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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Naturalmente, esperaba que Stich, Kröner y Lankau hubieran llegado finalmente a un acuerdo amistoso con Amo von der Leyen en la cima de la colina. Sin embargo, seguía sintiéndose incómoda, impotente e insegura. ¿Y si las cosas no iban como había previsto y aquella mujer, pasara lo que pasase en Schlossberg, tenía malas intenciones?, se preguntó. ¿Cuál sería entonces su posición? ¿Cuál sería entonces la situación de Gerhart?

La mujer que tenía delante no era una profesional, era imposible que lo fuera. Probablemente no mentía al decir que Amo von der Leyen era su marido.

– ¿Puedo hacerle una pregunta? -dijo con una voz extrañamente jadeante.

Laureen pareció sorprenderse, aunque asintió con un gesto de la cabeza.

– ¡Entonces respóndame rápidamente! Puede considerarlo una especie de examen. ¿Cómo se llama su hija?

– Ann Lesley Underwood Scott.

– ¿A-n-n-e? -deletreó Petra.

– No ¡sin la «e»!

– ¿Su fecha de nacimiento?

– El 16 de junio de 1948.

– ¿Qué día de la semana?

– Un lunes.

– ¿Cómo es que se acuerda?

– Simplemente, me acuerdo.

– ¿Qué pasó ese día?

– Mi marido lloró.

– ¿Y qué más?

– Comí mujfins con mermelada.

– ¡Qué cosa tan extraña de recordar!

Laureen sacudió la cabeza y preguntó:

– ¿Tiene usted hijos?

– No.

Dejando de lado las preguntas escabrosas a las que Petra, de vez en cuando, se había visto expuesta cuando visitaba el Palmeras Café sola, después de haber hecho la compra en Eram, ésa era la pregunta que más odiaba.

– ¡Si los tuviera, sabría que no es extraño! ¿Está satisfecha ya?

– ¡No! Respóndame a una pregunta más. ¿Qué quiere su marido de Gerhart Peuckert?

– Sinceramente, ¡no lo sé! ¡Usted debería saberlo mejor que yo!

Laureen apretó los labios, de manera que las arrugas alrededor de la comisura trazaron grietas en su rostro.

– ¡Pues no lo sé!

– ¡Escúcheme bien, Petra Wagner!

El camarero pasó por delante de la mesa, sosteniendo la bandeja por encima de la cabeza. La mirada que le dirigió a Laureen cuando ésta agarró la mano de la otra mujer expresaba si no desaprobación, sí cierto pesar.

– ¡Cuénteme lo que sabe! ¡Puede confiar en mí!

Laureen se sentía confundida y escéptica. Le costaba asimilar el pasado. Aquel pasado que su marido había vivido era el de un extraño. No tenía ni idea de nada, absolutamente de nada. Petra Wagner era una buena guía.

Poco a poco, el lazareto y la vida allí, y las habitaciones que había ocupado Bryan, fueron cobrando vida. «¡Terrible!», fue intercalando de vez en cuando. «¿Es eso cierto?», susurró con igual frecuencia sin esperar respuesta alguna.

El relato de los meses pasados en el lazareto de la montaña desterraba un yugo de horror; un mundo clínico de tratamientos equivocados sistemáticamente, soledad y terror mudo, infligido por tres hombres que manipulaban y dirigían la vida de sus compañeros de habitación.

Y de pronto, un día, desaparecieron Arno von der Leyen y dos hombres más.

– ¿Y usted dice que mi marido y ese tal Gerhart Peuckert no tenían absolutamente nada que ver el uno con el otro en el hospital?

– Nada. Más bien todo lo contrario. -Petra parecía abatida-. Gerhart siempre se volvía hacia otro lado cuando Arno von der Leyen estaba cerca.

– ¿Y qué fue de ese tal Gerhart Peuckert?

En el mismo instante en que cayó la pregunta, Petra retiró la mano. Se sintió mal. Entonces se volvió y liberó su pañuelo del respaldo de la silla. Pero antes de que hubiera tenido tiempo de atárselo se quedó helada; de forma casi imperceptible, el color había abandonado su rostro. Aceptó el pañuelo de Laureen sin dudarlo ni un instante cuando empezaron a correr las lágrimas por sus mejillas.

