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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Tengo los dedos de los pies hechos puré -se quejó Hadiyyah-. Me duelen.

– ¿Estás segura de que este dolor no está relacionado con tu deseo de seguir cierta moda, khushi?

– Papá -dijo la niña en tono lastimero-. Por favor. Son zapatos de colegio.

– Y como ambos recordamos -terció Barbara desde fuera-, los zapatos de colegio nunca son guays, Azhar. Siempre desafían a la moda. Por eso son zapatos de colegio.

Padre e hija levantaron la vista.

– ¡Barbara! -exclamó Hadiyyah-. Te dejé una nota en la puerta. ¿La encontraste?

Azhar se echó hacia atrás para realizar un escrutinio más objetivo de los zapatos de su hija.

– Dice que le van pequeños -dijo a Barbara-. No estoy muy convencido.

– Hace falta un árbitro -repuso Barbara-. ¿Puedo…?

– Entra. Sí, por supuesto.

Azhar se levantó y le dedicó un gesto de bienvenida con su estilo formal.

El piso olía a curry. Barbara vio que la mesa estaba preparada para cenar.

– Oh -se apresuró a decir-. Lo siento. No me había fijado en la hora, Azhar. Aún no habéis cenado, y… ¿Quieres que vuelva más tarde? Acabo de ver la nota de Hadiyyah y decidí venir. Ya sabes, la clase de costura de esta tarde. Le prometí… -Se obligó a callar. Basta, pensó.

El hombre sonrió.

– Quizá te gustaría acompañarnos a cenar.

– Oh, cielos, no. Quiero decir, aún no he cenado, pero no querría…

– ¡Debes! -intervino Hadiyyah, muy contenta-. Papá, dile que debe hacerlo. Vamos a tomar pollo biryani. Y dal. Y el curry vegetal muy especial de papá, que hace gritar a mamá cuando lo come porque está muy especiado. Dice «Hari, lo haces demasiado picante», y le lloran los ojos. ¿Verdad, papá?

Hari, pensó Barbara.

– Pues sí, khushi -dijo Azhar-. Será un placer que te quedes, Barbara.

Lo mejor será huir, pensó Barbara, lo mejor será esconderse, pero su respuesta fue:

– Gracias. Encantada.

Hadiyyah lanzó un gritito e hizo piruetas con sus zapatos en teoría demasiado apretados.

Su padre la miró con gravedad.

– Ah -dijo significativamente-. En cuanto a tus pies, Hadiyyah…

– Deja que les eche un vistazo -se apresuró a intervenir Barbara.

Hadiyyah se dejó caer sobre la otomana.

– Me aprietan y aprietan -dijo-. Incluso ahora. De veras, papá.

Azhar rió y se dirigió a la cocina.

– Barbara decidirá -dijo a su hija.

– Me aprietan muchísimo -dijo Hadiyyah-. Mira cómo se me marcan los dedos en la puntera.

– No sé, Hadiyyah -dijo Barbara-. ¿Con qué los sustituirás? ¿Por otros iguales?

La niña no contestó. Barbara levantó la vista. Hadiyyah se estaba mordisqueando el labio.

– ¿Y bien? -preguntó Barbara-. Hadiyyah, ¿han cambiado el estilo de zapato que se puede llevar con el uniforme?

– Son muy feos -susurró la niña-. Es como si llevara barcas en los pies. Los zapatos nuevos son fáciles de poner y quitar, Barbara. Llevan una cinta de piel monísima alrededor del empeine, y cuelgan unas borlas preciosas sobre los dedos. Son un poco caros, por eso no todo el mundo los tiene, pero sé que podría llevarlos siempre si me los comprara. De veras. -Parecía muy esperanzada, con los ojos del tamaño de monedas antiguas de dos peniques.

Barbara se preguntó cómo lograba su padre negarle algo.

– ¿Aceptarás un compromiso? -preguntó en su papel de árbitro.

Hadiyyah arrugó el entrecejo.

– ¿Qué compromiso? -dijo.

– Un acuerdo mediante el cual ambas partes alcancen su propósito, aunque no de la forma que esperaban.

Hadiyyah meditó unos momentos, dando pataditas contra la otomana.

– De acuerdo -dijo-. Pero son unos zapatos preciosos, Barbara. Si los vieras, lo entenderías.

– No me cabe duda -aseguró Barbara-. Supongo que te habrás dado cuenta de que soy una fanática de la elegancia. -Se puso en pie. Guiñó un ojo a Hadiyyah y dijo en dirección a la cocina-: Yo diría que aún puede llevarlos varios meses, Azhar.

