El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Espero que no la mataran durante una sesión con alguien -dijo Beattie a su mujer-. Dicen que fue en Derbyshire, y ella consiguió aquel trabajo de verano con el abogado, ¿recuerdas?
– Y en sus ratos libres, ¿no…?
– Solo era en Londres, por lo que sé.
– Entiendo.
Lynley tuvo la sensación de haber pasado al otro lado del espejo. Miró a Nkata y vio que este, cuya cara era la viva imagen de la estupefacción, sentía lo mismo.
– Tal vez querrían explicarnos los términos de ese acuerdo, sir Adrian, lady Beattie -dijo Lynley-. Así sabremos de qué estamos hablando.
– Por supuesto.
Lady Beattie y su marido estuvieron encantados de explayarse sobre el tema de las tendencias sexuales de sir Adrian. Ella se sentó con elegancia en el sofá cercano a la chimenea. Los hombres volvieron a sus anteriores posiciones. Mientras su marido describía la naturaleza exacta de sus relaciones con Nicola Maiden, la mujer añadía detalles destacados siempre que él los olvidaba.
Conoció a Nicola Maiden el 1 de noviembre del año pasado, tal vez nueve meses después de que la artritis de Chloe le resultara demasiado dolorosa para poder practicar los ritos de disciplina que ambos aprendieron a disfrutar a lo largo de su matrimonio.
– Al principio pensamos que saldríamos adelante sin él -dijo sir Adrian-. Me refiero al dolor, no al sexo en sí. Pensamos que nos adaptaríamos. Seríamos tradicionales y todo eso. Pero no pasó mucho tiempo antes de que mi necesidad… -Hizo una pausa, como si buscara una explicación abreviada que no les condujera por los intrincados caminos de su psique-. Es una necesidad. Si quieren comprender algo, han de comprender eso.
– Continúe -dijo Lynley, y miró fugazmente a Nkata. El detective seguía tomando notas con diligencia, si bien su expresión telegrafiaba: «Oh, Señor, qué dirá mi mamá cuando se entere», con tanta elocuencia como si lo estuviera gritando.
Al comprender que si querían proseguir sus relaciones sexuales sería preciso atender a la necesidad de sir Adrian, buscaron a una mujer joven, sana, fuerte y, lo más importante, discreta.
– Nicola Maiden -dijo Lynley.
– Para un hombre de mi posición la discreción es, era, fundamental -dijo sir Adrian.
Era evidente que no podía elegir a ciegas a una dominatrix cualquiera a partir de una postal o un anuncio de revista. No podía pedir recomendaciones a amigos o colegas. Y acudir a un club de sadomasoquismo, o a cualquier prostíbulo del Soho, con la esperanza de encontrar a una candidata apropiada, no era una opción prudente, porque siempre existía la posibilidad de ser visto, ser reconocido y, en consecuencia, verse sujeto al tratamiento habitual de la prensa amarilla, que sin duda causaría sufrimientos a sus hijos, nueras y nietos.
– Y a Chloe, por supuesto -añadió sir Adrian-. Porque si bien ella siempre ha tenido conocimiento de mi necesidad, sus amigos y conocidos no. Y supongo que no desea ningún cambio en ese sentido.
– Gracias, querido -dijo Chloe.
Sir Adrian se había puesto en contacto con una empresa de señoritas de compañía (Acompañantes Globales, para ser preciso), y había conocido a Nicola Maiden a través de ella. A su primera entrevista, que había consistido en té, magdalenas y una conversación satisfactoria, siguió una segunda, durante la cual se cerró el trato inicial.
– ¿Trato? -preguntó Lynley.
– Cuándo serían necesarios sus servicios -explicó Chloe-. Lo que supondrían y lo que cobraría por ellos.
– Chloe y yo hablamos con ella en las dos entrevistas para llegar a un acuerdo -dijo sir Adrian-. Era fundamental hacerle comprender que no obtendría nada si intentaba chantajearme revelando una relación que podía ser socialmente dolorosa para mi mujer.
– Porque para mí, personalmente, no era dolorosa -puntualizó Chloe.
