La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
El hombre rollizo apoyó el brazo en el respaldo del asiento contiguo y se volvió hacia la mujer que estaba sentada en el asiento trasero. Petra apenas se había dado cuenta de su llegada. Entonces abrió su maletín y agarró el estrecho mango metálico que siempre guardaba en la funda central de la tapa. Acababa de cambiar la hoja del escalpelo y sabía que era un arma mortal. Con ella en la mano se dispuso a desentrañar el misterio que aquel día había traído consigo.
La mujer pareció triste cuando Petra se bajó del coche y cruzó la calle.
– ¡También los taxistas tenemos derecho a mear! -se oyó desde el taxi que Petra acababa de abandonar-. ¡También nosotros necesitamos una pausa de vez en cuando! ¿Acaso usted sabe lo que significa estar aquí sentado durante todo el santo día?
Entonces alzó la voz aún más, arrancó el taxi y salió disparado de la parada sacando la cabeza por la ventanilla.
– ¡Sólo dos minutos! Podría haber esperado, ¿no le parece?
El rostro de la mujer era de sorpresa al ver la hoja del escalpelo escondido en la manga del abrigo de Petra. La mujer parecía hipnotizada por el brillo del metal y no hizo ningún ademán de salir corriendo.
Entonces Petra dejó caer el brazo.
Era la segunda vez en un día que se había enfrentado a un perseguidor, y era la segunda vez que se habían dirigido a ella en inglés. Amo von der Leyen y aquella mujer tenían algo en común, además del idioma, de eso estaba convencida.
– ¿Qué le he hecho yo? -le dijo la mujer.
– ¿Cuánto tiempo lleva siguiéndome?
– Desde esta mañana. ¡Desde que se encontró con mi marido en el parque!
– ¿Su marido? ¿Cómo?
– ¡Se ha encontrado con él dos veces hoy, no puede negarlo! ¡La primera vez, en el parque de la ciudad y la segunda, en el bar del hotel Rappens!
– ¿Está casada con Amo von der Leyen?
Petra miró a la mujer alta. Sus palabras le habían sorprendido.
Parecía que la mujer intentaba serenarse.
– ¿Amo von der Leyen? ¿Es así como se hace llamar?
– Ése es el nombre que conozco, desde hace casi treinta años. ¡No conozco otro nombre!
Por un segundo, la mujer larguirucha pareció desconcertada.
– Es un nombre alemán, ¿no es así?
– Sí, por supuesto -le respondió Petra. -De acuerdo. No sé si me parece obvio a mí, puesto que es mi marido y es inglés y, desde luego, no se llama Arno, sino Bryan Underwood Scott. Siempre ha sido ése su nombre. Lo dice su fe de bautismo y es el nombre que utilizó su madre hasta su muerte. ¿Por qué insiste en llamarlo Amo von der Leyen? ¿Me toma el pelo? ¿O simplemente tiene pensado pincharme con ese instrumento que tiene en la mano?
La diatriba febril que le había soltado la mujer le resultó fascinante. Petra sólo había entendido la mitad de la parrafada que le había servido en apenas unos segundos. Ni siquiera un pastel de crema caro podría haber ocultado la "indignación encendida de la mujer. Parecía más que sincera.
– ¡Dése la vuelta! -dijo Petra-. ¿Qué ve?
– Nada -repuso Laureen-. Una calle desierta. ¿Es a eso a lo que se refiere?
– ¿Ve aquella C en la fachada de aquel edificio? Es la cafetería del hotel Gamis. Si me promete que me seguirá ahora mismo y sin rechistar, no utilizaré este trasto.
Petra blandió el escalpelo y luego volvió a metérselo en la manga.
– ¡Creo que lo mejor será que hablemos!
CAPÍTULO 47
Sin siquiera inmutarse, el camarero le sirvió té en una taza de café. Laureen dejó que humeara una eternidad antes de probarlo a regañadientes. Ninguna de las mujeres decía nada. La mujer menuda parecía estar a punto de reventar. Miró varias veces el reloj y cada vez pareció que iba a decir algo, aunque, finalmente, no se decidió a hacerlo.
De pronto alzó la taza y bebió un sorbo.
– ¡Tiene que entender que para mí todo esto es un rompecabezas! -dijo finalmente.
Laureen asintió.
