El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Cuando al llegar a casa por la noche Barbara Havers encontró la nota en su puerta, recordó la lección de costura con un sobresalto.
– Puta mierda. Joder -dijo, y se reprendió por haberla olvidado. Sí, estaba trabajando en el caso, y Hadiyyah lo comprendería, pero Barbara detestaba defraudar a su amiguita.
«Estás cordialmente invitada a presenciar la obra de Principios de Costura de la señorita Jane Bateman», anunciaba la nota. Estaba meticulosamente escrita con una letra infantil que Barbara conocía muy bien. Un girasol alicaído de dibujo animado aparecía al pie. Al lado constaba la fecha y la hora. Barbara tomó nota mental de apuntarlos en su calendario.
Había trabajado tres horas más en el Yard después de su conversación con Neil Sitwell. Estaba ansiosa por empezar a telefonear a todos los empleados citados en la lista de King-Ryder Productions, pero se decantó por la cautela, no fuera que el inspector Lynley hiciera acto de presencia y quisiera saber qué había descubierto en los ordenadores del Yard. Que era cero en todos los apartados, por supuesto. A la mierda con él, había pensado durante su octava hora acumulada ante la terminal. Si quería unos jodidos informes sobre todos los putos individuos con los que el inspector Andrew Maiden se había codeado en sus años de topo, se los entregaría a carretadas. Pero la información que le impulsaría a desecharlos le conduciría hasta el asesino de Derbyshire. Apostaría su vida en ello.
Abandonó el Yard alrededor de las cuatro y media, pero se detuvo en el despacho de Lynley para dejar un informe y una nota personal. El informe dejaba clara su opinión, le gustó pensar, sin restregarle lo evidente por las narices. «Yo tengo razón, usted está equivocado, pero me plegaré a su estúpido juego» no eran palabras que necesitara decirle. Su momento llegaría, y dio gracias a su estrella de que la forma en que Lynley estaba conduciendo el caso le proporcionara más libertad de la que él sospechaba. La nota personal que había dejado junto con el informe aseguraba a Lynley, con los términos más educados, que iba a llevar a Chelsea el archivo de la autopsia preparado por la doctora Sue Miles en Derbyshire. Y eso fue lo que hizo Barbara nada más salir de Scotland Yard.
Encontró a Simon St. James y a su mujer en el jardín posterior de su casa de Cheyne Row, donde St. James estaba contemplando cómo Deborah se arrastraba a cuatro patas por el sendero de ladrillo, siguiendo un borde herbáceo que corría a todo lo largo del muro del jardín. Blandía un vaporizador, y cada pocos pasos se detenía y atacaba ferozmente la tierra con una cascada de insecticida.
– Hay billones, Simon -estaba diciendo-. Y por más que rocío, siguen moviéndose. Oh, Señor. Si estalla una guerra nuclear serán las únicas supervivientes.
St. James, reclinado en una tumbona con un sombrero de ala ancha que daba sombra a su cara, contestó:
– ¿Has atacado esa sección cercana a las hortensias, amor mío? Parece que tampoco has rociado cerca de las fucsias.
– Eres enloquecedor, la verdad. ¿Prefieres hacerlo tú mismo? Detesto turbar tu tranquilidad mental con un esfuerzo chapucero.
– Hummm. -St. James pareció considerar su oferta-. No. Creo que no. Has mejorado mucho últimamente. Hacer cualquier cosa aporta práctica, y lamentaría robarte la oportunidad.
Deborah rió y amenazó con rociarlo. Divisó a Barbara, que acababa de salir por la puerta de la cocina.
– Fantástico -dijo-. Justo lo que necesitaba. Un testigo. ¡Hola, Barbara! Haz el favor de tomar nota de qué miembro de la pareja está siendo esclavizado en el jardín y cuál no. Mi abogado te pedirá una declaración más adelante.
– No creas ni una palabra de lo que dice -intervino St. James-. Acababa de sentarme.
– Algo en tu postura me dice que estás mintiendo -contestó Barbara mientras cruzaba el jardín en dirección a la tumbona-. Y tu suegro acaba de insinuar que encienda un cartucho de dinamita debajo de tu trasero, por cierto.
– ¿De veras? -repuso St. James, y miró con ceño hacia la ventana de la cocina, a través de la cual vio moverse la silueta de Joseph Cotter.