Hadiyyah compuso una expresión desolada.

– ¿Varios meses? -gimió.

– Pero necesitará otro par antes del día de Guy Fawkes [15] -dijo Barbara. Formó con la boca la palabra «compromiso» en dirección a la niña, y la miró mientras Hadiyyah calculaba mentalmente las semanas que faltaban, con gesto complacido.

Azhar apareció en la puerta de la cocina. Se había remetido una toalla en los pantalones a modo de delantal y sujetaba una cuchara de madera.

– ¿Puedes ser tan exacta en tu análisis de los zapatos, Barbara? -preguntó con seriedad.

– A veces hasta yo me asombro de mis talentos.

El curry era otra cosa que Azhar parecía hacer sin el menor esfuerzo. No aceptó ayuda, ni siquiera para lavar los platos.

– Tu presencia es el regalo que aportas a nuestra cena, Barbara. No queremos nada más de ti -replicó a su ofrecimiento de ayuda.

No obstante, Barbara consiguió retirar los platos de la mesa, y mientras él limpiaba y secaba en la cocina, entretuvo a su hija, lo cual fue un placer.

Hadiyyah llevó a Barbara hasta su habitación en cuanto la mesa estuvo despejada, afirmando que tenía que enseñarle algo «especial y secreto», una revelación de chica a chica, supuso Barbara. Pero en lugar de una colección de fotos de artistas de cine o unas notas que le hubieran pasado en el colegio, Hadiyyah sacó de debajo de la cama una bolsa cuyo contenido esparció con orgullo sobre la colcha.

– Lo he terminado hoy -anunció-, en clase de costura. Se suponía que debía dejarlo para la exposición (¿has recibido mi invitación, Barbara?), pero le dije a la señorita Bateman que lo devolvería sano y salvo. Quería regalárselo a papá, porque ya ha estropeado un par de pantalones cuando prepara la cena.

Era un delantal. Hadiyyah lo había hecho de calicó claro, sobre el cual había bordado un dibujo de patas conduciendo a sus crías hasta un estanque erizado de cañas. Todas las mamás llevaban idénticos gorros. Cada cría portaba bajo una de las diminutas alas un diferente utensilio de playa.

– ¿Crees que le gustará? -preguntó Hadiyyah, ansiosa-. Los patitos son tan monos, pero supongo que para un hombre… Me gustan mucho los patos, ¿sabes? A veces papá y yo les damos de comer en Regents Park. Claro que habría podido elegir algo más masculino, ¿verdad?

La visión de Azhar luciendo aquel delantal hizo sonreír a Barbara, que examinó las costuras en zigzag.

– Es perfecto -dijo-. Le encantará.

– ¿Tú crees? Es mi primer trabajo, y no soy muy buena. La señorita Bateman quería que empezara con algo más sencillo, como un pañuelo, pero yo sabía lo que quería hacer porque papá se había estropeado los pantalones, y sabía que no quería estropearse ninguno más al cocinar. Por eso lo traje a casa para dárselo.

– ¿Se lo damos ahora? -preguntó Barbara.

– Oh, no. Es para mañana -dijo Hadiyyah-. Papá y yo hemos planeado un día especial. Iremos a la playa. Nos llevaremos la cesta de picnic y comeremos en la playa. Iremos al parque de atracciones. Después subiremos a la montaña rusa, y papá pescará un muñeco. Es muy bueno en eso.

– Sí, lo sé. Le vi hacerlo, ¿recuerdas?

– Sí, es verdad. ¿Te gustaría venir con nosotros a la playa? Será un día especial. Nos llevaremos la cesta de picnic. Iremos al parque de atracciones. Y luego, a pescar muñecos. Le preguntaré a papá si puedes venir. -Se puso en pie de un salto y gritó-: ¡Papá! ¡Papá! ¿Barbara puede…?

– ¡No! – la interrumpió Barbara -. No, Hadiyyah, no puedo ir. Estoy trabajando en un caso y tengo montañas de trabajo. Ni siquiera debería estar aquí ahora, con todas las llamadas que debería hacer antes de irme a la cama. Pero gracias por la invitación. Lo haremos otro día.

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[15] El 5 de noviembre, celebración del aniversario de la captura de Guy Fawkes, que intentó volar el Parlamento en 1605 con el rey y los parlamentarios dentro, en venganza por las leyes contra los católicos. (N. del T)

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