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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Cuando todo hubiera concluido, llamaría a Canterbury. Si Laureen seguía estando fuera, llamaría a Cardiff, donde posiblemente la encontraría. Si así era, le pediría que hiciera la maleta, que tomara el rápido a Londres y, desde allí, la línea de Piccadilly hasta el aeropuerto de Heathrow, donde debería tomar un avión a París. Un par de días en el hotel Meurice, en la rué de Rivoli, un domingo en los parques y una misa en Saint-Eustache a su lado sin duda la tentarían y aplacarían.

La casa de Kröner era la única de la calle que no estaba iluminada. En otras casas, una luz en el zaguán o en el jardín podían indicar que había alguien en casa, pero no en aquélla.

Y, sin embargo, sí había alguien.

Allá, delante de la verja, estaba totalmente expuesto. A escasos veinte metros del lugar, divisó a un anciano que acababa de abandonar la puerta principal y se dirigía hacia él. Bryan podía escoger entre pasar de largo o quedarse allí y jugar el juego, ahora que ya había empezado. El anciano se detuvo un instante mirando en su dirección, como intentando recordar si había cerrado la puerta con llave o no. Entonces dio un paso hacia adelante, se repuso y miró fijamente a Bryan. Casi como si ya se hubieran encontrado antes, le sonrió y abrió los brazos.

– Suchen Sieetwas? -dijo, deteniéndose a un par de pasos de él. Carraspeó.

– ¡Perdone!

Bryan había pronunciado las palabras mecánicamente. El anciano era el mismo hombre que había visto junto a Kröner en el Kuranstalt St. Úrsula; el hombre que luego había seguido; era el hombre que vivía en la casa descascarillada de Luisenstrasse. El anciano se sorprendió levemente al oír el idioma extranjero, pero se apresuró a cambiar al inglés con una sonrisa en los labios, como si fuera la cosa más normal del mundo.

– Le he preguntado si busca a alguien.

– ¡Pues sí, así es! -dijo Bryan mirándolo directamente a los ojos-. Estoy buscando a Herr Hans Schmidt.

– ¡Vaya! Me gustaría poder ayudarlo, ¿Herr…?

– Bryan Underwood Scott.

Bryan aceptó la mano que le tendió el anciano y tomó nota de su piel fina y helada.

– Sí, lo siento, pero estará fuera un par de días con su familia, Herr Scott. Acabo de regarles las plantas. También hay que hacerlo, ¿no es así?

El anciano le sonrió y le guiñó el ojo, amablemente y mostrándose ligeramente familiar.

– A lo mejor puedo ayudarlo yo…

Tras la máscara de barba blanca se escondía un rostro que agitó el subconsciente de Bryan. La voz le resultaba extraña y desconocida, pero los rasgos de su rostro despertaban en él un desasosiego y unos sentimientos que no supo decir de dónde provenían.

– h, no sé! -dijo Bryan, vacilante, No volvería a tener una oportunidad como aquélla-. En realidad, no quería hablar con Herr Schmidt, aunque sin duda sería muy interesante, sino con uno de sus conocidos.

– ¡Vaya! Pero aun así es posible que pueda serle útil. La verdad es que no hay nadie en el círculo de amistades de Hans Schmidt que no conozca yo tan bien como él. Sin ánimo de entrometerme, ¿a quién busca?

– A un viejo amigo común. No creo que lo conozca. ¡Se llama Gerhart Peuckert!

El viejo lo miró por un momento, como queriendo examinarlo. Entonces apretó los labios y, pensativo, entrecerró los ojos.

– Pues sí -respondió finalmente frunciendo el ceño-. Creo que recuerdo a ese hombre. Estaba enfermo, ¿no es así?

Bryan no se esperaba aquel giro en la conversación. Miró al viejo y se quedó sin habla un instante.

– Sí, supongo que sí -consiguió balbucear.

– Creo que lo recuerdo. Incluso me parece que hace muy poco que oí hablar de él a Hans. ¿Puede ser?

– ¡No lo sé!

– ¿Sabe qué le digo? Puedo averiguarlo. Mi mujer tiene una memoria extraordinaria. Sin duda podrá ayudarnos. ¿Tiene mucha prisa? ¿Vive en la ciudad?

