El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¿Le sabía mal que otra mujer satisficiera esa necesidad?
– Mi marido me quiere. Jamás lo he dudado.
Lynley tenía sus dudas.
Sir Adrian se reunió con ellos.
– Requieren tu presencia abajo, querida -dijo-. Molly no aguantará cinco minutos más sin abrir sus regalos.
– Pero tú…
Se comunicaban de esa forma peculiar propia de las parejas que llevan casados más de una generación.
– En cuanto termine aquí. No tardaré mucho.
Cuando la mujer se fue, sir Adrian esperó un momento antes de hablar.
– Hay una parte que prefiero ocultar a Chloe, por supuesto -dijo en voz baja-. No quiero causarle un daño innecesario.
Nkata preparó su libreta, mientras Lynley pensaba en las implicaciones de la frase del cirujano.
– Usted llamó al busca de Nicola durante todo el verano -dijo-. Pero como ella no podía proporcionarle disciplina desde Derbyshire, intuyo que su acuerdo implicaba algo más de lo que deseaba decir delante de su mujer.
– Es usted muy perspicaz, inspector. -Beattie cerró la puerta de la cámara-. Estaba enamorado de ella. Al principio no, claro. No nos conocíamos. Pero al cabo de uno o dos meses comprendí lo que sentía por ella. Al principio, me dije que era pura adicción. Una nueva mujer a cargo de la disciplina aumentaba mi excitación, y yo deseaba esa excitación cada vez más a menudo. Pero al final fue más allá de eso, porque ella era mucho mejor de lo que esperaba. Quise conservarla. Más que nada en el mundo, deseaba eso.
– ¿Conservarla como esposa?
– Amo a Chloe, pero hay más de una clase de amor en la vida de un hombre, cosa que usted ya sabe, o sabrá a la larga, y yo deseaba experimentarlo, de una forma egoísta. -Bajó la vista hacia las uñas deformes de sus dedos-. Sentía amor sexual por Nikki, el que está relacionado con la posesión física. Anhelo animal. Mi amor por Chloe es la materia de que está hecha nuestra historia. Cuando supe que sentía ese amor por Nikki, el deseo sexual que no podía quitarme de la cabeza cuanto más nos veíamos, me dije que era natural sentirlo. Ella satisfacía mi necesidad más poderosa. Deseara lo que deseara, ella me complacía. Pero cuando comprendí que deseaba de ella algo más que dominación…
– Se resistió a compartirla con otros hombres.
Beattie sonrió.
– Una buena deducción. Sí, es usted muy perspicaz.
Nicola visitaba los Boitons cinco días a la semana, como mínimo, les dijo Beattie. Explicó a Chloe la frecuencia de sus sesiones con la excusa de la tensión derivada de su trabajo, porque los médicos más jóvenes y los avances en la medicina habían aumentado su nivel de ansiedad hasta el punto de que solo la disciplina podía aliviarla. No era algo tan alejado de la verdad.
– Le dije que Nikki debía estar disponible en cuanto el ansia se apoderaba de mí.
– ¿Pero la realidad era más complicada?
– La realidad era de una sencillez infinita. No podía soportar la idea de que Nikki hiciera a otros, y fuera para otros, lo que me hacía y era para mí. Pensar en ella con otro era como un descenso a los infiernos. No pensaba llegar a sentir eso por una ramera. Pero cuando la contraté, ignoraba que iba a convertirse en algo más que una simple ramera.
Sin que su mujer lo supiera, había ofrecido a Nicola un trato especial. Pagaría para mantenerla, y pagaría lo que ella jamás había soñado, en la situación que ella eligiera: un piso, una casa, una suite de hotel, una casa en el campo. Le daba igual, siempre que ella prometiera reservar todo su tiempo para él.
– Dije que ya no quería hacer cola ni concertar citas -explicó Beattie-. Pero si quería tenerla disponible a cualquier hora, debía procurar que gozara de total libertad.
La solución fue la casa de Fulham. Como Nicola era quien iba a ver a sir Adrian, nunca al revés, no le importó que pidiera permiso para tener una compañera de piso, que le hiciera compañía durante los períodos en que sir Adrian no necesitaba sus servicios.
