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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Hadiyyah se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta.

– Iremos al parque de atracciones -dijo con voz zalamera.

– Estaré con vosotros en espíritu – la tranquilizó Barbara. Y pensó en la adaptabilidad de los niños y se maravilló de su capacidad para aceptar los hechos. Considerando lo que había sucedido la última vez que Hadiyyah fue a ver el mar, se extrañaba de que quisiera volver. Pero los niños no son como los adultos, pensó. Olvidan lo que no pueden soportar.

21

– Al menos no desentonamos -fue la observación que hizo Winston Nkata cuando llegaron a los Boitons, un pequeño barrio en forma de balón de rugby, encajado entre Fulham Road y Old Brompton Road.

Consistía en dos calles curvas que formaban un óvalo alrededor de la iglesia central de St. Mary the Boltons, y sus características predominantes eran el número de cámaras de seguridad montadas en los muros exteriores de las mansiones, y la ostentosa exhibición de Rolls-Royces, Mercedes Benz y Range Rovers aparcados tras las verjas de hierro de muchas propiedades.

Cuando Lynley y Nkata entraron en los Boitons aún no se habían encendido las farolas de la calle y las aceras estaban desiertas. El único signo de vida procedía de un gato que brincaba en persecución de otro felino, y de una filipina, ataviada con el anacrónico uniforme negro y blanco de las criadas, que sujetaba un bolso bajo el brazo y subía a un Ford Capri aparcado ante la casa que Lynley y Nkata iban buscando.

El comentario de Nkata hacía referencia al Bentley de Lynley, tan a sus anchas en este barrio como la tarde anterior en Notting Hill. Pero aparte del coche, los dos detectives no habrían podido estar más fuera de lugar en aquella zona. Lynley por su elección de profesión, tan improbable en un hombre cuya familia se remontaba a los tiempos de Guillermo el Conquistador, y cuyos antepasados más recientes habrían considerado que los Boitons no estaban a la altura de sus moradas habituales, y Nkata por su acento caribeño con mezcla de la orilla sur del Támesis.

– No creo que vean a muchos polis por aquí -dijo Nkata mientras inspeccionaba las verjas de hierro, las cámaras, las cajas de alarmas y los intercomunicadores que parecían consustanciales a cada vivienda-. Pero hace que te preguntes de qué sirve tanto dinero si has de amurallarte para disfrutarlo.

– Tienes toda la razón -dijo Lynley, y aceptó un Opal Fruit del agente. Tras desenvolverlo, se guardó el papel doblado en el bolsillo, para no mancillar el prístino sendero peatonal-. Vamos a ver qué nos dice sir Adrian Beattie.

Lynley había reconocido el nombre cuando Tricia Reeve lo pronunció en Notting Hill. Sir Adrian Beattie era la respuesta inglesa a Christiaan Barnard. Había realizado su primer trasplante de corazón en Inglaterra, y continuó haciéndolo con éxito en todo el mundo durante las últimas décadas, estableciendo un récord de éxitos que le había asegurado un sitial en la historia de la medicina, granjeado una respetable reputación y garantizado una fortuna. Esta última se exhibía en los Boitons. La casa de Beattie era una fortaleza de paredes blancas y ventanas enrejadas, con una puerta principal que impedía la entrada a cualquiera que no pudiera proporcionar a sus habitantes una identidad aceptable por mediación de un intercomunicador, por el cual una voz incorpórea preguntó «¿Sí?» con tono de que cualquier respuesta no serviría.

Lynley supuso que «New Scotland Yard» tendría más peso que la simple palabra «policía», y así identificó a ambos. En respuesta, la cancela se abrió. Cuando Lynley y Nkata hubieron subido los seis peldaños delanteros, una mujer tocada con un incongruente sombrerito de fiesta en forma de cono ya había abierto la puerta.

Se presentó como Margaret Beattie, hija de sir Adrian. La familia estaba celebrando una fiesta de cumpleaños en aquel momento, explicó al tiempo que se quitaba el sombrero. Su hija cumplía cinco años ese mismo día. ¿Pasaba algo en el barrio? Confiaba en que no se tratara de un robo. Miró hacia la calle, como si entrar por la fuerza en los Boitons fuera una situación que ella, sin darse cuenta, tal vez fomentaba conservando abierta la puerta principal más de lo necesario.

