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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Nicola Maiden trabajaba para ustedes -dijo.

– ¡Martin no mató a Nicola! Sé que han venido por eso, no finjan lo contrario. Estuvo conmigo el martes por la noche. Fuimos a cenar al Star of India. Llegamos a casa hacia las diez y ya no volvimos a salir. Pregunte a nuestros vecinos. Alguien debió de vernos entrar o salir. Bien, ¿quieren la dirección de nuestra otra casa o no? Porque si no, deseo que se marchen. -Otra nerviosa mirada a su reloj.

Lynley decidió presionarla.

– Vamos a necesitar una orden de registro, Winnie -dijo a Nkata.

– ¿Para qué? -gritó Tricia-. Se lo he contado todo. Puede telefonear al restaurante. Puede hablar con nuestros vecinos. ¿Cómo va a conseguir una orden de registro sin haber comprobado que estoy diciendo la verdad?

Parecía horrorizada. Aún mejor, aterrada. Lo último que deseaba, supuso Lynley, era que la policía inspeccionara sus pertenencias, buscaran lo que buscaran. Tal vez no había intervenido en la muerte de Nicola Maiden, pero la posesión de narcóticos no era ninguna broma, y ella lo sabía.

– A veces tomamos atajos -dijo Lynley con placidez-. Me parece un excelente momento para hacerlo. Un arma homicida ha desaparecido, así como una pieza de ropa de la chica y el chico asesinados, y si alguno de esos objetos aparece en esta casa, nos gustará saber por qué.

– ¿Telefoneo, jefe? -preguntó Nkata.

– ¡Martin no mató a Nicola! ¡Hacía meses que no la veía! ¡Ni siquiera sabía dónde estaba! Si busca a alguien que quisiera verla muerta, hay montones de hombres que… -Calló de repente.

– ¿Sí? -preguntó Lynley-. ¿Montones de hombres?

Tricia levantó el brazo izquierdo para acunar su codo derecho, como antes había acunado el izquierdo. Se paseó por la sala de recepción.

– Señora Reeve -dijo Lynley-, sabemos exactamente qué se oculta tras MKR Financial Management. Sabemos que su marido contrata a universitarias para que trabajen como señoritas de compañía y prostitutas para él. Sabemos que Nicola Maiden era una de esas universitarias y que dejó el empleo junto con Vi Nevin para instalarse por su cuenta. La información que poseemos en este momento puede conducir directamente a cargos contra usted y su marido, y supongo que es consciente de eso. Si quiere evitar que la acusen, juzguen, sentencien y encarcelen, sugiero que colabore sin más dilación.

La mujer parecía paralizada. Sus labios apenas se movieron cuando dijo:

– ¿Qué quiere saber?

– Quiero que me hable de la relación de su marido con Nicola Maiden. Es bien sabido que a los macarras…

– ¡No es un macarra!

– … no les hace ninguna gracia que sus pupilas prescindan de ellos.

– No es así. No fue así.

– ¿De veras? ¿Cómo fue, pues? Vi y Nicola decidieron instalarse por su cuenta y dejar plantado a su marido. Pero lo hicieron sin informarle. No creo que le hiciera mucha gracia, una vez se olió el asunto.

– Lo ha interpretado mal. -Tricia se dirigió hacia el trabajado escritorio y sacó de un cajón un paquete de Silk Cut. Encendió un cigarrillo.

El teléfono empezó a sonar. Desvió la vista hacia él, extendió la mano para apretar un botón pero se detuvo en el último momento. Después de varios timbrazos dobles enmudeció, pero menos de diez segundos después sonó de nuevo.

– El ordenador tendría que haberla canalizado. No entiendo por qué… -Dirigió una mirada de inquietud a los policías, descolgó con brusquedad y dijo-: Global. -Al cabo de un momento de escuchar, habló con tono meloso-: En realidad, depende de lo que desee… Sí. Ningún problema. ¿Puede darme su número, por favor? Yo misma le llamaré.

Escribió algo en un papel. Luego, miró a Lynley con aire desafiante, como diciendo, demuéstralo.

Lynley no se hizo de rogar.

