El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Anne dejó a Justine sobre la cama y se echó a llorar. ¡Malditos sean todos los hombres, menos Lud-die! Malditos sean! ¿Acaso era aquel matiz suave, sentimental, casi femenino, de Luddie, lo que le daba su capacidad de amar? ¿Tenía Luke razón? ¿Era el amor un mero invento dé la imaginación femenina? ¿O era algo que sólo las mujeres eran capaces de sentir, o los hombres que tenían alma de mujer? Ninguna mujer podría retener jamás a Luke. Ninguna mujer podía darle lo que él quería.
Pero al día siguiente se calmó y ya no tuvo la impresión de que su esfuerzo había sido vano. Por la mañana, había llegado una postal de Meggie, y ésta hablaba entusiasmada de Matlock Island y de lo bien que se encontraba allí. Algo bueno se había conseguido. Meggie estaba mejor. Volvería cuando amainase el monzón y pudiese hacer frente a su vida. Pero Anne resolvió no decirle nada de Luke.
Nancy, abreviatura de Annunziata, sacó a Justine a la galería, mientras Anne renqueaba detrás de ella, sosteniendo con los dientes una cestita con las cosas de la criatura: pañales limpios, el bote de los polvos, juegúeles. Se acomodó en un sillón de mimbre, tomó la niña de manos de Nancy y se puso a alimentarla con una botella de «Lactogen» previamente calentada por Nancy. Era muy agradable; la vida era agradable. Ella había hecho todo lo posible para hacer entrar en vereda a Luke, y, si había fracasado, esto quería decir que Meggie y Justine se quedarían en Himmelhoch un poco más de tiempo. Estaba segura de que, en definitiva, Meggie se daría cuenta de que no había esperanza de salvar su relación con Luke, y volvería a Drogheda. Y Anne temía que llegase este día.
Un automóvil deportivo inglés, de color rojo, zumbó en la carretera de Dunny y empezó a subir la larga cuesta de la colina; era un coche nuevo y caro, con el capó sujeto con cintas de cuero, y los tubos de escape y la roja pintura lanzando destellos. De momento, no reconoció al hombre que saltó sobre la baja portezuela, porque llevaba el uniforme de North Queensland: pantalón corto, y nada más. ¡Un guapo tipo!, pensó ella, observándole con admiración y como si le recordase remotamente a alguien, mientras él subía los peldaños de dos en dos. Ojalá comiese Lud-die un poco más; no le vendría mal la musculatura de aquel joven. Bueno, ahora veo que no es tan joven, a juzgar por sus sienes plateadas. Pero nunca había visto un cortador de caña tan bien plantado.
Sólo cuando los ojos tranquilos y serenos se fijaron en los suyos, Anne le reconoció.
– ¡Dios mío! -dijo, soltando el biberón de la niña.
Él lo recogió, se lo entregó y luego se apoyó en la barandilla de la galería, de cara a ella.
– No se preocupe. La tetina no ha tocado el suelo; puede continuar con ella.
La niña empezaba a agitarse. Anne le introdujo la goma en la boca y recobró el aliento necesario para hablar.
– Bueno, ¡qué sorpresa me ha dado Su Ilustrísima! -Le resiguió con la mirada, divertida-. La verdad es que no tiene el menor aspecto de arzobispo. Aunque nunca lo tuvo, ni siquiera en traje talar. Yo siempre me imagino que los arzobispos de todas las confesiones deben ser gordos y poner cara de satisfacción.
– En este momento, no soy arzobispo, sino sólo un sacerdote que goza de unas vacaciones bien ganadas; por consiguiente, puede llamarme Ralph. ¿Es esa cosita la que causó tantos trastornos a Meggie la última vez que estuve aquí? ¿Me la deja? Creo que sabré mantener el biberón con la inclinación debida.
Se sentó en un sillón junto al de Anne, tomó la criatura y el biberón y siguió alimentándola, sobre sus piernas cruzadas negligentemente.
– ¿Le puso Meggie el nombre de Justine?
– Sí.
– Me gusta. ¡Santo Dios! ¡Qué color tienen sus cabellos! Exactamente el mismo que los de su abuelo.
– Eso es lo que dice Meggie. Ojalá no le salgan más tarde millones de pecas, aunque mucho me temo que suceda así.
