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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Conocía a Nicola Maiden, ¿verdad, sir Adrian? Aunque tal vez la conociera solo por su nombre profesionaclass="underline" Nikki Tentación.

Beattie avanzó unos pasos y dejó la copa de champán sobre el escritorio con estudiado detenimiento. Se sentó en una silla de respaldo alto detrás del escritorio y cabeceó en dirección a las butacas de piel.

– Por favor, tome asiento, inspector -dijo por fin-. Usted también, agente. -Una vez acomodados, continuó-: No he visto los periódicos. ¿Qué le pasó?

Era el tipo de pregunta que un hombre acostumbrado a mandar formularía a un subordinado. En respuesta, Lynley procuró dejar claro cuál de los dos estaría al mando de la entrevista.

– Conocía a Nicola Maiden, pues.

Beattie enlazó los dedos. Lynley observó que dos de ellos tenían las uñas ennegrecidas, deformados por algún tipo de hongo que les afectaba. Era algo desconcertante en un médico, y Lynley se preguntó por qué Beattie no hacía algo al respecto.

– Sí. Conocía a Nicola Maiden -dijo Beattie.

– Háblenos de su relación.

Detrás de las gafas con montura de oro, los ojos eran cautelosos.

– ¿Soy sospechoso de su asesinato?

– Todos los que la conocían lo son.

– ¿Ha dicho el martes por la noche?

– En efecto.

– El martes por la noche estuve aquí.

– ¿En esta casa?

– Aquí no, pero en Londres sí. En mi club de St. James. ¿Necesito una corroboración? Es la palabra precisa, ¿verdad? Corroboración.

– Háblenos de Nicola -dijo Lynley-. ¿Cuándo la vio por última vez?

Beattie cogió la copa y bebió. ¿Para ganar tiempo, para templar los nervios, para apaciguar una sed repentina? Era imposible saberlo.

– La mañana del día anterior a que se marchara al norte.

– ¿Fue en junio pasado? -preguntó Nkata. Y cuando Beattie asintió, añadió-: ¿En Islington?

– ¿En Islington? -Beattie frunció el entrecejo-. No; aquí. Vino a casa. Siempre venía a casa cuando yo… cuando yo la necesitaba.

– Su relación era sexual, pues -dijo Lynley-. Usted era uno de sus clientes.

Beattie desvió la cabeza hacia la repisa de la chimenea, con su copioso despliegue de fotos familiares.

– Supongo que ya sabe la respuesta a esa pregunta. Usted no habría venido aquí un sábado por la noche si no supiera con exactitud mi papel en la vida de Nikki. Sí, era uno de sus clientes, si quiere llamarlo así.

– ¿Cómo lo llamaría usted?

– Teníamos un acuerdo mutuamente beneficioso. Ella me proporcionaba un servicio indispensable y yo le pagaba con generosidad.

– Es usted un hombre famoso y respetado -indicó Lynley-. Ha triunfado en su carrera, tiene mujer, hijos, nietos, y todos los aderezos externos de una vida afortunada.

– Y también todos los aderezos internos -dijo Beattie-. Es una vida afortunada, sí. ¿Por qué querría ponerla en peligro manteniendo relaciones con una vulgar prostituta? Eso es lo que quiere saber, ¿verdad? Pero esa es la cuestión, inspector Lynley. Nikki no era vulgar en ningún sentido.

Empezó a sonar música en la casa. Alguien tocaba el piano con furia y pericia. Chopin. Después, el tema fue interrumpido por gritos, y sustituido por una animada pieza de Cole Porter, acompañada por voces alegres que no se molestaban en afinar demasiado. «Llámame irreSPONsable, llámame ineSTAble», aulló, rió y cantó el grupo. «Pero es induDAblemente cierto…» Siguieron risas y cuchufletas: la familia feliz en plena celebración.

– Eso estoy averiguando -dijo Lynley-. No es usted la primera persona que menciona el hecho de que era una chica poco común. Pero ¿por qué quería poner en peligro todo manteniendo relaciones con…?

– No era eso.

– Manteniendo un acuerdo, pues. Por qué quiso arriesgarlo todo no es lo que deseo saber. Me interesa más descubrir exactamente qué llegaría a hacer para salvaguardar lo que posee, estos aderezos externos e internos de su vida, si su posesión se viera amenazada de alguna manera.

