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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Salvo uno, los cajones del escritorio no estaban cerrados con llave y estaban extrañamente vacíos. Algunas carpetas que sobresalían en el estante inferior de la estantería llamaron la atención de Kröner, hasta que descubrió que contenían recetas de cocina. Kröner dejó las recetas esparcidas por el suelo. A media altura, Petra había sacado uno de los estantes para dejar sitio a toda una galería de personajes encuadrados en marcos cincelados; probablemente, retratos del círculo de amigos y familiares más cercanos. En el marco que ocupaba el centro del estante había una foto de una Petra más joven y vestida de uniforme, una camisa de rayas azules y blancas y anticuadas y una falda blanca con peto y tirantes. Petra sonreía con más naturalidad de la que Kröner estaba acostumbrado a apreciar en ella. Gerhart Peuckert estaba sentado en una silla delante de la mujer, mirando a la cámara con una sonrisa tan ligera y volátil que casi parecía retocada.

En la habitación contigua la cama estaba sin hacer. La ropa interior y las prendas del día anterior estaban tiradas de cualquier manera sobre el tocador. Había otra hilera de fotos colgada a la cabecera de la cama. Ninguna de las personas retratadas en ellas tenía que ver con la faceta de la vida de Petra que Kröner conocía.

Volvió a echar un vistazo al cajón cerrado con llave, se metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja. Una punzada rápida y seca directamente al pestillo, seguida por un giro rápido fueron suficientes para abrir el cajón.

En su interior aparecieron más fotos de ella y Gerhart. Kröner sacó cuidadosamente el montón de fotos y las depositó boca abajo sobre la mesa. Los documentos no tenían más de un par de años de antigüedad. Los ahorros de Petra Wagner y diversos souvenirs de tierras lejanas daban testimonio de la humildad y la falta de fantasía de Petra. Por lo visto, no le había sacado demasiado rendimiento a) dinero que se habían comprometido a adelantarle.

Kröner devolvió los papeles a su sitio, cerró el cajón y sacó la navaja de la cerradura lentamente hasta que oyó un clic. Luego sacó la papelera de debajo de la mesa, la revolvió, separó papel de embalaje, papeles y catálogos publicitarios, volvió a juntarlo todo en un montón y lo metió de nuevo en la papelera. Al volver a colocar el cesto de mimbre debajo de la mesa, su mirada tropezó con las recetas de cocina que seguían esparcidas por el suelo. Suspiró, se arrodilló y juntó las hojas en un montón. Cuando se disponía a meterlas en el libro, una esquina amarillenta de una hoja de papel le llamó la atención. Era evidente que no tenía nada que ver con las recetas.

Incluso antes de desdoblar la hoja, supo que por fin Petra había perdido el control sobre su vida y la de Gerhart. Leyó rápidamente el texto escrito en aquella hoja que recordaba palabra por palabra, a pesar de que hacía toda una vida que la había visto por primera vez. Aquel pedazo de papel insignificante había infectado la mayor parte de su vida adulta y las de los demás.

Kröner sonrió levemente y volvió a doblar la hoja, se la metió en el bolsillo interior de la chaqueta y se quedó mirando fijamente el disco del teléfono antes de descolgar el auricular. Pasó al menos un minuto hasta que la voz jadeante de una mujer respondió:

– ¡Buenas tardes, Frau Billinger, soy Hans Schmidt!

Volvió a cerrar la navaja con una mano y se la metió en el bolsillo.

– ¿Podría decirme si Petra Wagner ha aparecido por el sanatorio hoy? -preguntó.

Frau Billinger era una de las enfermeras que llevaba más tiempo en el Kuranstalt St. Úrsula. Cuando no estaba en su despacho, solía ser porque había bajado a la cocina a hacerse un té de menta y se lo había llevado al salón del ala A. El televisor de aquella sala era el más nuevo y, además, las sillas llevaban fundas de plástico que evitaban que la tapicería oliera a orina. Cuando se sentaba en una de aquellas sillas y se dejaba llevar por una teleserie, solía olvidarse de que tenía una casa que la esperaba.

– ¿Petra Wagner? No, pero ¿por qué iba a estar aquí? Por lo que yo sé, se han llevado a Erich Blumenfeld a casa de Hermann Mullen ¿No es así?

