de la petaca que siempre llevaba en el bolsillo de su cazadora. Alguna que Otra vez, con motivo de una visita, lo sacaban a pasear por las calles de la ciudad o se lo llevaban a casa de Kröner o del viejo, o incluso al refugio de Lankau. Entonces solían hablar animadamente de sus negocios. Aquellos constantes lances con lo desconocido llevaban a Gerhart a contar y a añorar el sanatorio. Casi siempre terminaba por buscar el coche que lo había llevado hasta allí. Entonces solían cogerlo del brazo y serenarlo con un par de pastillas.
A Gerhart Peuckert, alias Erich Blumenfeld, siempre le habían suministrado pastillas. En los sanatorios, durante los paseos, en las visitas a las casas de los tres hombres. Estuviera donde estuviese, siempre acababan dándole pastillas; las enfermeras, los camilleros, los tres hombres y sus familias.
Cada lugar estaba provisto de su pequeño botiquín en el que guardaban sus pastillas.
Tan sólo una vez se lo habían llevado a un lugar donde había extraños. Petra había ido a su encuentro y lo había abrazado. Había sido con motivo de un vuelo de exhibición, entre miles de espectadores. Los gritos, el ruido infernal y la muchedumbre lo habían desquiciado, aunque la exhibición lo había cautivado. Estuvo varias horas sin señalar con el dedo ni mover la cabeza, pero sus ojos habían expresado una gran admiración y la visión había desatado algo que llevaba muchos años encerrado en lo más profundo de su ser. Ésa fue la primera vez en quince años que abrió la boca para decir algo. Mientras seguía con la mirada los cazas que cortaban el cielo. Hasta que llegó la hora de dormir no dejó de repetir la misma frase, una y otra vez. «So schne.ll», fueron sus palabras.
CAPÍTULO 45
Había sido un día extraño para Laureen. Una sensación vaga de que estaba a punto de tocar algo que, a lo largo de los años, había permanecido oculto, como un tono concomitante y permanente en la vida de ella y de Bryan, se fue apoderando de ella. Mientras Bryan hablaba con la mujer en el parque de la ciudad. Laureen se fue convenciendo de que su destino estaba ligado a aquella persona enjuta.
Sin embargo, eso no era todo.
De lejos, aquel encuentro con la mujer podía parecer un reencuentro fortuito que, con una rapidez incomprensible, había evolucionado hasta transformarse en una confrontación y una pelea. Sin embargo, cuando se separaron, ambos habían irradiado tales ondas de emoción y de sentimientos reprimidos que Laureen estuvo convencida de que pronto volverían a encontrarse. «Sin duda el encuentro tendrá lugar bajo otras circunstancias», pensó para sus adentros.
Bryan seguía teniendo su base en el hotel Roseneck, en Urachstrasse. Ése era el punto de partida de Laureen y allí sería, llegada la hora, donde se pondría en contacto con él. En cuanto a la mujer, las cosas cambiaban. Le gustara o no, Laureen sentía una necesidad acuciante de saber algo más sobre ella. ¿Era su piso el que Bryan había vigilado durante toda la mañana? ¿Quién era ella? ¿Cómo era posible que una mujer de una ciudad lejana de Alemania, y que, además, no era joven del todo, pudiera interesarle tanto a su marido?¿De qué se conocían? ¿Y cuánto? Laureen tenía intención de averiguarlo; allí y ahora mismo.
Así, fue a la mujer y no al hombre a la que Laureen siguió durante las siguientes horas.
Fueron muchas las paradas. En dos ocasiones fue una cabina de teléfono la que se tragó el abrigo negro de charol. De vez en cuando, la mujer desaparecía por el portal de un edificio de pisos, dejando a Laureen en la calle sin saber qué hacer, confusa y con los pies doloridos. La mujer tenía muchos asuntos que atender. Cuando finalmente se metió en un bar de la plaza de Münster y hubo pasado un buen rato mirando por la ventana desde su mesa cercana a la puerta, Laureen tomó asiento cerca de ella y se quitó sus zapatos nuevos con una expresión de alivio casi audible. Hasta entonces no había tenido tiempo ni ocasión de observar el objeto de su persecución.
La mujer sentada a un par de mesas de donde se encontraba Laureen no parecía especialmente deseable.
Cuando Bryan, un rato más tarde, se sentó a su mesa, parecía estar muy tenso. El hecho de que apareciera no le sorprendió lo más mínimo a Laureen, aunque la familiaridad con la que se trataban Bryan y la mujer desconocida sí le atormentó. Entonces ella posó su mano sobre el brazo de Bryan y lo acarició suavemente. Pocos minutos después de haber entrado, Bryan volvió a abandonar el bar, más rígido y tenso de lo que Laureen lo había visto nunca. Desapareció tras la veladura de la ventana con movimiento repentinos, abruptos y descoordinados, como los de un borracho.
Con ello, el dilema a la hora de decidir a quién debía seguir el resto de la tarde se resolvió por sí solo. La mujer se quedó un rato más mirando al infinito. Parecía confusa e indecisa. Laureen encendió un cigarrilo y se volvió hacia el centro del establecimiento. De momento seguiría sentada en su rincón, intentando pasar desapercibida. En cuanto se fuera la mujer, ella también se iría.
CAPÍTULO 46
Petra estaba confusa. A lo largo de su ronda a través de la ciudad, varios de sus pacientes le habían preguntado si estaba enferma. «Está usted muy pálida, hermana Wagner», le habían dicho, y así era, no se encontraba bien.
Llevaba toda una vida viendo a los tres simuladores del lazareto de las SS actuar a su antojo. Aunque eran muy diferentes, Petra sabía con toda seguridad que los tres se mostrarían inflexibles con todo aquel que se interpusiera en su camino.