– ¿Les enseñas la cámara, querida? -pidió sir Adrian a su esposa-. Voy a ver a los niños para decirles que no tardaremos en reunirnos con ellos.
– Por supuesto -contestó la mujer-. Acompáñenme, inspector, agente.
Se levantó con tanta elegancia como se había sentado, caminó hasta la puerta y les precedió por dos tramos de escalera que ascendían hacia las alturas de la casa, mientras sir Adrian iba a tranquilizar a sus hijos y nietos. Irónicamente, estaban cantando «No me enrolla el champán». [16]
Lady Beattie les guió hasta el último piso del edificio. Rescató una llave de un antiguo guardarropa que había en el angosto pasillo, y abrió una de las puertas. Entró y encendió una bombilla de escasa potencia.
– Al principio solo deseaba disciplina -explicó-, cosa que, aunque me parecía un poco raro, conseguí proporcionarle. Golpes con la regla en las palmas, palmetazos en el trasero, correazos en la parte posterior de las piernas. Pero pasados unos años quiso más, y cuando llegamos a un punto en el que me faltaban las fuerzas… Bien, él ya se lo ha explicado, ¿no es así? En cualquier caso, aquí es donde tenían lugar sus sesiones… donde él y yo las practicábamos cuando yo aún podía.
La cámara, como la llamaban ellos, consistía en la unión de varias habitaciones de la servidumbre. A base de derribar paredes, acolcharlas, instalar un sistema de ventilación que obviaba el uso de ventanas (con los postigos cerrados para frustrar la curiosidad exterior), los Beattie habían creado un mundo de fantasía que era en parte despacho de director de colegio, teatro de variedades, mazmorra y cámara de torturas medieval. Se había habilitado una hilera de aparadores bajo los aleros. Lady Beattie los abrió y reveló una serie de disfraces e instrumentos de disciplina, como ella los llamaba, que tanto ella, como más tarde Nicola Maiden habían utilizado con sir Adrian.
Era fácil saber por qué Nicola no llevaba nada cuando iba a la mansión, salvo el deseo de ser útil a sir Adrian y de recibir una buena paga por sus servicios. Los disfraces de los aparadores abarcaban desde un grueso hábito de lana como el que utilizaban las monjas hasta uniformes de guardia de prisión, con porra y todo. También contaban con las prendas más tradicionales asociadas con el sadomasoquismo: atuendos de PVC rojos o negros, taparrabos y máscaras de piel, botas de tacón alto. Y los instrumentos necesarios para la disciplina de sir Adrian, dispuestos con todo cuidado como los instrumentos de cirugía antiguos del estudio, explicaban por qué la muchacha se presentaba en su casa con tan escaso equipo. Todo lo necesario para la disciplina, el dolor y la humillación había sido reunido en aquellas dependencias.
Después de tantos años en la policía, Lynley sabía que, a estas alturas, ya debería haber visto de todo. Pero cada vez que pensaba así, algo le pillaba por sorpresa. En este caso, no era tanto la presencia de la cámara en casa de los Beattie lo que le dejaba sin aliento. Era la actitud que adoptaba la pareja, sobre todo la mujer. Era como si les estuviera enseñando una cocina de alta tecnología.
Por lo visto, se dio cuenta del efecto que causaba. Desde la puerta observaba a Lynley, y también a Nkata, que paseaba por la cámara con una expresión sugerente de que su imaginación le estaba proporcionando imágenes de los usos a que estaban destinados los disfraces y el equipo.
– De haber tenido elección -dijo en voz baja-, no habría llegado a esto. Una se espera un matrimonio tradicional, pero amar a alguien significa llegar a compromisos eventuales. Y en cuanto me explicó por qué era tan importante para él… -Señaló la habitación, con una mano de nudillos voluminosos debido a la enfermedad que había exigido la irrupción de Nicola Maiden en el universo particular de los Beattie-. La necesidad no es más que necesidad. Mientras dejemos la cordura aparte, la necesidad carece de auténtico poder para perjudicarnos.
[16] De la canción de Cole Porter I Get a Kick Out of You. (N. del T.)