– Sí, pero Petra Wagner no lo sabe.

– ¡Vaya!

Kröner se imaginaba su rostro meditabundo y brillante.

– Entonces es un poco raro, ¿no le parece? Son más de las seis. ¡Debería estar aquí ya! Pero ¿por qué me lo pregunta? ¿Ha pasado algo?

– No, desde luego que no. Sólo es que tengo una propuesta que hacerle.

– ¿Una propuesta? ¿Qué tipo de propuesta, Herr Schmidt? Si cree que podrá convencerla para que trabaje aquí, se equivoca. Le pagan mucho mejor donde está.

– Sin duda, Frau Billinger, sin duda. ¿De todos modos, sería tan amable de pedirle que me llame a casa en cuanto aparezca? Se lo agradecería mucho.

El silencio al otro lado de la línea solía significar que Frau Billinger estaba de acuerdo.

– ¡Y una cosa más, antes de que se me olvide, Frau Billinger! Nos gustaría que no volviera a marcharse cuando descubra que Erich Blumenfeld está de fin de semana. Envíe a uno de los enfermeros a por pasteles. No se preocupe, ¡pago yo! Sírvale una taza de té y, mientras tanto, nosotros nos acercaremos al sanatorio. ¡Pero acuérdese sobre todo de llamarnos en cuanto llegue!

– ¡Uhhh!

La alegría de Frau Billinger era casi visible a través del auricular.

– ¡Qué interesante! ¡Me encantan los pasteles y los secretos!

CAPÍTULO 51

La conversación, si se le podía llamar así, había tenido lugar a toda prisa. Gerhart alzó la cabeza cautelosamente, dejó de contar y miró a Andrea. La mujer estaba en mitad de la sala con el rostro desencajado. Era evidente que se había visto sorprendida por los acontecimientos, algo que ocurría muy raras veces. De joven habría estado más alerta. Maldecía en voz alta. Gerhart reculó en el asiento.

Alguien tendría que pagar por ello.

– ¡Bruja asquerosa! -espetó.

Por un instante, las dos hojas de la puerta la ocultaron.

– ¡Pequeña bruja asquerosa! -volvió a gritar.

Luego se hizo el silencio y Gerhart retomó el recuento de los rosetones del techo. Poco después volvió a aparecer la mujer en el salón arrastrando las zapatillas y se llevó a Gerhart del brazo a la cocina.

Una vez allí, Gerhart se quedó callado bajo la luz del fluorescente, escuchando sus lamentos balbuceantes hasta que volvió su marido. Gerhart desenfocó la mirada. Intentó que las palabras lo atravesaran sin registrarlas.

– ¡Lo he visto! ¡He visto a Arno von der Leyen! -casi gritó Stich-. Ha sido fantástico. Me habló en inglés, tal como dijo Lankau que haría. ¡Increíble! ¡Estuve a punto de morirme cuando, tal como Kröner había dicho, se presentó como Bryan Underwood Scott! Eso ni siquiera lo sabe Lankau. ¡Vaya nombre!

Stich intentó reírse, pero tuvo que desistir y carraspeó.

– ¡Menudo idiota! No se conforma con menos. ¡Bryan Underwood Scott! ¡Venga ya!

De pronto, Stich se calló y prosiguió en un tono apenas audible que acompañó con una mímica suave.

– Hablamos un rato. «Excuse me», dijo sin saber quién era yo.

Stich pellizcó suavemente la mejilla de su esposa.

– ¡No sabía quién soy, Andrea! ¡Gracias a Dios que te preocupaste de cambiarme la cara! ¡Ohh, tendrías que haberlo oído!

El anciano se sentó pesadamente, volvió a carraspear y resopló tras los esfuerzos, la emoción, el paseo apresurado de vuelta al piso y la escalera.

– Me he citado con él dentro de apenas un par de horas, Andrea.

Stich sonrió a su esposa.

– ¡Cree que va a cenar en casa! Nos íbamos a encontrar a las ocho y media, en Langenhardstrasse, 14. ¡Dios sabe quién vivirá en esa casa!

El viejo se rió y se quitó una bota.

– Tampoco él lo sabrá nunca. De eso nos encargaremos nosotros, ¿verdad, Andrea? Le aconsejé que atajara por el parque de la ciudad.

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