– Y tengo la sensación de que hay más de uno que hoy puede llegar a lastimarse seriamente, si no le ponemos remedio. ¡Tal vez ya sea demasiado tarde, y entonces no habrá nada que podamos hacer nosotras! Por tanto, debemos intentar recomponer el rompecabezas cuanto antes mejor. ¿Me sigue?
– Sí, eso creo al menos -dijo Laureen, intentando parecer solícita y complaciente-. Pero ¿quién corre peligro? Supongo que no será mi marido, ¿verdad?
– Pues es posible, sí. Pero tendrá que disculparme, ahora mismo no me parece importante. No me fío ni de usted ni de él, ¿lo entiende?
– ¿Ah, no? ¿Pues sabe qué le digo? Yo no sé nada de usted. ¡No la había visto en mi vida! ¡Usted puede ser cualquiera! Dice que hace treinta años que conoce a mi marido, pero por otro nombre. ¡Y tengo la extraña sensación de que tiene información que tal vez pueda haber afectado a nuestro matrimonio durante años! Siendo así, ¿realmente cree que yo puedo fiarme de usted?
Laureen disolvió otro terrón de azúcar en el líquido turbio que el camarero había llamado té y le dispensó una amplia y agridulce sonrisa a Petra:
– Por otro lado, ¿tengo elección?
– ¡No, podría decirse que no!
La carcajada que soltó la mujer no se correspondía con su envergadura. Fue profunda, sonora y convincente, pero se interrumpió rápidamente.
– ¿Sabe qué? Me llamo Petra. Puede llamarme así: Petra Wagner. Conocí a su marido durante la segunda guerra mundial, aquí, en Friburgo. Estuvo ingresado en un gran lazareto en el que yo trabajé de enfermera, al norte de la ciudad. Desde entonces, no había vuelto a verlo, hasta que de pronto apareció esta mañana. Usted ha sido testigo de nuestro primer encuentro en los últimos treinta años. Su marido me dijo que había sido fortuito. ¿Lo fue?
– No tengo la menor idea. Hace días que no hablo con mi marido. Ni siquiera sabe que estoy aquí. Simplemente no sé nada, y nunca he oído nada acerca de una estancia en Alemania durante la guerra. En cambio, sé que estuvo ingresado un tiempo cuando volvió a casa. Por entonces, había estado fuera casi un año.
– ¡Eso quiere decir que estuvo ingresado en Friburgo aquel año!
Esa parte del pasado de Bryan y que ahora le era revelado a Laureen no era como ella lo había esperado. Parecía increíble. Sin embargo, estaba convencida de que la mujer que estaba sentada con ella en aquel café no mentía. «El miedo y la verdad están unidos, de la misma manera en que lo están la mentira y la presunción», solía decir su padre. Detrás de la apariencia sosegada de Petra Wagner se vislumbraba el miedo.
Teman que encontrar la manera de confiar la una en la otra lo antes posible.
– ¡Bien! La creo, aunque todo esto me suene a chino.
Laureen volvió a darle un sorbo a aquel brebaje amargo antes de continuar:
– Mi nombre es Laureen Underwood Scott. Y puede llamarme Laureen, si le parece bien. Mi marido y yo nos casamos en 1947. Celebraremos nuestras bodas de plata dentro de un par de meses. Vivimos en Canterbury, ciudad en la que nació mi marido. Se licenció en medicina y actualmente trabaja en la industria farmacéutica. Tenemos una hija y somos lo que suele decirse extraordinariamente privilegiados. Hasta hace quince días, mi esposo no había vuelto a visitar Alemania desde que nos casamos. Y hasta hace un par de días, yo jamás había oído hablar de esta ciudad, "algo por lo que le pido disculpas.
Las dos mujeres se miraron a los ojos cuando Laureen dijo en un tono implorante:
– ¿Sería tan amable, Petra Wagner, de decirme dónde está mi marido?
En cuanto a Petra, aquella mujer larguirucha podría haberle hablado en hebreo, pues no la escuchó. En su lugar, concentró todos sus sentidos en adivinar sus puntos débiles. Las palabras suelen recubrir lo esencial con un velo nebuloso. En ese contexto resultaba primordial determinar si podía fiarse o no de aquella extraña mujer.
Ante todo, debía pensar en Gerhart. Si no hacía nada, estaba convencida de que tampoco pondría en juego la integridad de Gerhart. Él estaría protegido, como lo había estado hasta entonces.