– Global -dijo-. ¿Es el nombre de la agencia de señoritas de compañía, señora Reeve? ¿Global qué? ¿Citas Globales? ¿Deseos Globales? ¿Qué?

– Acompañantes Globales. Y no es ilegal proporcionar una acompañante educada a un hombre de negocios que está en la ciudad para asistir a una conferencia.

– Dejando aparte las ganancias obtenidas con malas artes. Señora Reeve, ¿de veras quiere que la policía confisque sus libros de contabilidad? Suponiendo que existan libros de contabilidad de MKR Financial Management, claro. Podemos hacerlo, y usted lo sabe. Podemos exigir la documentación de cada libra que hayan ganado. Y cuando hayamos terminado, se lo pasaremos todo a Hacienda para que sus inspectores comprueben que han pagado escrupulosamente lo que les corresponde. ¿Qué le parece?

Le concedió tiempo para pensar. El teléfono sonó de nuevo. Después de tres timbrazos dobles se desvió a otra línea con un leve clic. Un pedido tomado en otra parte. Por móvil, control remoto o satélite. El progreso era algo maravilloso.

Dio la impresión de que Tricia llegaba a algún tipo de decisión. Sabía que, en aquel momento, Acompañantes Globales y la posición de los Reeve estaban comprometidos. Una palabra de Lynley a Hacienda, o incluso a la brigada antivicio de la comisaría de Landbroke Grove, y el tren de vida de los Reeve descarrilaría. Y eso solo era el comienzo de lo que podía suceder, cuando un registro de la vivienda hallara la sustancia escondida en la casa y que obraba su magia en Tricia. Toda esta realidad pareció posarse sobre ella como hollín de un fuego que ella misma hubiera encendido.

Se serenó.

– De acuerdo -dijo-. Si le doy un nombre, si le doy el nombre, no ha salido de mi boca. ¿Comprendido? Porque si corre la voz de que se ha cometido una indiscreción en el negocio… -No concluyó la frase.

«Indiscreción» era una forma exquisita de describirlo, pensó Lynley. ¿Y por qué demonios pensaba que estaba en posición de hacer tratos con él?

– Señora Reeve -dijo-, el negocio, tal como lo llama usted, se ha acabado.

– Martin no lo considerará así.

– Martin será detenido si no lo hace.

– Y Martin solicitará la libertad bajo fianza. Estará en la calle antes de veinticuatro horas. ¿Dónde estará usted entonces, inspector? No más cerca de la verdad, sospecho.

Tal vez se parecía a Barbie, tal vez se había frito parte de los sesos a base de drogas, pero en algún momento había aprendido a negociar, y ahora lo estaba haciendo con suma pericia. Lynley supuso que su marido se sentiría orgulloso de ella. Carecía de toda base legal, pero actuaba como si la tuviera. Se vio forzado a admirar su desfachatez, cuando menos.

– Puedo darle un nombre, el nombre, como ya le he dicho, y usted puede seguir su camino. Puedo callarme y usted puede registrar la casa, llevarme a la cárcel, detener a mi marido, y no se habrá acercado ni un centímetro al asesino de Nicola. Sí, se quedará con nuestros libros y nuestros registros, ¿verdad? Pero no pensará que somos tan estúpidos como para registrar a nuestros clientes por el nombre. ¿Qué ganará? ¿Cuánto tiempo perderá?

– Estoy dispuesto a ser razonable si la información es buena. Y en el tiempo que tarde en comprobar la veracidad de dicha información, supongo que usted y su marido pensarán en otro lugar donde reflotar el negocio. Se me ocurre Melbourne, con el consiguiente cambio de legislación.

– Eso nos llevará cierto tiempo.

– Al igual que verificar la información.

Golpe por golpe. Esperó su decisión. Por fin, Tricia la tomó y cogió un lápiz del escritorio.

– Sir Adrian Beattie -dijo mientras escribía-. Estaba loco por Nicola. Con tal de tenerla solo para él habría pagado cualquier cosa. Supongo que no le hizo mucha gracia el hecho de que ella ampliara el negocio, ¿verdad? -Le entregó la dirección.

Estaba en los Boitons. Al parecer, pensó Lynley, por fin tenían al amante de Londres.

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