Aquella tarde, para Petra, los minutos se convirtieron en horas y las horas en fracciones de segundos. Aquellos escasos minutos se abrieron a sus pies como un abismo de soledad y de inseguridad, sentimientos a los que tenía que dar rienda suelta para que pudieran llegar a buen puerto. Al final, Petra hizo acopio de fuerzas y sonrió. Mientras se sonaba la nariz, rió tímida y visiblemente aliviada.

– Puedo confiar en usted, ¿verdad?

– Sí puede -dijo Laureen volviendo a coger su mano-. Si dejamos de lado, claro, que no tengo ni la más remota idea del día de la semana en que nació mi hija.

Laureen se rió y prosiguió:

– ¡Cuénteme su historia, venga! Estoy convencida de que nos sentará bien a las dos!

Petra estaba enamorada de Gerhart Peuckert. Había oído decir cosas terribles de él, pero, aun así, lo amaba. Después de que él y un par de pacientes más fueron trasladados a Ensen bei Porz, cerca de Colonia, el estado de Gerhart apenas había mejorado. Petra había tenido que usar todas sus dotes de persuasión y recurrir al soborno para poder seguirlo.

Cuando se proclamó la capitulación, Gerhart seguía estando débil, muy débil. Era capaz de pasarse días echado en la cama, casi inconsciente, ajeno a lo que lo rodeaba. A pesar de que los tratamientos que le aplicaron durante los últimos días de la guerra fueron buenos, el gran número de tratamientos de shock y el trato brutal de los oficiales de seguridad y de sus compañeros de habitación de Friburgo casi le habían drenado la vida. Además, había reaccionado como si se encontrara en una especie de shock alérgico crónico que nadie tuvo tiempo de destapar y que nadie tuvo la pericia suficiente para tomar en serio. Y lo que es aún peor: este paciente dejó de ser atractivo para los médicos al finalizar la guerra. Su condición cambió de un día para otro. A sus ojos, había pasado a pertenecer al tipo de pasado que era mejor abandonar al olvido. Había otros pacientes que no tenían que soportar la maldición de la cruz gamada. Y éstos recibían un trato preferencial. Tan sólo Petra se preocupó seriamente del estado de salud de Gerhart Peuckert. Sin embargo, ella no disponía de los conocimientos necesarios, ni de la capacidad, ni la pericia que se requerían para saber cómo tratar un caso como el suyo. Le administraron las pastillas de siempre permitiendo, por lo demás, que se pasara el día durmiendo.

Así estaban las cosas cuando aparecieron dos de los hombres de la Casa del Alfabeto.

Llegados a este punto del relato, Laureen se dio cuenta de cuan justificados eran los temores de Petra. Esos dos hombres habían venido para quitarle la vida a su gran amor. Uno de ellos, un hombre de físico poderoso de nombre Lankau, era uno de los que habían huido del hospital junto con su marido.

Los dos hombres llegaron de la calle vestidos con batas. Nadie se fijó en ellos, pasaron totalmente desapercibidos, pues los presuntos observadores de las fuerzas de ocupación entraban y salían libremente de los hospitales. No tuvieron que mostrar ningún tipo de documento de identidad y, aun así, el personal del hospital hizo exactamente lo que ellos les exigieron. Eran tiempos extraños, durante los cuales las autoridades cambiaban de rostro con la misma rapidez de un chasquido de látigo y al compás de la intensificación de detenciones y redadas. Las pequeñas sociedades, sin excepción, se vieron afectadas por ese caos.

Todo se tambaleaba y ningún alemán se oponía a ello.

Cuando Petra hubo repartido la segunda tanda de medicamentos entre los pacientes y bajó a la habitación de Gerhart, él ya no estaba allí. La cama había desaparecido. Uno de los enfermeros le indicó una habitación en la que guardaban la ropa blanca y allí encontró a Kröner y a Lankau inclinados sobre el lecho de Gerhart. En el mismo instante en que los vio, Petra retrocedió hasta el umbral de la puerta, convirtiendo así el pasillo lleno de vida en su defensa. Estaba horrorizada. Gerhart temblaba y su respiración era entrecortada.

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