– ¡Sí!

– Pues siendo así, ¿a lo mejor le apetece cenar con nosotros? ¿Qué le parece a las ocho y media? ¿Le iría bien? Hasta entonces, intentaremos averiguar dónde puede estar este tal Gerhart Peuckert. ¿Qué me dice?

– ¡Me parece fantástico!

La cabeza le daba vueltas al ver la ocasión que de pronto le brindaba el destino. La mirada del anciano era dulce.

– ¡Desde luego no puedo negarme ante tal invitación! Es muy amable por su parte.

– Bueno, pues quedamos así. En casa. -El anciano sacudió la cabeza-. Como podrá entender, será una cena sencilla. Somos gente muy mayor, mi esposa y yo, Pero no se preocupe, usted venga a casa hacia las ocho y media y ya nos apañaremos. Vivimos en Lángenhardstrasse, 14. No le resultará difícil encontrar la calle. Le recomiendo que atraviese el parque de la ciudad. ¿Conoce el parque, Herr Scott?

Bryan tenía la boca pastosa y tuvo que tragar saliva. Sabía que el viejo vivía en Luisenstrasse; acababa de darle otra dirección. Bryan intentó sonreír evitando mirar al viejo a los ojos. Le resultaba desagradable enfrentarse a una mentira, precisamente cuando la esperanza empezaba a abrirse camino, y notó una picazón en los ojos. Su estómago se encogió. De pronto le sobrevino una necesidad irreprimible de ir al baño.

– ¡Sí, de acuerdo! Quedamos así.

– Así, es imposible que se equivoque. Tome Leopoldring y cruce el parque de la ciudad por detrás del lago, así saldrá a Mozartstrasse. Siga por esa calle hasta cruzar dos calles y doble entonces a la derecha, y estará en Lángenhardstrasse. Recuerde, el número 14. Pone Wunderlich en la puerta.

El anciano sonrió y volvió a tenderle la mano. Antes de que hubiera doblado la esquina y desapareciera, tuvo tiempo de darse la vuelta y de decirle adiós con la mano varias veces.

CAPÍTULO 50

«Una misión delicada», pensó Kröner. La posibilidad de quitar de en medio a Petra había estado presente durante muchísimos años y ahora resultaba incluso doloroso pensar en ello.

Era un engorro. En ese momento, ni siquiera sabía dónde es-taba.

El problema principal era que era sábado. Eso quería decir que no había nadie en las oficinas con quien consultarlo. Las veces que había llamado a los teléfonos privados de los encargado! se había encontrado con que todos estaban fuera haciendo recados. En pocas palabras, no conseguiría ninguna respuesta • sus preguntas.

¿Dónde estaba Petra Wagner?

Y aunque hubiera sido un día laboral normal, ¿en quién podría haber confiado? Llegaría un momento en que alguien se sorprendería por su curiosidad, sobre todo teniendo en cuenta que, después de sus pesquisas, la mujer habría desaparecido de la faz de la tierra.

Lo que más le apetecía era dar media vuelta y dirigirse al Titisee, donde su mujer y su niño seguramente ya se habían comido unos cuantos pasteles de salvia en el hotel Schwarzwald. Estrujó el volante mientras se acercaba al semáforo. A su derecha, el tentador camino que llevaba hacia los barrios residenciales; a su izquierda, el camino que lo llevaría a su destino. Cuando el semáforo se puso verde, dio gas y giró a la izquierda, pasando por delante de los bloques de pisos que precedían al edificio al que pertenecía el pequeño piso de Petra Wagner.

El bloque estaba tan desierto como la calle. Ni el portal ni la puerta principal del piso le supusieron demasiados problemas. Un leve aunque decidido empujón con todo el cuerpo en el lugar indicado solía ser suficiente para abrir la mayoría de las puertas antiguas.

Los diarios estaban esparcidos por el suelo del zaguán. Hacía varias horas que el piso estaba vacío.

Era la primera vez que Kröner entraba en aquel piso. El olor dulzón y pesado de una mujer de mediana edad pendía en el aire de ambas estancias. El piso estaba recogido y resultaba triste.

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