– Bueno, Meggie también es algo pelirroja, y no tiene pecas. Pero la piel de Meggie tiene un color y una textura diferentes, es más opaca. -Dejó el biberón vacío en el suelo, sentó a la niña erguida sobre su rodilla, la inclinó hacia delante, como en una reverencia, y empezó a frotarle rítmicamente la espalda-. Entre mis funciones, está la de visitar los orfanatos católicos; por consiguiente, entiendo bastante de niños. La madre Gonzaga, que trabaja en mi hogar infantil predilecto, siempre dice que ésta es la única manera de hacer eructar a un pequeñín. Sosteniéndole encima del hombro, su cuerpo no se dobla lo bastante, el aire no puede escapar tan fácilmente, y, cuando lo hace, suele arrastrar gran cantidad de leche. De esta manera, el niño se dobla por la mitad, y esto retiene la leche y deja escapar el gas. -Como queriendo confirmar su aserto, Justine soltó varios fuertes eructos, pero sin arrojar una gota de leche. Él se echó a reír, volvió a frotarle la espalda y, al ver aue no ocurría nada más, la acunó cómodamente en la curva de su brazo-. ¡Qué ojos tan fabulosamente exóticos! Preciosos, ¿no? Había que pensar que un hijo de Meggie se saldría de lo corriente.
– No lo digo por cambiar de tema, pero usted habría sido un padre estupendo.
– Me gustan los niños; siempre me han gustado. Y yo puedo disfrutar más fácilmente con ellos, puesto que no tengo ninguno de los deberes desagradables de los padres.
– No; es porque usted es como Luddie. Ambos tienen algo femenino en su carácter.
Por lo visto, Justine, de ordinario tan arisca, correspondía a su simpatía, pues se durmió inmediatamente. Ralph la acomodó mejor y sacó un paquete de «Capstan» del bolsillo de su pantalón.
– Démelo. Yo se lo encenderé.
– ¿Dónde está Meggie? -preguntó él, tomando el cigarrillo encendido-. Gracias. Perdone, tome uno para usted.
– No está aquí. En realidad, nunca se repuso del mal rato que pasó al tener a Justine, y la estación húmeda parecía colmar la medida de su resistencia.
Por consiguiente, Luddie y yo la enviamos dos meses de vacaciones. Volverá alrededor del primero de mar zo; dentro de siete semanas.
En cuanto pronunció estas palabras, Anne se dio cuenta del cambio que se operaba en él; como si toda su determinación se evaporase de súbito, así como la promesa de una satisfacción muy especial. Él suspiró profundamente.
– Es ésta la segunda vez que vengo a despedirme de ella y no la encuentro… Cuando me marché a Atenas, y ahora. Entonces estuve ausente un año, y habría podido ser mucho más, pero entonces no lo sabía. No había visitado Drogheda desde la muerte de Paddy y de Stu; sin embargo, cuando llegó el momento, comprendí que no podía marcharme de Australia sin ver a Meggie. Pero ella se había casado y se había ido. Tuve deseos de seguirla, pero sabía que no debía hacerlo, por ella y por Luke. Esta vez he venido porque sabía que no podía hacerle ningún daño.
– ¿Adonde va usted?
– A Roma, al Vaticano. El cardenal Di Contini-Ver-chese ha ocupado el puesto del cardenal Monteverdi, que murió no hace mucho tiempo. Y me ha llamado, tal como pensaba que haría. Es un gran honor, pero hay algo más. No puedo negarme a ir.
– ¿Cuánto tiempo estará ausente?
– ¡Oh! Creo que muchísimo tiempo. Hay presagio de guerra en Europa, aunque, desde aquí, todo parece muy remoto. La Iglesia de Roma necesita todos sus diplomáticos, y, gracias al cardenal Di Contini-Verchese, yo figuro como diplomático. Mussolini es un seguro aliado de Hitler, ambos son pájaros del mismo plumaje, y, de alguna manera, el Vaticano tiene que conciliar dos ideologías opuestas: el catolicismo y el fascismo. No será fácil. Yo hablo perfectamente el alemán, aprendí el griego cuando estuve en Atenas y el italiano cuando estuve en Roma. También hablo francés y español con fluidez. -Suspiró-. Siempre he tenido facilidad para los idiomas, y la cultivé deliberadamente. Mi traslado era inevitable.
– Bueno, Ilustrísimo Señor, si embarcase usted mañana, todavía podría ver a Meggie.