Querían ver a sir Adrian, explicó Lynley. Y no, su visita no tenía nada que ver con el barrio y su vulnerabilidad ante los rateros profesionales.

– Entiendo -dijo Margaret Beattie, no demasiado convencida, y les dejó entrar. Dijo que si esperaban en el estudio de su padre, en el piso de arriba, ella le iría a buscar-. Confío en que no le retengan demasiado -dijo, con el tipo de insistencia suave y sonriente que una mujer bien educada siempre utiliza para dar a entender lo que desea sin enunciarlo de una forma directa-. Molly es su nieta favorita y le ha dicho que estará por ella toda la noche. Ha prometido leerle todo un capítulo de Peter Pan. Le preguntó qué deseaba para su cumpleaños, y ella contestó eso. Extraordinario, ¿no creen?

– Desde luego.

Margaret Beattie sonrió complacida, les condujo hasta el estudio y fue a buscar a su padre.

El estudio de sir Adrian estaba en el primer piso de la casa, al final de una amplia escalera. La habitación, adornada con butacas de piel color burdeos y una alfombra verde bosque, contenía una plétora de volúmenes, tanto médicos como de otras disciplinas, y prestaba testimonio silencioso de las dos vertientes de la vida de sir Adrian. El aspecto profesional estaba representado por medallones, diplomas, premios y recuerdos tan diversos como instrumentos de cirugía antiguos y grabados centenarios del corazón humano. El aspecto personal se manifestaba en docenas de fotografías. Había por todas partes, sobre la repisa de la chimenea, embutidas al azar en las librerías, alineadas como bailarinas dispuestas a brincar sobre el escritorio. Los protagonistas eran los familiares del doctor, de vacaciones, en casa, en la escuela y a lo largo de los años. Lynley cogió una y la examinó, mientras Nkata se agachaba para estudiar los instrumentos antiguos dispuestos sobre una librería enana.

El doctor tenía cuatro hijos, por lo visto. En la foto que Lynley sostenía, Beattie posaba entre ellos y sus esposas, un orgulloso paterfamilias con su mujer al lado y once nietos agrupados alrededor como diminutas gotas de aceite rodeando un charco central que intentara absorberlas. La excusa de la fotografía era una celebración de Navidad, en la que cada niño sostenía un regalo y el propio Beattie aparecía como un Papá Noel sin barba. Todo el mundo sonreía o reía en la instantánea, y Lynley se preguntó cómo cambiarían sus expresiones si el público, o la familia, llegaba a enterarse de la relación de sir Adrian con una dominatrix.

– ¿Inspector detective Lynley?

Lynley giró en redondo al oír aquella agradable voz de tenor. Podría haber pertenecido a un hombre mucho más joven, pero su dueño era el rotundo cirujano en persona, de pie en la puerta, con un gorro de papel en la cabeza y una copa de champán en la mano.

– Estábamos a punto de brindar por nuestra querida Molly. Va a abrir sus regalos. ¿No pueden esperar otra hora?

– Temo que no.

Lynley devolvió la fotografía a su sitio y presentó a Nkata, el cual sacó su libreta y lápiz.

Beattie observó sus movimientos con aparente consternación. Entró en la habitación y cerró la puerta a su espalda.

– ¿Se trata de una visita profesional? ¿Ha pasado algo? Mi familia… -Miró hacia la puerta y desechó lo que había intentado decir. Traer malas noticias sobre un miembro de la familia no podía ser la causa de la visita de la policía. Todos los miembros de la familia estaban en su casa.

– Una joven llamada Nicola Maiden fue asesinada en Derbyshire el martes por la noche -dijo Lynley.

En respuesta, Beattie se transformó en la viva imagen de la inmovilidad. Sus ojos estaban clavados en Lynley. Las manos del cirujano (unas manos de anciano que parecían tan ágiles como las manos de un hombre tres décadas más joven) no temblaron, con la copa agarrada firmemente, ni se movieron. Desvió la vista hacia Nkata, la posó sobre la libreta de piel que sostenía, y volvió a Lynley.

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