– ¿Amenazada?

El tono de Beattie fue demasiado perplejo para que Lynley considerara sincera su reacción. El hombre debía de saber cuánto arriesgaba con una prostituta adherida a la periferia de su vida.

– Todo el mundo tiene enemigos -dijo Lynley-. Incluso usted, me atrevería a decir. Si alguien indigno de confianza hubiera descubierto su acuerdo con Nicola Maiden, si alguien hubiera decidido perjudicarle revelando dicho acuerdo, usted habría perdido muchas cosas, y no solo tangibles.

– Ya entiendo: el resultado tradicional de desafiar a la sociedad. «Quien roba mi bolsa…» -murmuró Beattie. Luego prosiguió con tono más distendido, y Lynley tuvo la extraña sensación de que igual podrían haber estado comentando la previsión meteorológica para el día siguiente-. Eso no habría podido pasar, inspector. Nikki venía a casa, como ya he dicho. Vestía de manera conservadora, portaba un maletín de ejecutivo y conducía un Saab. A juzgar por las apariencias, venía para tomar dictados o para ayudar a preparar una fiesta.

– Supongo que ella no iba con los ojos vendados.

– Por supuesto que no. De haberlo hecho, no habría podido prestarme un servicio satisfactorio.

– Por lo tanto, convendrá conmigo en que tal vez poseía ciertos datos sobre usted. Detalles que, si se revelaran, podrían confirmar una historia que tal vez se vendería a la prensa amarilla, contando los hechos que ella quisiera revelar a la opinión pública, siempre ávida de historias salaces.

– Dios mío -dijo Beattie con tono pensativo.

– Por eso es necesaria una corroboración, tal como usted ha adivinado -dijo Lynley-. Necesitaremos el nombre del club.

– ¿Está insinuando que maté a Nikki porque quería más de lo que le pagaba? ¿O porque decidí que ya no la necesitaba más y amenazó con hacer pública la situación si no le seguía pagando? -Tomó un último sorbo de champán, lanzó una carcajada triste y apartó la copa a un lado. Se puso en pie-. Caray, ojalá hubiera sido ese el caso. Esperen aquí, por favor.

Salió de la habitación.

Nkata se levantó como impulsado por un resorte.

– Jefe, ¿le…?

– Esperemos.

– Podría estar fabricando su coartada por teléfono.

– No lo creo.

Lynley no habría podido explicar por qué tenía esa sensación, salvo por el hecho de que había algo muy extraño en las reacciones de sir Adrian Beattie, no solo ante la noticia del asesinato de Nicola Maiden, sino ante la lógica implicación de que su relación con ella podría haber destruido todo cuanto parecía valorar.

Cuando Beattie regresó dos minutos después, lo hizo acompañado de una mujer que presentó a los detectives como su mujer. Lady Beattie, la llamó, y después le dijo:

– Chloe, estos señores han venido para hablar de Nikki Maiden.

Lady Beattie, una mujer delgada con pelo a lo Wallis Simpson y piel brillante debido a demasiados liftings, se llevó la mano al triple collar de perlas que rodeaba su cuello.

– ¿Nikki Maiden? -dijo-. Espero que no se haya metido en ningún problema.

– Por desgracia, ha sido asesinada, querida -dijo su marido, y apoyó una mano bajo su codo, por si ella flaqueaba.

Por lo visto, así fue.

– Oh, Dios mío. Adrian…

Cogió su mano.

El hombre la tomó entre las suyas y la palmeó, con lo que Lynley consideró sincera ternura.

– Espantoso -dijo Beattie-. Horrible, abominable. Estos policías han venido a verme porque piensan que tal vez podría estar implicado. Debido al acuerdo.

Lady Beattie liberó su mano. Enarcó una ceja bien dibujada.

– ¿No es más probable que Nikki hubiera intentado perjudicarte, y no al revés? No permitía que nadie la dominara, ¿verdad? Recuerdo que fue muy concreta sobre eso la primera vez que nos entrevistamos con ella. «Yo no ocuparé su lugar», dijo. «Solo lo probé una vez, y lo encontré repugnante.» Y luego pidió perdón, por si te había ofendido. Lo recuerdo muy bien, ¿y tú, querido?

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