– Era un trato muy satisfactorio para mí -dijo-. Solo deseaba que estuviera disponible siempre que yo le telefoneara. Así fue durante el primer mes. Cinco o seis días a la semana. A veces, dos veces al día. Llegaba al cabo de una hora de haberla llamado al busca. Se quedaba todo el rato que yo quería. El acuerdo funcionaba bien.
– Pero después volvió a Derbyshire. ¿Por qué?
– Afirmó que se había comprometido a trabajar para un abogado de la zona, que solo estaría ausente durante el verano. Yo estaba enamorado como un idiota, pero no tanto como para creerla. Le dije que no seguiría pagando la casa de Fulham si no iba a estar en la ciudad a mi disposición.
– Pero de todos modos se fue. Puso en peligro todo lo que había conseguido gracias a usted. ¿Qué le sugiere eso?
– Lo evidente. Sabía que, si regresaba a Derbyshire pese a lo que yo le pagaba en Londres, tenía que existir un motivo, y ese motivo era el dinero. Alguien de allí le pagaba más que yo. Lo cual significaba, por supuesto, otro hombre.
– El abogado.
– Se lo eché en cara pero ella lo negó. Debo admitir que un abogado corriente no se lo habría podido permitir, sin una fuente de ingresos independiente. Tenía que ser otro. Pero no dijo su nombre, por más que la amenacé. «Solo es durante el verano», insistía. Y yo seguía gritando «Me importa una mierda».
– Se pelearon.
– Ferozmente. Le retiré mi apoyo. Sabía que debería volver al servicio de acompañantes, o incluso a la calle, si quería conservar el dúplex cuando regresara a Londres, y estaba seguro de que no lo haría. Pero me equivoqué. Me dejó. Me resistí durante cuatro días a telefonearle, dispuesto a concederle cualquier cosa con tal de que volviera conmigo. Más dinero. Una casa. Dios, incluso mi apellido.
– Pero no volvió.
– Dijo que no le importaba volver a la calle. Como si tal cosa. Como si le hubiera preguntado qué le parecía Derbyshire. «Hemos impreso postales, y las de Vi ya están en la calle», dijo. «Las mías estarán listas cuando vuelva a la ciudad. No te guardo rencor por lo que ha pasado entre nosotros, Ady. En cualquier caso, Vi dice que el teléfono no para de sonar en todo el día, así que nos irá bien.»
– ¿La creyó?
– Le acusé de intentar volverme loco. Le insulté. Luego me disculpé. Se burló de mí por teléfono. Después la deseé con tal desesperación que no pude soportar la idea de lo que estaba dando al otro, fuera quien fuera. Volví a insultarla. Estúpido de mí. Pero deseaba que volviera con todas mis fuerzas. Habría hecho cualquier cosa… -Calló, como consciente de la interpretación que podía atribuirse a sus palabras.
– ¿El martes por la noche, sir Adrian? -preguntó Lynley.
– Yo no maté a Nikki, inspector. Habría sido incapaz de hacerle daño. No la veía desde junio. No habría podido contarle todo esto si no… Habría sido incapaz de hacerle daño.
– ¿El nombre de su club?
– Brooks. Quedé para cenar con un colega el martes. Estoy seguro de que él lo confirmará. Dios, no le diga que… Nadie lo sabe, inspector. Es algo entre Chloe y yo.
Y cualquiera a quien Nicola Maiden se lo hubiera contado, pensó Lynley ¿Qué significaría para sir Adrian Beattie tener suspendido sobre su cabeza, cual espada de Damocles, su secreto mejor guardado? ¿Qué haría si le amenazaban con sacarlo a la luz?
– ¿Le presentó Nicola a su compañera de piso?
– Sí. Cuando le entregué las llaves del dúplex.
– De modo que Vi Nevin, la compañera de piso, estaba enterada del acuerdo.
– Tal vez. No lo sé.
¿Para qué correr el peligro de que alguien lo supiera?, se preguntó Lynley. ¿Por qué permitir a una compañera de piso entrar en el juego, además de afrontar los peligros inherentes a que una desconocida conociera las tendencias sexuales que tanto podrían humillar a un hombre de la posición de Beattie?