– ¡Gracias, papá! -exclamó Deborah en dirección a la casa.
Aquella riña amistosa hizo sonreír a Barbara. Cogió una silla de jardín y se dejó caer en ella. Tendió la carpeta a St. James.
– Su señoría desea que estudies esto.
– ¿Qué es?
– Las autopsias de Derbyshire. Del chico y la chica. A propósito, el inspector te diría que examinaras con detenimiento los datos sobre la chica.
– ¿Tú no me lo dirías?
Barbara sonrió sin humor.
– Cada uno tiene sus ideas.
St. James abrió el expediente. Deborah se reunió con ellos.
– Fotos -le advirtió St. James.
Deborah vaciló.
– ¿Fuertes?
– Múltiples cuchilladas en una víctima -explicó Barbara.
La mujer palideció y se sentó en la tumbona, cerca de los pies de su marido.
St. James dedicó un rápido vistazo a las fotografías y las dejó sobre la hierba boca abajo. Hojeó el informe, leyendo algunos fragmentos.
– ¿Tommy está buscando algo en particular, Barbara? -preguntó.
– El inspector y yo no nos comunicamos de una manera directa. Ahora soy su chico de los recados. Me dijo que te trajera el informe. Me puse firmes y obedecí.
St. James alzó la vista.
– ¿Aún no habéis solucionado vuestras diferencias? Helen me dijo que estabas en el caso.
– De forma marginal.
– Ya cederá.
– Tommy siempre lo hace -dijo Deborah. Marido y mujer intercambiaron una mirada-. Bueno, ya sabes -añadió ella, vacilante.
– Sí -dijo St. James al cabo de un momento, con una breve y cálida sonrisa en su dirección. Se volvió hacia Barbara-. Echaré un vistazo a la documentación. Supongo que desea encontrar inconsistencias, anomalías, discrepancias. Lo de costumbre. Dile que le llamaré.
– De acuerdo -dijo Barbara, y añadió con delicadeza-: Me pregunto, Simon…
– ¿Hummm?
– ¿Podrías llamarme a mí también? Si descubres algo, quiero decir. -Como el hombre no contestó enseguida, se apresuró a agregar-: Sé que es irregular, y no quiero que te metas en líos con el inspector, pero es que no me cuenta demasiado. Y si hago alguna sugerencia, siempre me sale con «Vuelva al ordenador, agente». O sea, si quieres mantenerme informada… Sé que se cabreará si se entera, pero juro que nunca le diré que tú…
– Te telefonearé también -interrumpió St. James-, pero tal vez no encuentre nada. Conozco a Sue Miles. Es muy minuciosa. La verdad, no entiendo por qué Tommy quiere que examine su trabajo.
Ni yo, tuvo ganas de decirle Barbara. De todos modos, la promesa de St. James elevó su ánimo, así que terminó el día más reconfortada que como lo había empezado.
Sin embargo, cuando vio la nota de Hadiyyah experimentó una punzada de culpabilidad. La niña no tenía madre, al menos una madre que estuviera presente o deseosa de estarlo en un futuro próximo, y aunque Barbara no esperaba ocupar el lugar de su madre, había entablado una amistad con Hadiyyah que era una fuente de alegría para ambas. Hadiyyah había confiado en que Barbara asistiría a su clase de costura de la tarde. Barbara le había fallado. Le sabía mal.
De modo que, cuando arrojó el bolso sobre la mesa del comedor y escuchó sus mensajes (la señora Flo informaba sobre su madre, su madre informaba sobre un alegre viaje a Jamaica, Hadiyyah decía que había dejado una nota en la puerta, ¿la había encontrado Barbara?), se encaminó hacia la fachada de la gran casa eduardiana, donde las cristaleras de la sala de estar estaban abiertas, y oyó una voz infantil.
– Pero no son de mi número, papá. De veras.
Hadiyyah y su padre estaban en la sala, Hadiyyah sentada en una otomana en forma de bollo de crema, y Taymullah Azhar arrodillado a su lado, como un Orsino [14] enfermo de amor. Al parecer, el objeto de su atención eran los zapatos que Hadiyyah calzaba, unos oxford negros que parecían pertenecer a un uniforme escolar.
[14] Personaje de Noche de reyes, de William Shakespeare. (N. del T.)